Archivo para Febrero 2008

Espacio para la poesía.

Apareció el recuerdo del sueño encendido
caminando en momentos de nada,
la razón de mi estancia en el perdido verso
se acabó encontrando con la estancia apagada.
Manos unidas por músicas mágicas
de dolor fingido, que no propio,
para volver a pensar en los sinceros
alientos despedidos del olvido,
pues mi mente se pasa al acotado
camino del sincero enrarecido.

Espacio para la poesía.

Apareció el recuerdo del sueño encendido
caminando en momentos de nada,
la razón de mi estancia en el perdido verso
se acabó encontrando con la estancia apagada.
Manos unidas por músicas mágicas
de dolor fingido, que no propio,
para volver a pensar en los sinceros
alientos despedidos del olvido,
pues mi mente se pasa al acotado
camino del sincero enrarecido.

¿Y sí Dios está muerto? II.5.

Por supuesto ella intentó besarle el pene, al menos besárselo, pero él la apartó con dulzura, él no quería placer, no ese placer, él sólo la quería a ella, a su cara de niña asustada, sus ojos asombrados viendo como existían otros mundos, otras existencias aparte de la de prostituta, esa era la única realidad que quería conocer de su amada. En ningún momento él se planteó el infierno de ella, estaba demasiado inmerso en su propio infierno, en ese infierno que todos nos construimos, día a día, con cada ladrillo de incomprensión y de silencio, porque ese es el principal problema, el eterno silencio al que nos vemos empujados cada vez que intentamos ser diferentes. En ese silencio en el que siempre reptamos nada importa el papel asignado, prostituta, funcionario, lo importante es que no podemos ser lo que queremos ser, lo importante es que la felicidad no existe nada más que en manos de seres tan lejanos que ni tan siquiera somos capaces de imaginarlos, seres que, tal vez, ni tan siquiera existan.
Pero esos pensamientos eran demasiado complicados para ser expresados en voz alta, al menos delante de Marisa, aunque ella misma se sentía así demasiadas veces, tenía demasiados recuerdos asesinos, demasiados dolores sin expulsar de su cabeza, de su corazón. Al final todo era nada, todo era compañía, todo era conversación sin importancia, conversación que llenaba ese silencio que tanto miedo nos causa.
El mundo de dioses que hemos creado no sirve para nada porque ninguno de nosotros somos dioses, ni tan siquiera nos acercamos al concepto de dioses que hemos impuesto. Pero ese hombre se sentía feliz de poder ver a Marisa una hora cada cierto tiempo, eso era lo único que nos dejaba la vida posteriormente a pagar el precio del dolor.
Después de aquel hombre amable bajó, otra vez, buscando al siguiente cliente, a ese nuevo cliente incierto que podría ser el hombre más desagradable de la tierra o el mas amable, a ella apenas le importaba, todos buscaban lo mismo, entrar dentro de su cuerpo, placer por dinero.
Cuando aquel hombre le hizo señas para que se acercara, en esos instantes en los que una mujer como ella medía al hombre que le reclamaba, se dio cuenta que con él no sería lo mismo que con su anterior cliente. La cara de ese hombre estaba diciendo que quería pisotear a una mujer y que la única forma de sentir su superioridad, esa superioridad absoluta que sentía tener sobre las mujeres, era acostarse con una “puta” a la que poder humillar.
Sabía que esa cara significaba problemas, pero también sabía que un hombre como aquél podría armar un buen escándalo y llegar, incluso, a liar las cosas tanto que el dueño del Club podría acabar echándola, cosa que no quería, sobre todo porque una expulsión de un club era una mancha que luego costaría demasiado tiempo limpiar, los propietarios no querían nunca problemas y siempre lo pagaban las chicas.
En pocos segundos compuso su rostro y empezó a sonreír y acercarse al sujeto en cuestión, sabía lo que tenía que hacer, sólo debía poner un precio lo suficientemente alto como para que él dejara de buscarla y se concentrara en otra de las que allí estaban. Llegó a su lado y empezó a hablar:
- Mi amor, me buscabas –dijo ella intentando parecer algo interesada en aquel hombre.
- Claro que si “chocho” –dijo él demostrando a las claras la clase de persona que era, que siempre sería, con independencia de su interlocutor- busco unas buenas tetas y un buen culo para pasar un rato agradable, cuanto pides por una hora.
- Cuarenta mil –dijo ella esperando que dicha cantidad fuera lo suficientemente alta como para que se buscara otra puta a la que joder.
- Eres muy cara para ser una puta asquerosa en este antro, pero creo que podemos llegar a un acuerdo si me haces todo lo que quiero –al parecer él la estaba buscando a ella- si en la hora hacemos un griego y un “francés sin” te doy cincuenta.
Ella sabía que no debía aceptar, que él buscaba destrozarla, que no era una persona normal, que quería mucho más que acostarse con ella, pero cincuenta mil pesetas eran mucho dinero, demasiado para rechazarlo, aunque nunca le gustaba que la dieran por detrás y menos aún que un guarro como aquél se corriera en su boca. Tuvo que decidir en décimas de segundo:
- Vale cariño, pero no me voy a tragar tu “leche”, eso no entra en el trato.
- Vaya, parece que la “putita” es remilgada, no me importa que después que me corra te lo tragues o lo tires por ahí, lo que a mí me gusta es sentir tu lengua en mi nabo.
Después de aquello subieron al cuarto, él con esa sonrisa que tenía toda persona que alcanzaba su objetivo, ella con la sonrisa forzada de alguien que sabía que todo aquello no iba a acabar bien para ella, demasiado poco importante como para contar.
En la habitación todo fue peor de lo que ella nunca pudo imaginar. Él se sabía todo lo que un hombre podía saber de su mundo. Para empezar se negó a la acostumbrada limpieza en el bidé, quería ir directamente al grano, disfrutar desde ese mismo instante.
Ella comenzó a desnudarse mientras él la manoseaba por todas partes como si tuviera veinte manos mientras comentaba lo bien que se lo iba a pasar ella pues siempre dejaba satisfechas a las “putas” que se “tiraba”.
MARISA intentó la última salida que le quedaba, para ello le tumbó suavemente en la cama y empezó a “trabajar” el pene del cliente, de esa forma podría conseguir que este se corriera en su boca primero y así, tal vez, no tuviera que soportar que le “diera por culo”.
El sabor del pene de aquel hombre era amargo y sucio, demasiado sucio como para aguantar durante mucho tiempo aquella situación, por eso intentó concentrar toda su actuación en el glande, tenía la esperanza de poder hacerle acabar lo antes posible para poder escapar de aquella trampa en la que se había metido.
Él le dejaba hacer, hasta que llegó a su punto máximo de excitación, en ese momento le paró en seco atrayendo su cabeza hacia arriba, entonces la dijo:
- Espera, primero quiero metértela por el culo putón, ponte en pompa.
Marisa se dio cuenta que había sucedido lo peor, él iba a romperla de verdad, y no podía hacer nada, nunca podía hacer nada. Le colocó el preservativo con las manos y se arrodilló sobre la cama ofreciendo sus nalgas para que él pudiera hacer lo que pretendía, aunque previamente se había preparado con algo de vaselina para que la cosa no fuera peor.
Aquel hombre estaba dispuesto a pasarlo en grande a costa del dolor de la prostituta, por eso no tardó demasiado en “hincar” su pene de una forma bestial dentro del cuerpo de Marisa. Él sabía que a ella le estaba doliendo todo aquello, por eso disfrutaba mucho más, cada vez más. Estuvo a punto de acabar con los primeros empujones, consciente de su poder, pero concentró su pensamiento en otra cosa. Después la cogió apoyando sus manos en los hombros de Marisa y apretó todo lo que pudo, con la fuerza que da el odio hacia todas las mujeres en general y a las putas en particular.
Al final clavó sus dedos en la mujer mientras llegaba al orgasmo y eyaculaba en el preservativo. Aguantó todo lo que pudo dentro de Marisa, pero ella se tumbó completamente para sacar el pene de aquel hombre que sólo había buscado su dolor.
Después de un pequeño descanso en el que el hombre se tumbó sobre la cama y ella preparó el papel de cocina para el final, él dijo:
- Ahora te vas a comer el nabo como tu sabes hacerlo cacho guarra.
Marisa le miró a los ojos unos instantes para coger fuerzas e intentar olvidar el dolor que había sentido. Nunca podría acostumbrarse a lo que acababa de hacer, por mucho que Rigoberta le dijera que a todo se acostumbraba una, ella no era capaz de aceptar lo que tenía que hacer con esos clientes tan “especiales”.
Él esperaba, entre divertido e impaciente, que su instrumento de placer entrara en acción. Marisa comprendió que no podía retrasar más lo inevitable y se metió el pene flácido del hombre en la boca, aquel pene sabía diferente, la goma y el esperma le habían dado un sabor característico e indefinible, sobre todo al mezclarse con el sabor primigenio.
Con toda su sabiduría puesta en el empeño Marisa logró, no sin mucho esfuerzo, que el cliente se “corriera” en su boca. Él la tenía cogida por la cabeza y la aguantó más de lo que ella estaba dispuesta a admitir, por eso se soltó con un brusco y repentino movimiento de cabeza, sin mediar palabra cogió el papel de cocina que tenía preparado y escupió aquella pasta blanca y pegajosa que el hombre había expulsado de su sexo. Luego se levantó, fue al cuarto de baño e intentó enjuagarse la boca con agua para poder quitarse el sabor del semen del hombre, pero el sabor seguía ahí, siempre seguía ahí. Se sentía tan mal que no acompañó al cliente a la barra, le dejo vestirse y salir sin hablar, sin despedirse.
Cuando se quedó sola rebuscó en su bolso hasta que encontró la pequeña botella de “licor del polo” que siempre llevaba y se enjuagó con el producto hasta que el sabor del semen del hombre se hundió en el olvido, en un olvido prohibido para su propia mente.
Alcanzado el objetivo se sentó en la cama y esperó unos instantes hasta volver a controlar su universo, ese desquiciado universo al que le había condenado la pobreza y el hambre. A continuación arregló la cama lo mejor que pudo y bajó al trabajo, en esos instantes se dio cuenta que sólo tendría que hacer un par de servicios más para alcanzar lo presupuestado por ella aquella noche gracias al estúpido aquél.

¿Y sí Dios está muerto? II.4.

Esta vez el cliente era diferente, era un cliente repetidor, uno de esos clientes fijos que toda prostituta que sabe su oficio tiene. Esos clientes eran los que mantenían en los momentos difíciles a las mujeres, los que suponían una inyección de liquidez cuando las cosas se ponían difíciles, y eran los que hacían de una buena noche una noche increíble.
Ella le sonrió con cariño, no era uno de esos clientes a los que había que aceptar por obligación sino que se hacía querer, sobre todo porque se comportaba con ella de una forma impecable. Lógicamente no demostraba ningún sentimiento, lo cual podría haber sido un engorro, sino que actuaba con una frialdad cordial, una frialdad típica de un hombre acostumbrado a negociar, a comprar y vender, no importa el qué.
Era un hombre mayor, Marisa calculaba que tenía unos sesenta y ocho años, aunque él se bajaba algo la edad y pretendía tener sesenta y tres, en una actitud curiosa viniendo de un hombre, no obstante ella comprendía que su cliente necesitaba sentirse más joven, necesitaba sentir en su cuerpo una juventud que había perdido hacía demasiado tiempo.
Con el tiempo Marisa había cogido cariño a ese cliente en especial, y eso que sólo llevaba cuatro meses trabajando en aquel nuevo Club, porque casi desde su primer día había sido uno de sus apoyos más fuertes en su nueva situación, un apoyo muy cercano a lo que había supuesto Carlos desde que lo conoció, si bien de una forma algo diferente.
Él no buscaba el sexo por el sexo, al menos no de una forma en que lo buscaban la enorme mayoría de sus clientes, él buscaba una conversación con una mujer, y esa conversación la pagaba, el sexo, si se producía o no, era algo que no tenía la mayor importancia, se había convertido en una cuestión secundaria, más impulsada por Marisa, que sentía en su interior que si no lo hacía estaba estafando a aquel hombre, que por el cliente mismo.
A través de la conversación conoció esa vida común de un hombre común. Contempló a través de los ojos del protagonista una vida de funcionario abnegado, funcionario que se entregaba a un mundo cerrado de una oficina casi desde la juventud y que no había salido de ese mundo hasta que entró en el mundo de la prostitución cuando murió su mujer.
Hasta ese momento fue el hombre modelo, del trabajo a casa, de casa al trabajo, siempre haciendo lo que se debía, si su esposa decidía que era hora de pintar la casa, pues la pintaba, si lo que deseaba era que hicieran una excursión, entonces preparaba todo para que ella fuera feliz. En el fondo había centrado su vida en la felicidad de ella, sin pensar en sí mismo, sin tener en cuenta lo que él pudiera tener en su interior.
Se olvidó por completo de lo que era ser feliz, quizá porque nunca pretendió serlo, quizá porque había aprendido desde muy pequeño que lo único importante era vegetar sin buscar demasiados problemas, demasiadas complicaciones, sólo buscar un pequeño pasillo donde disfrutar de algo de silencio, ese silencio que tanto le molestaba ahora.
Cuando su mujer murió comprendió que no la amaba, que nunca la había amado, que se había atado a ella porque la sociedad le exigía tener una pareja, que había vivido toda su vida una gran mentira, una de esas mentiras inexplicablemente complejas que pueblan las simples vidas de los que no buscan otra cosa que subsistir. Mucha gente, demasiada gente es así, acaba convirtiendo su existencia en un estrafalario cuadro donde el deseo ha muerto desde un principio.
Al ver que todo lo que había hecho no había servido de nada, que nunca quedaría nada de lo que él podría haber sido para un futuro, que su muerte sería el final de una historia tan triste que no merecía la pena ser contada, entonces cayó en una fuerte depresión, en una depresión tremendamente destructiva, una depresión que le llevaba a la muerte sin remedio.
Todos achacaron esa actitud a la reciente pérdida de su mujer y se volcaron para sacarle de su enfermedad, por eso acabó visitando a médicos que actuaron de la única forma que sabían, atiborrándole de medicamentos, de esos medicamentos profundamente alienantes que los psiquiatras suelen usar para sacar a los enfermos de la depresión, medicamentos que sólo servían para atontar, para obligar al paciente a dejar de pensar, pero que no llegaban al fondo del problema.
Nunca, nadie, ni tan siquiera los profesionales, se plantearon la verdadera cuestión, nadie pensó que el origen de todo su dolor podría estar en lo que su propia vida significaba, en lo poco que valía una vida en la que se había invertido el tiempo en buscar la nada sin comprender que la nada es el dolor absoluto, la inexistencia.
Así pasó una gran parte de su vida, demasiado tiempo perdido, hasta que decidió curarse a sí mismo, convencer a los médicos que ya estaba curado, y entonces, cuando ninguna droga le nublaba el alma y el cuerpo, entonces decidir sobre lo que debía hacer.
Alcanzado el control de su vida, olvidados los eternos momentos de terror, entonces decidió acabar con su vida, y lo decidió hacer a través del instrumento que sus propios médicos le habían proporcionado, a través de esas drogas que le recetaban para sacarle del dolor, que había acumulado convenientemente de tal forma que podría llegar a un final placentero sin tener que esforzarse demasiado y sin que nadie le molestara, no en vano en esos momentos vivía sólo.
Con esa decisión tomada pensó algo más, pensó que nunca había hecho el amor con otra mujer que no fuera la suya, que nunca se había acostado con nadie mas que con ella, y que no había tenido relaciones nunca con una prostituta, por ello entró en contacto con uno de esos compañeros suyos que tenían fama de “putero”, una de esas personas que estaban encantadas de poder ayudar a ese compañero que había perdido la alegría de vivir, sobre todo porque así ganaba puntos en su especial carrera por considerarse una buena persona.
Así fue como conoció a Marisa-Vanesa, y el primer encuentro le decidió a seguir viviendo, a intentar, otra vez, ser una persona con ilusión, y sólo porque encontró tantas cosas que creía imposibles en aquel cuerpo joven y amable, vivió en esos instantes tal cantidad y calidad de placeres que no pudo dejar de buscarlos de nuevo, siempre de nuevo, siempre adelante.
Por supuesto que sabía que aquella relación no sería eterna, sabía que ella acabaría volviendo a su país o huyendo a otro prostíbulo. Ni por un momento intentó ser otra cosa que un cliente, pero comprendía que si había encontrado a una mujer como aquella podría encontrar otra.
Así fue como Marisa salvó la vida de una persona sin saberlo, sin intentarlo, sin quererlo.
Aquella noche no sucedieron cosas demasiado especiales, todo común, todo como siempre, ella se sentía estafadora por no darle al hombre algo de lo que los demás tomaban en abundancia, él se sentía feliz de poder compartir sus problemas con una mujer como ella al menos durante una hora.

Una nueva vuelta de tuerca.

Se avecinan malos tiempos para los escritores, los escritores de verdad, profesionales de la pluma y la palabra. Ahora, con el renacer del poder de las figuras televisivas y cinematográficas, todos los famosos, más o menos inteligentes, gente que tiene un poco o que no tiene nada que decir, han decidido publicar un libro.
Estos libros suelen ser, la mayoría de los casos, simples acumulaciones de sus pensamientos alocados o de las ideas que han ido transmitiendo en la televisión, como si no lo hubiera tenido claro ya la gente,
La cuestión es que dichos libros, por definirlos de cualquier manera, comen espacio a los escritores de verdad, que tienen pensamientos que transmitir y no tienen otro medio que la literatura.
Cuando un periodista se ve “suplantado” por una persona sin título que ejerce como tal, pone el grito en el cielo, pero no es capaz de ver que lo que él hace es prácticamente lo mismo, pero, además, sin que nadie se sorprenda.
Por favor, dejemos hueco a los creadores, aunque sea para no acabar locos.

¿Y sí Dios está muerto? Capítulo II.3.

Había llegado el momento de la verdad, el momento en el que Marisa se convertía en Vanesa –por supuesto que el nombre era de lo más obvio, pero cuando a estas chicas se les dice que nunca mencionen su nombre verdadero se van a los nombres más obvios- y que su cuerpo se quedara casi completamente desnudo para mostrar a la clientela el material que podían comprar por poco dinero, buen material, bueno, bonito y barato.
Se concentró en las tarifas, era muy mala con los números y en cada nuevo Club debía cobrar lo que las demás, en éste, a 20 kilómetros de Madrid, las había tenido que subir un poco y se liaba a cada instante. Ocho mil el polvo normal, una hora doce mil, las “mamadas” a cinco y los servicios extras lo más caro posible para que el cliente desistiera.
Al final ya estaba preparada, embutida en una negligé trasparente que mostraba un pecho perfectamente construido y unas curvas de vértigo, unas curvas excelsas en una piel soberbiamente morena, ni blanca ni negra, con un color indefiniblemente mulato, un color que hacía arder a todos los hombres que lo veían.
Dejó su habitación y se dirigió a la barra del bar de la planta baja, le habían dicho que ese día estaba lleno, cosa nada extraña dado que era viernes y la mayoría de los hombres que acudían no debían trabajar al día siguiente. Cogió el ascensor que llevaba desde la planta cuarta de ese hotel reconvertido en prostíbulo hasta el lugar de caza, el lugar donde se compraba y se vendía carne humana, su carne, la carne de todas las chicas que allí trabajaban.
Por fin llegó a la planta baja, cuando la puerta automática se deslizó para dejarla pasar cambió su cara de pesadumbre por una cara sonriente, una cara en la que mostraba la felicidad de su situación como si alguien en su sano juicio se pudiera creer que una mujer que vendía su cuerpo a “babosos” como aquellos pudiera sentirse feliz de ser manoseada y ultrajada constantemente.
Nada más entrar al gran bar, sin que pudiera dar ni tres pasos seguidos, se dio cuenta que había tres hombres por cada chica, algo muy bueno desde el punto de vista de sus ganancias, aunque podía dar problemas si alguno se volvía loco por no tener a la que quería. No le extrañó que uno de los hombres apoyados en la barra, un hombre de mediana edad no demasiado feo, con algo de sobrepeso pero con cara simpática, le cogiera de la cintura en cuanto pasó por su lado y le atrajera hasta frotar su “bulto” de forma descarada para después manosear sin miramientos su culo.
- Estás muy caliente para ser tan temprano –le dijo ella tragándose el asco que le daba que un hombre le trataba como si fuera un objeto, como un animal al que podía hacer lo que se le ocurriera.
- Es que tu estás muy buena y aquí hay mucho buitre –comentó él con una sonrisa cruzando su cara, una cara cargada de vicio y desprecio, una cara que mostraba lo que pensaba él sobre las mujeres que estaban allí, mujeres de usar y tirar, mujeres con agujeros y boca para pasar un buen rato pero que no valían nada.
En ese momento ella se tragó el corazón y acercó su boca a la oreja del cliente para decirle:
- Me llamo Vanesa, ¿Cómo te llamas?.
- Pedro –contestó el otro, que ni tan siquiera intentó memorizar el nombre de la mujer con la que se iba a acostar en pocos minutos.
- Pedro, me gusta el nombre de Pedro –siempre decía lo mismo pero todos ellos eran iguales y se sentía bien si les decías esas cosas- Pedro, creo que tu y yo podemos pasar un rato muy bueno arriba –ya lo había dicho, ya había hecho la oferta.
- Tu también vas muy rápida –comentó el que decía llamarse Pedro- parece que tienes muchas ganas, eso esta muy bien, pero antes me tienes que decir cuanto me vas a costar.
- Hombre, como estas bien te voy a hacer un precio de amigo, con ocho mil te voy a hacer el polvo de tu vida, aunque si quiere una hora no me importaría dejártela a doce.
- Estas loca, una de tus “colegas” se subía conmigo por menos, por cinco.
Marisa-Vanesa llegaba a lo que odiaba de todo lo que le estaba pasando, además de tener que vender su cuerpo a aquellos “mierdas”, encima tenía que regatear con ellos como si fuera ella la que quisiera acostarse con esos muermos.
- Claro que te piden menos, pero yo te voy a dar mucho más, ¿has visto mi cuerpo?, claro que lo has visto, y lo estás tocando, yo tengo las carnes en su sitio y bien prietas no como la que te ha puesto ese precio de mierda –últimamente Marisa tenía siempre la mierda en la boca.
Él se quedó pensando unos instantes, como analizando la oferta, aunque en su mente sólo estaba haciendo cálculos para ver si le venía bien a su presupuesto gastarse ocho mil pesetas en esos momentos. Cuando concentró su mirada en las “tetas” de Marisa su decisión se disparó, a la vez que se disparaba su pene.
- De acuerdo, tú lo vales –dijo él.
- Te lo vas a pasar de muerte –le dijo ella mientras le cogía la mano y le llevaba a su habitación.
Al llegar al ascensor ella le cogió de la cintura y le acarició el “paquete” en un gesto que él confundió con deseo pero que era una forma de poner “a cien” al cliente para que acabara lo antes posible y bajar a buscar otro pardillo al que vender la mercancía.
Cuando el ascensor se paró ella salió primero del mismo, para que su cliente viera el culo que gastaba, algo que aceleró más aún al hombre. Luego se quedó parada unos momentos hasta que él llegó a su altura y restregó sus nalgas con el pantalón, en el preciso lugar que ocultaba el pene del hombre; luego sonrió y le cogió la mano para llevarlo a la habituación, sin hablar, dejando que la imaginación del tío hiciera su trabajo.
Dentro de la habitación ella le pidió el dinero, pues él sabía que allí se pagaba por adelantado. Lógicamente él pagó sin rechistar, demasiado excitado como para permitirse el lujo de no pagar e irse con el “rabo” entre las piernas, expresión nunca mejor dicha. Después de guardar el dinero en su banco particular, un pequeño bolso dentro de un armario donde guardaba su ropa de “viaje”, le pidió quinientas pesetas para sacar de la máquina que estaba colocada estratégicamente en la habituación el preservativo.
Ella siempre decía que no tenía suelto y todos se lo creían, a esa altura ellos se lo creían todo. Él ni tan siquiera rechistó, le dio quinientas pesetas en monedas y ella las utilizó para sacar lo único que le hacía sentirse limpia en todo aquel lugar.
Una vez conseguido el instrumento de protección Marisa se dio cuenta que él se estaba poniendo nervioso, por eso se acercó a él y le abrazó besándole en el cuello, uno de los pocos besos que ella se permitía, besos que no incluían la boca del cliente en ningún momento, por ninguna circunstancia.
Tranquilizado a medias, empezó a desnudarse hasta quedar sin nada de ropa, mostrando su espléndido cuerpo en aquella habitación apenas iluminada por una bombilla de color indefinidamente morado.
- Quítate la ropa que no te voy a comer –se rió de su ocurrencia- bueno, no te voy a comer lo que tu no quieras que te coma.
Aquello concentró de nuevo a Pedro, que empezó a quitarse la ropa hasta quedarse, el también, completamente desnudo. Ella le miró divertida a medias, divertida por fuera, como pose útil, aburrida y triste por dentro.
- Ven conmigo –le dijo mientras le cogía el pene a medio crecer y le arrastraba hacia el cuarto de baño- que te voy a limpiar bien.
No hubo respuesta de parte del hombre, desnudo, temeroso de no demostrar su virilidad, haría todo lo que ella le pidiera. Marisa preparó el agua del bidé, lo suficientemente caliente como para que su cliente no se resintiera, lo suficientemente fría para no escaldarlo y le hizo sentarse en posición para limpiar a conciencia el miembro. Después restregó enérgicamente el pene del hombre hasta que lo limpió completamente, incluso por dentro, para lo cual tubo que levantar la piel hasta dejar el glande o bálano al descubierto.
Con aquellas friegas el hombre se había puesto, otra vez, a cien, por ello cuando ella le secó con papel de cocina y le llevó al lado de la cama no abrió la boca, estaba demasiado concentrado en no correrse en esos momentos.
Ella, con mano experta, abrió el paquete del preservativo y lo extrajo, llevando la punta a su boca mientras sonreía, en esos instantes siempre sonreía. Después cogió el pene del cliente con una mano lo atrajo hacia su boca, colocando el preservativo con la misma, para después succionar con fuerza hasta llevar al hombre al primer suspiro.
En esos momentos ella se tumbó en la cama abriéndose de piernas y le dijo:
- Ahora te toca trabajar a ti.
Pedro, obediente, se puso sobre ella y le introdujo el pene en la vagina. Entonces comenzó a moverse como se supone que se debía mover un hombre mientras concentraba su boca en chupar los senos de Marisa hasta que consiguió que el pezón de la misma se levantara ante el estímulo constante.
Ella fingía sentir, pero lo hacía muy bien, sin las exageraciones de las negras. Al poco tiempo se dio cuenta que él no iba a ninguna parte con esa postura, pues el preservativo, que era bastante grueso, limitaba mucho la sensibilidad del hombre, por eso acabó parándole y cambiando de postura.
Marisa se colocó de espaldas, con las piernas muy juntas, ofreciendo al cliente una penetración vaginal pero por detrás. El se colocó sobre ella con las piernas abiertas y fue Marisa misma la que colocó el pene en el lugar adecuado. Después apretó fuertemente las piernas para que él sintiera toda la presión de sus músculos y le dejó hacer. El orgasmo y la eyaculación del hombre llegó en pocos instantes, completamente estimulado con la presión de la vagina cerrada y las piernas junto con el constante golpeo en las nalgas de la mujer y la perspectiva de absoluta dominación que tenía.
Acabado el trabajo ella le limpió, de nuevo, después de quitarle el preservativo, y se limpió ella misma, bajando al bar otra vez, donde se despidieron con un par de besos. Él se fue por la puerta del local satisfecho su deseo y ella se quedó buscando, aunque no tardó demasiado en encontrar al siguiente cliente.

Próximo proyecto.

Queridos amigos.

He de comunicaros algo que nos debe alegrar a todos, se está preparando un nuevo proyecto, una revista de literatura en internet, pero no en formato Blog como la que ahora tenemos, sino en formato Web, con más versatilidad, y con la posibilidad de actuar de forma concreta en la misma.

Este nuevo paso debe ser tenido en cuenta como un logro para los que buscamos comunicación absoluta entre creadores y entre creadores y público.

Seguiremos informando.

¿Y sí Dios está muerto? Cap. II.2.

Resulta muy sencillo plantearse que existen otras opciones desde un punto de vista egoístamente europeo, pero la verdad es que esas opciones se diluyen en cuanto se corta el cordón umbilical de una muchacha en un país pobre, un país donde el hambre y el odio controlan tanto a sus habitantes que el único sustento es matar o venderse, pero todo eso es demasiado complicado para el que vive en la opulencia, una opulencia en la que yo mismo me regocijo sin darme cuenta de la realidad fuera de mi realidad.

Despertó de su largo día sin sueño, un día-noche cambiado en el que soñó que las cosas llegaban a su fin y que conseguía, en el último minuto, una vida tranquila con Carlos, pero sólo era otro de esos sueños que estaba teniendo cada vez con más insistencia, un sueño que se olvidaba cuando el despertador la acariciaba con su estridente sonido totalmente impersonal para llevarla a su realidad.
Se puso la bata, no una bata ligera y semi-trasparente como se supone que usan las profesionales en su mundo sino una bata gruesa, fuerte, tan fuerte como su vida, pues Marisa no era capaz de adaptarse a la temperatura de este país, no conseguía adaptarse a nada de lo que pasaba en una España que no podía comprender.
Antes de dirigirse a la ducha se quedó unos instantes ante la puerta cerrada de su habitación, instantes en los que concentró todo su valor para enfrentarse a sus dos compañeras, esas supuestas amigas que había logrado en ese mundo oscuro en el que ahora se encontraba encerrada, vendida, siempre vendida.
Penso en los primeros momentos, esos momentos duros y desesperantes en los que una era nueva en un mundo creado por y para los hombres, para que ellos pudieran disfrutar de carne fresca en todo momento, tan fresca como fuera posible. Aquellas dos mujeres, que ya llevaban algunos meses en la ruta de los Club, que ya sabían algunas cosas, le explicaron todo lo que debía saber, el tiempo que le convenía mantenerse en cada lugar para ser siempre la nueva sensación de la zona y conseguir que la red que la había traído no se fijara demasiado en ella, para pasar desapercibida en los controles policiales que se hacían de vez en cuando, más para conseguir sexo gratis que para eliminar la prostitución de la zona.
Su mundo se volvió cada vez más irreal, más aprensivo, más desconfiado, con una desconfianza completamente comprensible desde el punto de vista de su situación, si bien era de lo más triste que una joven como aquella tuviera que vivir una vida semejante.

"Yo mato"

Giorgio Faletti, nacido en Asti, Italia, en 1950, y que a trabajado como abogado, publicista, piloto de carreras, actor de teatro y cabaret, compositor y showman, ha escrito su primera novela, “Yo mato”.
He comenzado su lectura y, verdaderamente, me ha impresionado el comienzo, en un momento, en la página 11, dice:
“… el cansancio lo borra todo y le impide darse cuenta de que lo único razonable es abandonarse a una carrera desenfrenada por el camino de la locura. A su alrededor no hay más que un continuo acoso de rostros, sombras y voces, personas que ni siquiera se plantean preguntas y aceptan pasivamente una vida sin respuestas pese al hastío o al dolor del viaje, y que se conforman con enviar alguna postal estúpida de vez en cuando.

… son todos inútiles”.
Me parece uno de los momentos mejor llevados que he podido leer hace tiempo.

Estoy Leyendo. “Yo mato”

Giorgio Faletti, nacido en Asti, Italia, en 1950, y que a trabajado como abogado, publicista, piloto de carreras, actor de teatro y cabaret, compositor y showman, ha escrito su primera novela, “Yo mato”.

He comenzado su lectura y, verdaderamente, me ha impresionado el comienzo, en un momento, en la página 11, dice:

“… el cansancio lo borra todo y le impide darse cuenta de que lo único razonable es abandonarse a una carrera desenfrenada por el camino de la locura. A su alrededor no hay más que un continuo acoso de rostros, sombras y voces, personas que ni siquiera se plantean preguntas y aceptan pasivamente una vida sin respuestas pese al hastío o al dolor del viaje, y que se conforman con enviar alguna postal estúpida de vez en cuando.

… son todos inútiles”.

Me parece uno de los momentos mejor llevados que he podido leer hace tiempo.