Archivo para Mayo 2008

Los paraisos perdidos.

YO soy Alfa y Omega, el principio y el fin, a aquél que este sediento, yo le daré en abundancia agua de la fuente de la vida.
El universo entero era infinito, yermo.
El se mueve y no se mueve, está lejos y aún cerca, está dentro de todo y fuera de todo.
El que no tiene nombre es el principio, y el principio del principio, que es infinito. Él no tiene base, ni interior ni exterior; es la sustancia primigenia que no tiene fin ni intelecto que la capte, ni la comprenda, ni la escrute ni la describa.
El incluye todo; es resplandeciente, incorpóreo, libre de defectos, sin órganos, puro y libre del mal, pensador, omnipresente, omniscente, autoexistente. Ha dispuesto todas las cosas conforme a la verdad por la totalidad del tiempo que ha de venir.
Él estaba sobre lo que había, con lo que había y bajo lo que había. La sustancia creadora, la luz esplendente que no conoce la penumbra, la luz que habita en el fulgor que no pueden captar las miradas.
Él es el principio de la creación, pues Él es el creador de lo creado, cuya gloria procede de Él y está en Él pues Él mismo es el creador.
El primer espíritu, el espíritu simple de la creación hizo un gesto imperceptible, y con dicho gesto surgieron de la nada, como los gusanos del queso, Yavé y Lucifer, hermanos de sangre, hermanos de poder.
La luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la derecha y la izquierda, son hermanos entre sí. No es posible separar los unos de los otros. A causa de esto, ni es bueno lo bueno, ni es malo lo mamo, ni es vida la vida, ni es muerte la muerte. Así, cada individuo será disuelto hasta su propio origen desde el principio.
Dos seres en la nada, en el vacío de su propio Padre, buscaron encontrar algo con lo que sentirse vivos, algo con lo que poder ser el acto de su potencia, la realidad de su futuro.

¿Y sí Dios está muerto? VI.3.

Una tarde, no importa el mes, los dueños del local decidieron que era el momento de analizar la sangre de su puta más “internacional”, pues suponían, con toda razón, que estaba contagiando a muchos clientes de enfermedades venéreas, y, quizá, de algo más. Hicieron todas las pruebas, comprobaron todo hasta el último detalle, y salió lo peor, no sólo tenía sífilis, también tenía anticuerpos del SIDA. De una forma instantánea fue obligada a dejar el trabajo, aunque no se le proporcionó tratamiento alguno para sus enfermedades.
Así se planteó el problema de su futuro. Algunos pensaron que sería provechoso mandarla a su país, a Colombia, donde podría morir de una forma conveniente, allí no había tantos escrúpulos como aquí y la vida tenía un valor relativo, otros pensaban matarla allí mismo y deshacerse del cadáver en cualquier horno industrial de los que tenían controlados. El caso era que como puta no podía seguir trabajando, era un peligro para el negocio, y como “drogadicta” era un enorme gasto que no podía ser sustentado por aquella gente que la había enganchado.
En esos momentos Marisa estaba mas cerca de la muerte que de la vida, pero tuvo suerte, si es que se puede hablar de suerte en esas circunstancias, resulta que mis “amigos” ya habían dado con ella y entraron en conversaciones con sus “dueños”, estos estuvieron encantados de venderla por un módico precio, un precio simbólico que nadie me comentó nunca y entregarla para que el “grupo” se encargara de ella.
Marisa se transformó en res, tal como Jesús transformó el agua en vino, y todos pudieron discutir sobre su vida y su muerte, sobre el precio a pagar por tenerla o por dejarla. Lógicamente también se habló del silencio, un silencio que era más caro que la propia Marisa, pero el silencio es fácil de conseguir –esta obra es consecuencia de un pacto de silencio olvidado por los “dueños” y por los protagonistas, pacto que se rompió hace un tiempo, ya se verá como; pero también es una necesidad, un tributo, pero todo esto lo veremos después.
Después de varios días de conversaciones para atar cabos la cosa quedó en un envío a través de autocar de la mercancía, previo pago a través de giro postal, y el intercambio definitivo se señaló en lunes, un día especialmente malo para todos, por lo que fue un día especialmente bueno para acabar con una situación insostenible.

Otras ciudades.

Viajamos con los ojos cerrados, sin darnos cuenta que viajar es vivir, y vivir es un viaje alucinante al fondo de tu mente, de tu cuerpo, de lo que te rodea.

Escribir, entonces, es viajar por las carreteras del destino, que, por desgracia, a vecer te llevan a lugares anodinos, reales o mentales, pero eso es vivir, y eso es escribir.

¿Y sí Dios está muerto? VI.2.

En un primer momento el médico que las revisaba cada 15 días sólo descubrió que tenía tricomonas, una enfermedad de lo más normal entre las profesionales, sobre todo entre las que no usaban el preservativo de forma habitual, pero eso sólo fue el principio.

Con el tiempo la sífilis apareció de forma virulenta, pero nadie se preocupó demasiado de ello. Como no se hacían análisis de sangre de forma continuada, sobre todo a mujeres como Marisa que eran putas de segunda categoría, nadie se dio cuenta de la grave enfermedad que empezaba a hacer estragos en el organismo de la mujer, en este punto hay que tener en cuenta que la droga hacía bastante trabajo del que se supone debería hacer el SIDA.

En ese mundo, como en todos, siempre hay clases, siempre hay personas que merecen lo mejor o lo peor, aunque esa decisión habitualmente se encuentra en manos de personas equivocadas. La eterna cuestión es el motivo de tal distribución de funciones, funciones erróneas, posiciones erróneas, cada cual en su casa y dios en la de todos, pero algunos más “puteados” y pateados que otros, para eso estamos aquí.

Pasa en los colegios, pasa en las universidades, en los trabajos, en todo lugar donde el ser humano introduce su enorme pie de animal irracional, al final hay preferidos y odiados, y los preferidos lo hacen todo de forma perfecta mientras que los odiados asumen unas funciones perversamente estudiadas para convertir su existencia en una ruina, en una ruina absolutamente calculada y preparada para amargar.

Nadie está libre de pecado, yo mismo, al escribir estas líneas, estoy prejuzgando a unas personas que, quizá, si que tenían motivos para comportarse como lo han hecho, porque nadie a escuchado a los “malos”, presumiblemente porque ellos son los malos y no se puede aceptar una versión de la historia que se aparte de la “bondad”. Aunque puede ser que esa bondad no sea nada más que una mentira inventada por personas como yo, como el lector, como mi jefe o el suyo.

Centrándonos en Marisa, el caso es que acabó con dos enfermedades terribles, las dos contagiadas por sus queridos clientes, además contagiadas conscientemente, la sífilis y el SIDA; a esto había que añadir su dependencia del “caballo”, con lo que tenía todas las papeletas para morir en poco tiempo, sobre todo porque no la proporcionaban ningún tratamiento para sus “tres” enfermedades.

La evolución de sus enfermedades “no adictivas” no se estaba desarrollando de forma muy acelerada, por eso se podía permitir el lujo de seguir vendiendo su cuerpo. En cuanto a la droga, Marisa tenía la costumbre de inyectarse de una forma rítmica hasta terminar la dosis, para ella la sensación de la droga en su organismo era similar a la de la masturbación pero multiplicada por cien, por mil, por un millón de veces.

El viaje era alucinantemente real, tanto o más que la triste existencia de la que huía, porque, al menos en los instantes de evasión, su mundo era el que ella siempre había querido tener, estaba enganchada a una ficción, un camino sin retorno donde podía devolver el dolor que sentía con un simple gesto, uno de esos gestos admitidos en los sueños de los justos y pensativos “zombies” de la nueva ola.

Vivía constantes escenas en las que se descubría tendida en el inmundo suelo del cuarto de su “prisión”, enferma como un perro, demasiado débil como para poder enfrentarse a la vida, demasiado débil, incluso, para que la importara lo más mínimo. Estaba en ese estado en el que, efectiva y realmente, ni te lavas ni te vistes, porque no tienes la fuerza suficiente para hacerlo.

En esos instantes de necesidad, de pura necesidad de algo que llevarse a las venas, contenía las arcadas el tiempo suficiente como para poder ponerse algo de ropa y bajar a que su salvador la diera un poco de la llave maravillosa que abría el país de los sueños.

El camino, horriblemente largo y sinuoso, la hacía agonizar, pero seguía construyendo su fuerza a través de su debilidad, seguía andando, seguía el camino, el camino que le llevaba al arriba y afuera del mundo que había sido obligada a morar.

Siempre bajaba las escaleras tambaleándose, perdiendo el equilibrio por los temblores del “mono”, oyendo voces inexistentes creadas por su mente gravemente enferma, enferma de ella misma, de su forma de ser, enferma por intoxicación y por desnutrición, era su camino, un camino que le hacía sentirse mejor porque el final era siempre el mismo.

Un día, una tarde cualquiera, descubrió que los zapatos que llevaba estaban destrozados, que no valían para nada, pero aquello no le importó en absoluto, nada le importaba, ese día era domingo y no tenía suficiente droga para pasar la noche.

El trabajo de conseguir la droga y el actor de inyectársela se convirtió para Marisa en un medio y en un fin en sí mismo, en un medio y un fin para su propia vida; incluso había convertido el ritual de la administración de la droga en un mundo en si mismo, un mundo particular donde podía disfrutar de su propio cuerpo y de las sensaciones anteriores y posteriores a cualquier dosis. En esa angustiosa vida, mejor dicho, en esa angustiosa muerte Marisa vivía la felicidad de la persona que no sabe que se está destruyendo, de la persona que ha perdido tantas cosas que ni tan siquiera es consciente de la posibilidad de otra vida.

Tanto la sífilis como la droga actuaban en su sistema nervioso provocando verdaderos destrozos, unos destrozos irreparables, si bien lo importante no era lo que olvidaba, lo importante era que el cuerpo que contenía su espíritu estaba perdiendo la humanidad, estaba perdiendo todo lo que distingue al hombre de la bestia, ya nada era como antes, las formas se difuminaban en una figura cada vez más delgada y cadavérica.

La literatura como forma de vida.

Arriesgar un momento por una ilusión es fundamental para el escritor. Todo escritor tiene algo que contar, pero debe comprender que la forma de contar es lo que diferencia el éxito del fracaso, la verdadera vida de escritor con la vida potencial.

Historias para contar.

Nos encontramos ante una nueva forma de ver la vida. Internet nos permite encontrar datos esenciales para cualquier investigación respecto de nuestras creaciones. Pero es importante comprender que los datos no son el centro de las obras, sino que son lo periférico.

Crear es concebir nuevos pensamientos,  nuevos amigos, nuevas vidas.

Ya está en el horno mi ensayo; Confrontación. La nueva moral del siglo XXI.

(Y sí Dios está muerto? VI.1.

Mientras Carlos esperaba pacientemente alguna noticia, mientras el pobre hombre sentía la angustia de estar perdido, de no tener esperanzas; Marisa vivía su particular calvario, aunque tal vez deberíamos describirlo más bien como pesadilla. El horrible mundo del dolor le dio la bienvenida de una forma brutal, desmesurada, cargando a sus espaldas el dolor de la vida y de la muerte, de una muerte enorme y angustiosa, la muerte de la mente a través de la muerte del cuerpo.
Con el tiempo había perdido la noción de realidad, sólo vivía para la droga, contaba el tiempo según los “chutes” que podía ponerse, que necesitaba ponerse. Ya sólo tenía cuerpo para poder venderlo, era un instrumento para conseguir la droga, por eso no le importaba ninguna de las enfermedades con las que fue contagiada.
Había aceptado que su destino era acabar allí, muerta con las piernas abiertas, recibiendo todo lo que los hombres quisieran dar, por eso olvidó el amor y el deseo, ya no existía, no era importante, era una mentira después de otra mentira, ella nunca tuvo oportunidad de ser feliz, eso era para los otros, para esos otros que miraban a través del espejo de la indiferencia y del deseo, del enorme deseo de poseer.
En la pérdida de su humanidad, en ese momento y lugar, su cuerpo se convirtió en recipiente, amplio y cansado, recipiente para que todo y todos pudieran finalizar su sexualidad, una sexualidad confundida, siempre confundida por el odio, odio a lo diferente, a lo mismo y constante.
Estando en manos del olvido, olvidando ella misma que era mujer, que tenía condición celeste por haber nacido de mujer, agarró el amor de su alma y lo enterró en la tierra yerma del corazón destrozado, perdió la oportunidad de ser y dejo de ser, pero diferente, agrandada, asumida en oscuridad.
No comprendía su cuerpo, no lo quería comprender, no quería ser lo que era, pero no podía ser otra cosa, no en esos tiempos, no ahora. Alcanzaba la muerte cada madrugada, “tomando” en la vena del ser que no escucha, oliendo a sudor y a claro de luna, incluso en el oscuro cieno de la subsistencia, porque algo queda, aunque no sea la dignidad, porque la dignidad no alimenta, no da de comer, de beber, de inyectar, da para ser uno, para saberse diferente, pero de nada sirve sin la vida, sin quitar el dolor y seguir el sufrimiento.
Intentaba estar digna, no caer al suelo, al menos no demasiado, pero las piernas fallaban, las piernas eran gomas donde tender los ”picos” que en los brazos no cabrían. Blanco sobre blanco, y rojo de sangre en entrañas y venas, para sanar el dolor, dolor escondido, más dolor y más muerte, porque el dolor era su vida, a él le debía estar donde estaba, conocer lo que conocía, su mundo era saberse, ver sus manos crecer, sus piernas embutidas en sueños sin sentido, pero cargada de algo que nunca tuvo.
Dios debía estar muerto, tal como cantaban los Suaves, porque nunca acudió a sus súplicas, a su deseo de acabar, de morir, su suicidio involuntario, un tremendo contrasentido de visiones entrelazadas. Algo se convirtió en nada dentro de su cuerpo cuando supo lo que era, cuando supo para que servía tanta hermosura, para el uso, el oscuro y triste uso, su mundo entró en el triste abismo del olvido.
Por momentos aceptaba su verdad, por momentos rechazaba que era “puta”, porque ella había dejado de ser prostituta en el momento en el que había aceptado dejar de ser mujer para convertirse en lo que era, alguien que olvidó su origen, ese origen que todos tenemos clavado en el alma, un alma que, a decir verdad, si que puede morir.
Estaba esperando una señal, algo que le hiciera ser de nuevo una mujer, pero la tristeza le llenaba de mentiras la cabeza, ella era toda una mentira, sentía que estaba perdiendo algo tan importante como su luz, la luz que le guiaba internamente, y lo peor de todo es que no podía hacer nada al respecto, era ella contra el mundo y había perdido incluso antes de empezar la partida, ese fue su crimen, querer vivir.
Manipulada hasta el infinito, el mundo era algo obviamente perdido, nunca nadie quiso saber la verdad, eso no importaba, sólo importa que el dinero entre en la caja, esa caja común que tantos frutos da a los que saben como utilizarla de una forma conveniente, eso es lo que somos, cajeros que llenan las cuentas de los que viven su vida en el paraíso.
Algo así no podía estar sucediendo, pero sucedía cada día, cada instante una ilusión se pierde. No es que a todos nos suceda lo que le sucedió a Marisa, lo que pasa es que a todos nos roban nuestra vida, nos hacen levantarnos temprano para producir no se sabe que recursos con los que esclavizar a no se sabe cuanta gente, siempre el mismo trabajo, siempre las mismas expectativas, sólo nosotros contra el mundo, pero nosotros no somos los que debemos luchar, porque nosotros formamos parte del “esquema”, nosotros somos la pared levantada para expulsar de la vida a los que no queremos tener a nuestro lado, hay muy poco espacio y somos demasiados.
Así pasaba los días Marisa, creyendo que estaba muerta, aunque su vida continuaba, muriendo poco a poco, en una lucha infinitamente más perversa que cualquier otra cosa que nadie pudiera, jamás, concebir. Los períodos de agonía eran tan extremos como el propio mundo.

Una forma de vida.

Hay personas que dedican su vida a la literatura, a escribir e intentar publicar lo que escribren, luchando hasta morir sin haber conseguido nada o casi nada.

Otros, como yo, dedican una importante parte del esfuerzo a otros temas, escriben monografías y trabajan fuera de lo que es la literatura.

Si bien hay sitio para todos, el problema se circunscribe a poder comunicar una unidad de pensamientos, y eso resulta imposible para muchos. Es el momento de acudir a la red, a internet, despreciando el papel, porque, al final, lared es la ventana al mundo.

El Evangelio de Judas.

Finalmente ha sido publicado. Ya está en el mercado mi última novela, “El evangelio de Judas”. Os recomiendo encarecidamente su lectura, porque sorprenderá a muchos la extraña historia.
Podéis acudir a la página siguiente: