Archivo para Junio 2008
El principio.
25. Junio 2008 por admin.
Todos los principios son difíciles, incluso éste, que viene abonado por una gran cantidad de indicaciones favorables.
Los que lean esto conocen en Necronomicón, lo entienden como un libro imaginario, pero ha llegado a ser más que eso, ha sido un libro creado y recreado, un libro que, al final, se ha convertido en un camino, en una idea.
Nosotros vamos a desentrañar esas idea, o, al menos, lo vamosa intentar.
Los Paraisos Perdidos V.
25. Junio 2008 por admin.
El hombre en el que se centra nuestra historia, que podía ser uno de nosotros, había soñado mucho, hasta esos días en los que las pesadillas entraron por la ventana y le desalojaron del lugar donde tan plácidamente dormitaba. Fue algo tan cruel e inhumano que no pudo reaccionar, un día era un chaval disfrutando de una oposición recién aprobada y de una vida nueva, y al día siguiente se convirtió en un simple funcionario que no podía soportar el trabajo que desarrollaba.
Nuestro protagonista era un hombre que se había forjado a sí mismo, como todos. Su infancia se había desarrollado de forma anodina, del colegio a casa, de casa al colegio, pasando con algunos meses de vacaciones en Puebla de Farnals, un lugar que, en algún momento de su vida, fue suficientemente interesante, pero que, en la actualidad, era un lastre para su propio pensamiento.
Aquel lugar añorado, siempre añorado, le había dado tardes de lecturas inolvidables, mañanas de sol y playa, y noches de fantasía en un cine de verano que regalaba historia de dos en dos a todos los solitarios que buscaban un momento de paz en tan ajetreado mundo de diversión.
Vivir vidas de otros era lo más cómodo, por eso él se dedicaba a vivir vidas a pares, a disfrutar de existencias que no eran suyas porque la suya no era capaz de asumirla, porque la suya sólo era una mancha más en un lugar donde las manchas abundaban más que las propias cucarachas.
Para él era un mundo perfecto, tan perfecto como solitario, como interior. Sentía que con esa forma de vivir y de pensar nadie podría hacerle daño nunca, porque si nadie era capaz de alcanzar su yo más íntimo nadie podría romper lo que llevaba en su interior, aquello que siempre guardaba.
Su mundo era completamente rutinario. Un día, un verano cualquiera, se acercó a un grupo de conocidos para jugar con ellos, siendo todavía un niño. Jugaron a verdad o prenda, y él fue ignorado convenientemente por todos, no siendo preguntado en ningún momento por su vida, tan poco importante era para aquellas personillas, seres que sólo veían en él un ser incomprensible.
Aquello no le importó demasiado, no en vano se había acostumbrado a ser invisible para todos, porque esa era la única forma de mantener su vida en un equilibrio que apenas podía existir durante los largos veranos de la niñez y de la adolescencia, donde todos los días se alargaban más de 24 horas.
¿Y sí Dios está muerto? VII.1
25. Junio 2008 por admin.
Cuando estaba previsto el retorno a la realidad de Marisa me personé en la clínica para tomar conciencia de lo que allí sucedía y ayudar en lo que pudiera o pudiese. Al llegar a la habitación me encontré a un Carlos preocupado, aferrado a la mano de la mujer con una fuerza que se reflejaba en la marca blanca que dejaba en ella, fruto de la presión, marca que rodeaba los puntos de mayor impacto como si intentaran demostrar a los que estaban presentes el alcance de su amor y su preocupación.
Era aquella una escena tiernamente esperada, pero también terrible, terrible por el hecho del estado físico en el que se encontraba Marisa, un estado de tal decrepitud que parecía a punto de morir, una muerte horrible para una vida horrible, uno de esos finales que tanto gustan a los moralistas, a esos que creen que la justicia existe.
Carlos intentaba compartir el dolor que ella sentía, buscaba el dolor de ella como si fuera su propio dolor, le era imprescindible que Marisa supiera que él también sufría, pero su sufrimiento no podía ser el mismo, su sufrimiento estaba mezclado con su forma de ser y con sus circunstancias, tal como nos ocurre a todos, mientras que para Marisa el sufrimiento era algo más real, más físico, a la vez que tenía que soportar los mismos dolores interiores que todos sentimos, que todos tenemos que asumir por el hecho de ser seres vivos.
Ella compartía el sentido, o sinsentido, de la existencia que todos buscamos, pero tenía un plus, como un regalo maravilloso que el destino reserva a los más afortunados, el plus del sufrimiento real, del dolor real, un regalo que no se puede rechazar, es algo obligatorio.
Nadie puede comprender lo que ella había padecido, y lo que estaba padeciendo, sólo la persona que sufre la infinita angustia del dolor sin barreras es capaz de comprenderlo, pero cada persona vive el dolor a su manera, por eso cada persona es única, por eso Marisa era única, inimitable, maravillosamente perfecta en cuanto a ser humano sufriente.
Me sentía agradecido por haber podido completar mi tarea, por haber podido ayudar a mi amigo, pero simultáneamente sentía que debía algo a mi amigo y a su “mujer”, debía algo a demasiada gente que había muerto y había sido olvidada sin ser tenida en cuenta, a esa gente inalcanzablemente cercana y lejana a la vez, gente que nos visita cada mañana en nuestra conciencia y a la que no dejamos entrar, temerosos de contaminarnos con su fracaso y convertirnos en lo que más tememos.
El fracaso de todos ellos es nuestro propio fracaso, nuestra propia infamia, por eso huimos, por eso nos negamos a contemplar lo que somos y no deseamos ser, personas sin apenas rostro, sin siquiera recuerdos.
Sentía en mi interior que todo lo que pudiera hacer o decir estaba de más, que no servía para nada, que había convertido mi vida en algo de lo más anodino, algo aburrido y rutinario, un lugar donde esconderme y dejar de pensar en los demás para centrarme en mi ombligo, para mirar mi envejecimiento con sumo cuidado sin interesarme por los demás.
En esos momentos creo que yo debía mucho a esa pareja, les debía el despertar de la conciencia, el despertar al dolor ajeno, aunque nunca puede compararse lo que siente el doliente con lo que sufre el que comparte el dolor, pero, por lo menos, era algo, un acercamiento al conocimiento mismo del sufrimiento, el acercamiento definitivo para una persona como yo, tan temerosa de la vida.
Ahora había pasado del más absoluto desprecio por los demás a formar parte de una colectividad, de la colectividad de los que comprenden el dolor, el abandono, la discriminación, yo era un negro rodeado de racistas, una mujer acosada por machistas, era todo aquello que temía, porque siempre tememos lo que no somos capaces de soportar.
Me había dado cuenta de lo cobarde que era, lo sabía desde niño, pero esa experiencia, una experiencia que, por otra parte, estaba muy lejos de ser mía, me había dado respuestas a preguntas que no me pude formular nunca porque no tenía el suficiente valor, un valor que Marisa tenía por todos, por Carlos, por mí, por los médicos que la trataban.
Ella era hermosa, tan hermosa como la mujer más cuidada, porque ella era real. Si algo era realmente hermoso era la vida misma, una vida que se aferraba a un cuerpo que se había empeñado en seguir hacia delante sin temer lo que pudiera suceder, un cuerpo que cuidaba de un espíritu que nunca rindió realmente su fuerza, un espíritu que volvía a resurgir, que luchaba, una y otra vez, porque ese espíritu debía permanecer vivo para que todos los que lo contemplábamos pudiéramos sentirnos un poco más felices, un poco más fuertes en nuestra debilidad.
Algo mágico había sucedido desde el momento en que ella había entrado en la vida de Carlos, algo tan real y tan ficticio como el amor, un amor difícil, un amor diferente, pero el único y verdadero amor, el que todos hemos deseado, anhelado, del que todos hemos huido despavoridos cuando nos hemos enfrentado a su presencia en nuestra vida, demasiado complicada para complicarla más con un sentimiento tan poco interesante, demasiado sencilla para entrar a jugar con fuego.
Al verme entrar ella me reconoció, aunque me había visto sólo unos minutos, tenía mucha memoria, aunque se viera afectada por la incidencia de la droga en su organismo. Con una mirada echó de la habitación a Carlos, algo que tenían preparado desde que se quedaron solos y pudieron hablar.
Ella había asumido el mando de la relación de una forma pasmosa, era el ser más fuerte que yo había visto, una persona con tal capacidad de liderazgo que era plenamente capaz de llevar a cuestas su relación con todo lo que eso significaba, con todo lo que siempre había significado. Carlos sólo necesitaba su fuerza.
- Gracias –fueron las únicas palabras que salieron de su boca, cansada de tanto luchar, muriendo por dentro a consecuencia de millones de organismos que intentaban robar su ser y por una sustancia que se aferraba a sus venas esperando más, siempre más.
No supe que decir, la tomé la mano, con el miedo del tonto al contagio, un contagio imposible, al menos en esos instantes fui lo suficientemente inteligente como para no ser como los demás, para mostrarme a mí mismo y a Marisa que ella era más importante que ese tonto terror.
Me parecía imposible ser tan miedoso, tener tanto temor a algo tan tonto como el contacto con otra persona, aunque esa persona tuviera SIDA. Comencé a comprender todos los perjuicios y todos los problemas que personas como Marisa tenían y tendrán a lo largo de su vida, yo era un ejemplo típico de miedo irracional, y lo peor de todo es que no podía evitar sentirme como me sentía, estaba en mi interior, me controlaba, me dominaba.
No obstante, había esperanza desde el momento en que un estúpido como yo era capaz de poder estar con una persona como ella y poner por delante del miedo el amor, el respeto, la consideración, ella era la mejor persona que había conocido, la más completa, merecía mucho más de lo que nunca tendría, por eso no podía dejar de cogerle la mano, no por el miedo al ridículo, por el miedo a no tenerla como amiga, como una amiga que no merecía.
Nos quedamos así unos minutos infinitos, minutos en los que sentí como la fuerza interior de ella pasaba a través de su mano a mi cuerpo de tal forma que me mejoraba y completaba, me hacía ser otro, otro diferente, otro que podía ser lo que siempre había deseado, al fin y al cabo ella era un ser con enorme fuerza y voluntad.
- Pedro –me dijo- quiero salir de esto, pero sé que me estoy muriendo – sus ojos eran un verdadero mar de conocimiento en esos instantes -, no creo que pueda hacer nada, incluso creo que Carlos no podrá soportar seguir conmigo. Estoy muerta.
- Eso no es cierto –dije yo con toda la convicción que pude encontrar en mi interior- ahora las cosas no son tan malas como antes, tus enfermedades se pueden tratar y tu tienes la voluntad suficiente como para salir de la droga.
Sus ojos miraron en mi interior, buscaron en mi alma la respuesta, y creo que en ella apareció algo que la gustó, algo que la dio esperanza, porque sonriendo dijo:
- Puede ser verdad, pero será duro, y no quiero que Carlos lo pase mal, no después de todo lo que ha sucedido.
- Tú lo que tienes que hacer es pensar en salir de todo, él ya se ocupará de sus problemas, es mucho más duro de lo que piensas, y ahora sé que os queréis.
- Yo también lo sé, pero no es bastante, nunca es bastante, no hasta que la vida sea otra cosa.
En esos momentos entró Carlos, incapaz de soportar estar mas tiempo sin Marisa, con la sonrisa de la felicidad dibujada en la cara. Ante su actuación Marisa y yo no tuvimos más remedio que reírnos, algo que descongestionó la habitación de forma notable.
Fue agradable ver como se querían, como estaban tan juntos que nada ni nadie podía separarlos, como se sostenían en sus dudas y en sus miedos, algo que siempre quise para mí, fue enormemente bonito haber podido contemplar ese mundo tan lejano de la gente “normal” como es el mundo del amor verdadero, del amor sin exigencias, porque en esos momentos, en esos precisos instantes, ambos sólo querían dar, necesitaban darse mutuamente, sin recibir nada, porque la entrega era para ellos más importante que cualquier regalo.
Yo, como parásito impenitente, no pude por menos que alimentarme de ese amor y recoger los frutos esparcidos por el aire como si de polen se tratara, respirando cada brizna de aire como si fuera el aire más puro y limpio de la tierra, un aire perdido por la humanidad hacía demasiado tiempo, aunque, de vez en cuando, se empeñaba en resucitar y mostrarse.
Sueños de verano, pesadillas de otoño
24. Junio 2008 por admin.
Vivir la vida como nos la han dado resulta extraño, porque la memoria se niega a convertirse en amiga.
Espero al escritor que, sentado en la rellano, tiende la mano oscura al momento mismo de nuestro pensamiento.
Pero nadie me llama, cerrados los recuerdos, a este lugar oscuro.
Nuevos títulos.
19. Junio 2008 por admin.
Aquí tenéis mis dos nuevos títulos publicados:
“El Evangelio de Judas”:

Que se puede encontrar en:
http://www.librosenred.com/ld/pedro2008/4428-elevangeliodejudas
y “Confrontación”:

Que se puede encontrar en:
http://www.librosenred.com/ld/pedro2008/4414-confrontacionlanuevamoraldelsigloxxi
¿Y sí Dios está muerto? VI.7.
19. Junio 2008 por admin.
Esa tarde, en la estación de autobuses de la calle Aleza, en Madrid, todo estaba dispuesto para recibir a Marisa. Allí nos encontrábamos Carlos, yo, y dos de mis amigos, que hacían las veces de “hombres buenos” para contrastar que la entrega se realizaba sin ningún problema y que nadie iba a hacer nada raro.
Los nervios estaban a flor de piel, todos sabíamos lo que la había sucedido, al menos en parte, todos sabíamos que la persona que venía en ese autocar no sería la misma que salió de Madrid, la habían convertido en algo diferente, en un ser humano totalmente destrozado, pero dentro seguía el germen de Marisa, aunque quizá estuviera demasiado dentro.
Carlos es el típico “cagaprisas”, sobre todo cuando se ve afectado por una situación de estrés, por ello nos presentamos una hora antes en la estación, como si ese simple hecho pudiera hacer que ella llegara antes. Allí, mirando la pared, mirando el kiosco de periódicos que nos proporcionaban algo de distracción, paseando, se comía las uñas hasta los muñones buscando una explicación, buscando en su mente alguna forma de solucionar los problemas que se le venían encima.
La espera era demasiado tensa, él no podía dejar de lado lo que ella era, no podía dejar de pensar en el paso que estaba dando, un paso que le llevaría al infierno social. Ya sé que parece muy egoísta ir a recoger a la persona que se quiere, una persona que ha pasado por el mayor infierno que se puede pasar, que lo seguía pasando, y pensar en uno mismo, pero todos los seres humanos somos egoístas por naturaleza, no podemos pensar sino en nosotros mismos, es un mecanismo de seguridad por si a nadie le importamos, un mecanismo enormemente bueno.
Carlos tenía presente que el mañana sería incierto, que ese mañana que todos soñamos estaba cargado de nubes plenas de lluvia, unas nubes arrastradas por un viento que arrastraba las almas de los débiles y de los lentos, demasiadas mentiras juntas.
Mientras tanto yo pensaba en todo lo que había sucedido, sabía mejor que mi amigo las condiciones en las que venía Marisa, sabía que el destino no era amable con ciertas personas, pero sentía que algo iba a cambiar, quizá porque consideraba que Carlos y Marisa merecían algo mejor que todo lo que les había ocurrido, algo que les llevara a ser un poco felices, aunque sólo fuera unos pequemos segundos.
En esos momentos pasó a nuestro lado un chico, estaba escuchando en un cassette portátil la canción “HIL DA JAINKOA”, del grupo PI L T. Me pareció metafórico, era perfecto escuchar aquellas palabras, aquel sonido vibrante que llenaba la estación para desagrado de las personas de edad y de los que no entendían, y también de los que entendían demasiado lo que significaba la canción.
En esos momentos supe como se sentía el condenado. Carlos no se dio cuenta de nada, no estaba atento, ni siquiera conocía la canción, no importaba, todo encajaba en este mundo de “mierda” en el que nos condenan a pasar el tiempo.
Con el sonido de la música alejándose nuestras palabras nerviosas, palabras que intentaban llenar silencios imperiosamente celosos, se apagaron como si de una llama trémula y perdida se tratase. La ausencia de conversación hizo más oscura la tarde, ya noche. No podía aguantar más todo aquello, le di una palmada en el hombro y me fui del hall para dar una vuelta por la fría calle, intentando que la cercana oscuridad y el cuchillo de hielo de la noche despejaran mi mente e hicieran huir a los fantasmas del abismo que se empeñaban en torturarme.
En esos instantes Carlos estaba llenando su recuerdo con los momentos dulces, pero no había tantos momentos dulces, no tuvieron tiempo de llenarse mutuamente, sólo hubo instantes, pequeños guiños de confianza, guiños que el amor intentó sacar de entre las manos muertas de mi amigo y la muchacha para demostrar que la vida merecía la pena ser vivida, aunque quizá todo eso fuera sólo una mentira.
Al escuchar a PI L T recordé otra de sus canciones, otra de esas hermosas canciones en euskera, decía:
“Tenía que trabajar para tener comida y casa
y un día alguien le ofreció trabajo en el extranjero.
Mercancía buena y barata
La tienen preparada para venderla
De club en club.
Mala suerte al pisar tierra,
Han engañado a los pobres.
Le dio un billete de avión hacia la tierra
del oro y la plata, y subió sin saber
que iba a pagar con su cuerpo
…”
Quizá, después de todo, ella no vino engañada, tal vez fue una tonta, tal vez creyó en el ser humano, pero no es muy diferente su historia de la historia de Marisa, tantos días perdidos, tantas noches por descubrir, todo para nada, para ser uno más dentro de un mar de dudas.
En esos pensamientos me perdía yo, dejando sólo a mi mejor amigo, a la persona que más me necesitaba, sabiendo que no podía enfrentarme a su mirada, a lo que él sabía y tenía en su interior, porque a través de sus ojos mostraba la rabia y la desesperación de una persona que no tuvo la posibilidad de hacer lo que quiso, una persona a la que le habían robado todo por no poder defenderse de la agresión.
Me dirigí hacia la oscura boca de desesperación en la que se había convertido la estación intentando asumir mi responsabilidad frente a mi amigo, pero en un ultimo segundo de duda miré el reloj para comprobar si estaba cercana la hora de la verdad. Me sorprendió el tiempo que había pasado, estaba al llegar, me detuve y miré al fondo de la calle, allí estaba el autocar, tan puntual y tan terrible como siempre, una muestra de las posibilidades que encierra el hombre cuando se quiere hacer de verdad las cosas. Me acerqué apresuradamente a mi amigo y le levanté del banco donde se moría esperando, demasiada espera tiene el hombre a lo largo de su vida, una espera que cansa y destruye cualquier viso de libertad que el hombre sienta o tenga en su alma.
La espera se convierte así en una enfermedad contagiosa, nosotros esperamos y hacemos esperar a la gente, así rompemos los nervios y las ilusiones, llenamos de dolor mundos cargados ya de dolor, porque somos capaces de hacer sufrir más de lo que somos capaces de soportar.
Casi me tira cuando comprendió que le estaba diciendo, llegó hasta la puerta donde los viajeros dejaban el gran hangar donde duermen los autocares y se trasladan a la zona “noble” de la estación, lugar en el que un triste y aburrido vigilante de seguridad le impidió el paso sin dirigirle la palabra, con un gesto simple y completamente reconocible.
Llegué a su lado temiendo por la reacción de Carlos al ver a la mujer que esperaba, yo no la había visto nunca pero sabía que su aspecto después de todo lo sucedido no iba a ser el mejor del mundo, ni tan siquiera era posible que pudiera hablar de forma normal.
Cuando vi la cara de Carlos reconocí inmediatamente al centro de nuestras preocupaciones. Tenía un aspecto mucho peor del que nunca imaginé, se la veía completamente comida, despeinada, rota, casi no podía llevar la pequeña bolsa de portaba. Al llegar a nuestra altura sonrió dejando entre ver dos dientes rotos, algo que no afeaba su hermosura natural, pero todos, incluso los dos “amigos” que nos acompañaban, nos dimos cuenta que la belleza de Marisa se había perdido en gran parte en ese tiempo.
Cuando Marisa llegó al lado de Carlos su cara cogió un tono rojizo, de vergüenza, vergüenza que nunca debió sentir porque ella no había hecho nada, había sido simplemente una víctima más de la crueldad que todos somos capaces de desarrollar, aunque sólo algunos tienen la valentía o el odio suficiente como para desatar.
- Tengo hambre –Dijo Marisa con un acento extraño, quizá consecuencia de sus dientes rotos.
Después de aquella confesión la llevamos a comer a un lugar que teníamos previsto, un sitio donde nadie preguntara nada, donde nadie se fijara en un grupo tan extraño como el nuestro, después ella quiso saber que iba a hacer en esos momentos, se la notaba inquieta, necesitaba algo de droga, algo con lo que entrar en el paraíso, en ese paraíso-infierno que hemos creado a base de hacer tonterías con la naturaleza.
En esos instantes nos dirigimos a la clínica que habíamos previsto para atender a Marisa, donde se le hizo una revisión y se le proporcionó un conjunto de fármacos y drogas que la hizo dormir durante mucho tiempo, quizá más de lo que había dormido en toda su aventura.
Después de aquello Carlos se quedó en la habitación de la chica, durmiendo en la cama contigua, mientras que yo desaparecí discretamente, buscando un descanso a mi conciencia, una conciencia demasiado rota por lo que había visto y por lo que me habían contado.
Al final todo era lo mismo, todos nos convertimos en lo que más odiamos, y eso pasó con Marisa, ella se volvió gris desde el momento en que la esperanza escapó por las venas de su espíritu, un espíritu demasiado libre, incluso para una persona en condiciones normales.
Los Paraisos Perdidos IV.
19. Junio 2008 por admin.
Volviendo a nuestro relato, nuestro héroe, o, tal vez, antihéroe, de orígenes madrileños, ya no podía volver a su casa, porque había optado por un camino y era imposible echarse atrás. Quizá esa era la diferencia fundamental con su juventud, cuando era joven siempre tenía la posibilidad de cambiar, de tomar otro camino, de enmendar sus errores, pero ahora, en esos momentos, no era sino un pobre hombre perdido en un mar de dudas.
Nadie puede pensar con claridad cuando su vida se ha transformado en un absurdo rompecabezas sin sentido que sabe que no va a poder reconstruir nunca, aunque le va la vida en ello, aunque su alma, atrapada en un limbo ambivalente, grita constantemente para ser liberada.
Buscando estar mejor, siempre mejor, acabamos por entrar en un mundo de desesperación que no es el que pensábamos para nosotros. No queremos dormir constantemente solos, no queremos vivir así, aislados de los demás, desesperados ante tanto dolor.
Lo peor de todo es que no podía quejarse, él había llegado a un éxito relativo dentro de su vida laboral, era reconocido y estimado, y podía permitirse ciertos lujos que, muchos otros, no podían ni soñar. Pero eso no valía verdaderamente la pena, no para él, no en esos momentos de desesperación.
El éxito es una cosa curiosa, en un primer momento parece que puede ser importante, de hecho lo es, de hecho es lo más importante que puede conseguir una persona, pero cuando lo logras, cuando obtienes tus objetivos reales, entonces nada de lo que has conseguido sirve, nada tiene utilidad.
Esto me recuerda algo que leí una vez en una web: “llegado un punto de nuestras vidas, muchos de nosotros descubrimos que, por inercia, hemos caído en situaciones y rutinas sumamente insatisfactorias. De pronto comprendemos que no vivimos conforme a nuestros deseos y, aún peor, que ni siquiera sabemos cuales son esos deseos. Esta es la clave del problema: DESCONOCEMOS CUALES SON NUESTROS DESEOS más profundos y verdaderos. Un muro invisible cimentado en la pasividad, nos separa de nuestros sueños, pero abrir una brecha en ese muro no es tan difícil como pudiera pensarse. Basta un poco de convicción y empuje”
[1].
Tiempo perdido.
19. Junio 2008 por admin.
Escribir es luchar, es buscar que otros sepan lo que nuestros pensamientos crean.
Por eso es importante seguir siempre hacia delante, hacia la verdad, nuestra verdad, fruto de nuestro trabajo.
Nunca se pierde lo que se crea, sólo lo que se esconde.
Literatura actual.
16. Junio 2008 por admin.
Se acabó la Feria del Libro.
He echado de menos un poco de variedad en las propuestas. Siempre los buenos contra los malos, y siempre ganando los buenos.
Parece que hemos conseguido lo que queríamos, que todos nos comportemos como borregos.
Buena suerte al independiente que quiera crear algo diferente, pues, en la actualidad, no debe existir.
Los Paraisos Perdidos III.
11. Junio 2008 por admin.
Ajados en lo esencial, pero con el pensamiento totalmente implicado en la juventud, personas como nuestro protagonista recorren el mundo esperando un milagro que jamás llega, porque no estamos en el mundo de los milagros, no en esta sociedad tridimensional en la que todo es posible menos la verdad.
Renunciamos, pues, a ser lo que realmente somos, porque lo que se quiere es que seamos otra cosa, lo que se nos obliga es a comportarnos de una forma diferente, siempre diferente, siempre alejados de lo que efectivamente podríamos llegar a ser si aceptáramos que nuestras limitaciones forman parte de nosotros mismos, que somos las limitaciones que llevamos arrastrando, tanto como las ilusiones que nos obligan a continuar un viaje sin retorno a lugares que no nos corresponden.
Nuestro protagonista era una rara avis dentro de un mundo lleno de rarezas
[1], una persona que se había dedicado toda la vida a estudiar y no había vivido nada de lo que pasó a su alrededor y, en estos momentos, demasiado tarde, siempre demasiado tarde, comprendía que todo lo que había hecho no había servido para nada, porque su mundo no era lo que él hubiera querido.
Cuando personas como él, como nosotros, recorremos el universo del dolor pensando que seremos capaces de sobrevivir en el intento de alcanzar la felicidad, que nada puede hacernos perder la humanidad, no nos damos cuenta que a cada paso dejamos un poco de nuestra impronta, un poco de lo que siempre hemos sido, de lo que nunca volveremos a ser, porque estamos muriendo a cada instante.
Es un poco triste el saber que nada ni nadie puede acabar indemne al transcurso de la existencia. Siempre hay alguna mancha, algún dolor que nos aqueja de forma terrible y oscura. Somos lo que nunca quisimos ser, somos lo que nunca podemos dejar de ser, lo que más tememos, somos nuestros propios padres envueltos en la edad y en la desesperación por haber conseguido otro fracaso más.
Quizá ese sea el concepto más importante, el fracaso como forma de vida, el fracaso como aire que respiramos en todo momento sin ser consciente de nuestra propia desesperación. Mucho hemos temido estos momentos, mucho nos hemos sentido desesperados por seguir existiendo fuera de nuestra propia existencia, por seguir viendo que no acabamos lo que deberíamos acabar.
Estamos en manos de dioses insensatos, de dioses que disfrutan con nuestras desgracias, con la tristeza como espejo de la propia vida, con la tristeza asumiendo su papel preponderante de centro de un universo teñido de un intenso dolor, teñido del color de la muerte.
[1] Somos un colectivo de personas que no nos sentimos capaces de asumir el mundo tal como nos obligan a asumir, que no aceptamos que la vida siempre sea de color de rosa, que la vida se convierta en una especie de película de ficción en la que todos sonríen amablemente, sin considerar que, al final, estamos solos.