Archivo para Julio 2008

Un libro de los muertos.

Comencemos por el principio. El concepto mismo de Necronomicón, como el de otros libros, Grimorios, Breviarios, Apocalipsis y demás se fundamenta en la trascendencia del pensamiento del hombre. El hombre piensa que toda causa tiene un efecto, por ello, todo lo que le rodea, el mal y el bien, el dolor y el placer, debe tener una causa, y cuando no se explican algunos fenómenos debemos buscar la causa en un lugar más apartado.

Los paraisos perdidos VIII.

Su primer acercamiento a Internet fue, como no podía ser de otro modo, sexual, porque el sexo era lo que les interesa más a gentes como nuestro protagonista, personas que no pueden tener una relación seria con nadie porque no se atreven a acercarse a nadie.
Internet es un sistema integrado de millones de páginas sobre sexo acompañadas, ocasionalmente, por alguna página con interés más o menos interesante sobre asuntos que no importan a casi nadie, por eso ha tenido tanto éxito y se ha multiplicado en todos los lugares del mundo, porque un sistema de información en el que, al final, se debe pagar por lo que se consigue, sólo permite potenciar el sexo.
Escribió, en la barra de búsqueda de una página web, la hermosa palabra, “sexo”, y miles de páginas comenzaron a poblar la pantalla de su ordenador, creando un conjunto de expectativas que excitaron enormemente a Fernando, pues ese es el nombre de nuestro protagonista, un nombre que, por fin, puedo escribir sin sentir terror.
Siempre había deseado poder hacer lo que estaba haciendo, pero el sentimiento de culpa, tantas veces potenciado por su poderosa madre, una madre controladora y absorbente que no le había dejado crecer, le habían convertido en un ser tímido y apocado, que no podía asumir su propio deseo.
Ese deseo era tan inmenso que creó un documento Word para guardar las fotos que le parecieran interesantes, porque necesitaba cambiar de mundo, porque necesitaba sentirse fuera de esa terrible existencia que estaba viviendo.
La primera imagen que guardó fue la de dos hombres, uno blanco y uno negro, ya que Fernando sentía enorme atracción por el sexo con negros, eyaculando sobre el rostro y sobre el pecho de una joven hermosa que, sonriendo, recibía impertérrita la ducha de aquellos dos penes.
Aquella primera página, de eyaculaciones faciales, supuso un descubrimiento esencial para nuestro protagonista, porque su deseo despertó a borbotones, y sintió que, al menos por una vez, el sexo podía ser lo que él había soñado durante tanto tiempo, durante miles de horas a lo largo de miles de días.
Aquello suponía la confirmación de un mundo nuevo, un mundo que había estado reservado a otros y que ahora nacía para él. Mujeres llenas de un magnetismo desenfrenado convertían la pantalla en un hermoso escaparate de cuerpos, unos cuerpos que mostraban todo lo que poseían.
En esos instantes se dirigió a la cocina y cogió un papel, para luego sentarse, de nuevo, delante de su ordenador. Se sacó, despacio y tranquilamente su propio pene, todavía con una media erección, y mirando fijamente su pantalla comenzó a acariciarse recorriendo el mundo del sexo en la red.
Su siguiente imagen fue la de una neumática sudamericana con un cuerpo tan real que le excitó enormemente, pues su mirada, fija en la cámara, mostraba un sentimiento de vergüenza que no podía disimular, pero su sexo, majestuoso y excitante, componía un paisaje de simbología incierta.
Una morena llena de deseo en los ojos le hizo sentir que aquello era mucho más de lo que había soñado en la vida. Con unos senos perfectos y unas piernas completamente torneadas, mostrando un sexo que tentaba al mismo diablo, de tan hermoso que parecía en la fotografía.
Pronto consiguió llegar a una página de mujeres orientales, otro de sus sueños más profundos, y dedicó una hora a disfrutar de los cuerpos hermosos de aquellas chicas, a veces desinhibidas, a veces vergonzosas, que mostraban impunemente su cuerpo para que todos lo pudieran disfrutar.
Fernando, conscientemente, retenía su eyaculación cuando estaba a punto de acabar, pues el placer no estaba en eyacular, sino en recorrer ese mundo de sensaciones y sueños que supone acercarse a Internet y conocer lo más oscuro de sus recónditos escondrijos, los lugares que todos parecían despreciar, pero que eran los más visitados de todos los lugares de la red.
Extrañas sensaciones recorrieron al hombre que ahora ya no era un serio funcionario o un eficiente licenciado, sino un animal deseoso de conocer hasta el lugar donde podía o quería llegar. Aquellos lugares irreales supusieron para él un verdadero nacimiento, el nacimiento del hombre que iba a cambiar su forma de vida.

¿Y sí Dios está muerto? VII.4.

Transcurrieron dos meses desde mi entrevista con Marisa hasta que tuve el suficiente valor como para enfrentarme a un nuevo encuentro. Pasé toda la semana pensando en el evento que se iba a producir ese sábado, pero no podía admitir que una persona como ella acabara con mi confianza, sobre todo porque sus palabras no fueron fruto de sus sentimientos sino de su ansiedad, de su deseo de droga.
Así las cosas me personé en la clínica y me llevaron inmediatamente a una sala muy luminosa, al principio pensé que el médico querría darme algunas instrucciones, pero pronto comprendí que aquella figura delgada y desgarbada que se encontraba al fondo de la habitación era Marisa.
Inmediatamente me dirigí a ella, se le veía diferente, mas despierta, su mirada era más inteligente, mas como debió ser antes de todo su calvario. Al instante me reconoció y una sonrisa de verdad le llenó el rostro como un amanecer cargado de belleza, de promesas infinitas sobre una nueva vida, en esos mismos momentos comprendí porqué Carlos se había enamorado de esa mujer, tenía una belleza atrayente de tal envergadura, tenía un magnetismo tan perturbador que yo mismo me hubiera enamorado de ella si la hubiera llegado a conocer antes que Carlos, aunque yo soy demasiado cobarde como para hacer lo que él hizo.
- ¡Hola! –dijo con una voz suave y controlada, una voz muy alejada de la que tuvo en el otro momento. No tenía más que decir, sólo esperar, esperar a que yo le mostrara mi aprobación, como si eso importara, como si después de lo que había pasado lo que yo pensara fuera importante.
- Estas preciosa, ¿te encuentras bien?.
- Todo lo bien que puede estar una persona que tiene que tomarse más de 70 pastillas al día.
Era terrible, después de todo lo que había pasado ahora tenía que enfrentarse a la muerte, para ello tenía todo un arsenal de medicamentos combinados, pero esos medicamentos destruían casi tanto como ayudaban, lo único que conseguían era dar un poco más de tiempo a la persona, incluso proporcionar una angustia prolongada, cargada de sensaciones negativas y dolor, pero al menos estaba viva.
- Creo que hice el tonto cuando nos vimos la última vez –me dijo poniéndose colorada, cosa que me sorprendió en una persona como ella, que había vivido momentos increíbles e inquietantes. Al ver esos colores en su cara pude comprobar que todavía había esperanza para la gente, si una mujer como ella podía sentirse nueva sin sufrir vergüenza, sin que mi presencia implicara recriminación, aún ellos dos tenían una oportunidad.
- No tiene importancia, estabas mal – me sorprendía su belleza, su tranquilidad, su forma de ser, era una mujer de verdad, una de esas mujeres que no podían existir, que no deberían existir, pero ella estaba allí, ella era real, igual que su amor por Carlos.
Aquella entrevista fue de lo más normal, fue una agradabilísima conversación entre una mujer totalmente interesante y un hombre rendido a sus pies, entregado a su impresionante y auténtico encanto, un encanto que podía conquistar a cualquiera, tal como me confesaron los médicos poco tiempo después, un encanto que volvía a resurgir de unas cenizas olvidadas en un rincón del mundo.
Al final el amor le hizo libre, le dio fuerzas para construir un nuevo mundo sobre el viejo mundo que había padecido tanto tiempo, al menos podía seguir considerándose ser vivo, cosa que hasta hacía muy poco tiempo no hubiera podido hacer.

Se acumula el trabajo.

Siento haber faltado, pero se acumula el trabajo. Hay muchos temas que están cambiando nuestra sensibilidad, la aplicación abusiva de normas como la Ley de Costas, la mala situación económica, los que quieren abusar de la buena fe de las personas, y todo se queda en nada porque no hay suficientes manos para contar ni suficientes oídos para oir.

El que quiera realizar algún trabajo de investigación y enviarlo para su publicación en esta o en otro Blog o página web del esquema general que tengo contruido puede hacerlo enviando dicho trabajo a:

formularioliteratura@pedrorodriguezderechoynovela.es

Crearemos secciones para plantar cara al poder.

¿Y sí Dios está muerto? VII.3.

Así las cosas, dedicaba mis tardes de los sábados a visitar a la enferma y comprobar los progresos que hacía. Era una labor en parte amarga y en parte dulce, aunque mi estado de ánimo dependía comúnmente del que Marisa tenía en esos momentos, pues su estado era mimetizado por mi mente como si de un camaleón se tratara.
En un principio nadie pudo verla, ni tan siquiera yo, aunque me informaban de cómo llevaba la recuperación. A través de descripciones demasiado reales para mi gusto pude enterarme de cómo sufría dolores imposibles bajo la presión de la abstinencia, dolores eternamente desgarradores, dolores que no podían ser olvidados.
En algunos momentos creo que estuve a punto de sacarla de esa clínica y mandarla a otra donde la dieran algo de metadona, creo que en estos momentos lo hubiera hecho, pero en aquel tiempo no sabía que el método de la metadona era bueno, ni tan siquiera en estos momentos estoy seguro de ello, tanto es el desconocimiento que tengo, que todos tenemos de este mundo que tratamos de marginar.
Por suerte, o por desgracia, ella era muy fuerte, demasiado como para que la muerte se adueñase de ella después de haber visto que Carlos la buscó y la encontró, después de darse cuenta que hay otra vida detrás de la puerta, detrás del horror.
Los médicos decidieron programar una entrevista entre Marisa y yo, como forma de tranquilizar mis recelos y para probar a la paciente, esa entrevista es una de las escenas que más he recordado a lo largo de toda mi vida, se me ha clavado en la mente como asta de toro hiriente, no pasa día en el que no me represente aquellas imágenes.
Al entrar en la habitación la vi en la cama, tapada, aunque hacía un calor casi asfixiante. Su mirada perdida reflejaba el dolor, el inmenso dolor que su cuerpo la generaba, esos ojos estaban llenos de la angustia y de la vida que se produce cuando algo extremadamente duro le pasa a nuestro cuerpo, en la catarsis que sigue a la muerte de millones de células perdidas en el organismo algo, tal vez el instinto de supervivencia, despierta el ansia de escapar a esas sensaciones tan desagradables y envolventes, entonces cualquier cosa es posible.
Al principio no me reconocía, su mente estaba intentando controlar todas las funciones de su organismo, funciones que se habían encolerizado al sufrir el ataque de la abstinencia. En esos pequeños instantes que pasan desde que la mirada visualiza el objeto o persona que se quiere identificar hasta que la información llega al dañado cerebro se veía el esfuerzo que estaba haciendo Marisa por recomponer su maltrecha humanidad.
Al llegar la conciencia de la personalidad de su visitante a su mente sonrió apenas unos segundos, los suficientes como para iluminar su cara con la luz desvaída del cariño, pero después se enfurruñó de nuevo, otra vez. Miró hacia otro lado, pensando, tal vez, sobre su estado, y luego se levantó de la cama.
Estaba vestida con una camiseta que le venía pequeña y no llevaba ropa interior; ya me habían comentado los doctores la actitud agresiva sexualmente que había tomado Marisa, pero yo no estaba preparado para ver su sexo en directo, tal claramente.
- ¿Cómo estas? –pregunté sin saber que decir más allá de tal fórmula de saludo.
- Como voy a estar, me duele todo el cuerpo, no aguanto más, quiero irme, pero no me dejan – se acercó a mí hasta límites a los que no estaba preparado, sentí su aliento demasiado fétido para poder mantener su mirada durante mucho tiempo, aparté la mirada, busqué una salida, pero ella se dio cuenta- te doy asco, - me dijo - antes todos querían “follar” conmigo y ahora que tengo SIDA nadie se atreve a tocarme, pero te gusto, se que deseas acariciar mi “chocho”, lo veo en tu cara.
- No digas tonterías, sabes que no eres tú la que dice esas cosas, ¿no piensas en Carlos? –no sabía como enfrentarme a aquella situación, demasiado incómoda, demasiado terrible para mi mente adaptada a la normalidad- sabes que podréis estar juntos tan pronto como te cures.
- No quiero curarme, quiero un “pico”, quiero que me dejéis en paz, quiero que los tíos me la metan por el culo, estoy harta de ser de otras personas, quiero vivir mi vida como la siento –en esos momentos se quitó la camiseta mostrando su pecho, aún hermoso- no puedes evitar desearme, lo sé, tócame las tetas y te haré algo que no olvidarás en la vida.
- No quiero que me hagas nada, sólo venía a verte para darte ánimos, me voy a ir ahora mismo –me di cuenta de mi cobardía, era un ser que no podía soportar la desgracia ajena, aunque era incapaz de ayudar al que la padecía más allá de un simple apoyo testimonial, no me quería implicar.
Creo que fue en esos momentos cuando comprendí que ese era el principal problema, la falta de implicación. El valor de Carlos era que se había implicado y había asumido sus sentimientos de tal forma que ahora estaba haciendo lo que quería hacer, pero yo no era capaz de conseguir esas cosas, no era capaz ni tan siquiera de ayudar a aquella mujer, no estaba preparado para responder, para decirle nada, sólo podía mirar, mirar con pena, pero la pena, la compasión no era necesaria en esos momentos, en esos instantes sólo necesitaba la amistad, sólo me hubiera bastado tenderle la mano, pero sentía demasiado miedo.
- No te voy a pegar nada por chuparla, me lo dijeron unas compañeras, a no ser que tenga una herida –creo que se me notaba demasiado el miedo – y yo sé chuparla muy bien, incluso me puedo tragar tu “leche”, me encantaría una buena polla para acabar con tanta tontería.
En esos momentos no pude soportar más lo que estaba viendo, sabía que todas aquellas palabras estaban destinadas a herirme, a provocarme, a hacerme sentir lo que su cuerpo sentía, quería droga, la necesitaba, y haría todo lo posible por conseguirla, no pude hacer otra cosa que despedirme y salir huyendo de la habitación, huir de mi obligación siendo consciente de lo poco que valía yo, yo y este mundo que se había convertido en la peor pesadilla para una mujer tan dulce como había sido Marisa.
Salí de la clínica sin hablar con los doctores, no fue sino a la semana siguiente cuando me puse en contacto con ellos para comentar lo que había pasado, ellos sabían que algo así era posible, no le dieron importancia, me dijeron que ella estaba bien, todo lo bien que se puede estar en unas circunstancias como las suyas, que iba recuperándose y que no debíamos preocuparnos demasiado, que era fuerte y que siguiera interesándome por Marisa, que mis visitas, aunque no fueran directamente a ella, le harían mucho bien y que, mas pronto que tarde, podría volver a verla para hablar de Carlos, que incluso él podría venir a verla con el tiempo.

Los Paraisos Perdidos VII.

Nunca se había visto como un peligro para los demás, por eso no entendía que las cosas pudieran ser tan difíciles. Nadie le explicó, nunca, cómo se desarrollaba el juego, como debía comportarse y cómo debía esperar que se comportasen los que le rodeaban. El sistema no admite nunca a los que no saben comportarse, es una premisa esencial que todos aprendemos desde que nacemos.
Obviamente, sus familiares le consideraban un bicho raro por no relacionarse demasiado con los chicos de su edad de aquellos lugares, pero él tenía sus amigos, personas que compartían, aún sin comprender, sus momentos, personas que le aceptaban como era, porque él no podía cambiar.
Además, su mundo no estaba tan mal, porque le proporcionaba una enorme cantidad de ideas que desarrollar, de sueños que incumplir o de mentiras que digerir, convirtiéndole en alguien especial, sobre todo porque alcanzaba conocimientos que se escapaban a la mayoría de los que allí vivían.
La ciencia ficción era su lectura favorita. Dune, Forastero en tierra extraña, Dare, Más verde de lo que creéis, A cabeza descalza o Los jugadores de NO-A eran las obras que alimentaban al joven que intentaba saber más acerca de mundos que no fueran como el que le había tocado vivir, de mundos que se llenaban de aventuras y de ilusión, de amor y fantasías increíblemente reales para una mente como la suya.
Hubiera vendido su alma si ésta hubiera valido para comprar un pasaje a los lugares en los que soñaba todos los días. Lugares donde el hombre podía cambiar su condición y alcanzar, al menos durante unos pequeños instantes, la felicidad que tanto anhelaba y que tanto buscaba.
Lo peor era que ni tan siquiera comprendía que significaba la palabra felicidad, no veía en ninguna parte referencias claras que le permitieran saber que las cosas podían cambiar y que él acabaría siendo diferente a lo que era, que le permitieran sentirse esperanzado por el futuro.
De esta forma el miedo era en denominador común de toda su vida, un miedo que le obligaba a quedarse quieto y callado cuando pasaba algo que rompía el poco equilibrio que mantenía en su existencia. Era un ser fracasado nada más nacer, tocado por el amargo dolor del que se sabe vencido.
En el colegio había sido un chico inteligente, que demostraba constantemente su capacidad para el estudio. Lo malo es que en aquellos lugares los hermosos compañeros de nuestro protagonista no tenían intención de admitir su condición de persona inteligente, pues en el barrio donde él se educó todos debían ser enormemente burros para ser aceptados de forma corriente.
La especial sensibilidad de nuestro protagonista suponía que no era capaz de relacionarse de forma corriente con todos aquellos compañeros o vecinos. No obstante, no se sentía demasiado desgraciado, porque no había conocido otra cosa. Al final siempre es lo mismo, cuando uno no es capaz de reconocer lo peor de lo mejor, cuando uno no ha conocido otra cosa, el infierno puede ser hasta agradable.
Su adolescencia truncó su patético camino, porque unos compañeros poco recomendables se dedicaron a convertir su existencia en lo más parecido al averno. Todo parecía ir mal en esos momentos, cuando sus entrañables relaciones procuraban descubrir sus puntos débiles y mostrarlos al mundo aumentados y corregidos hasta un infinito que pocas personas podrían soportar.
Las burlas constantes eran algo que apenas podía sobrellevar, pero no fue sino en el momento de escapar cuando, verdaderamente, abrió la puerta del dolor.
Justo cuando dejó de estar en el colegio que tanto le había hecho sentir mal, para dirigirse a un Instituto Público, justo cuando parecía que su liberación estaba cerca, en esos momentos decidió suicidarse. No obstante, la muerte, esquiva e impertérrita, no quiso llevarse con ella a su amante, pues el destino de nuestro protagonista era otro bien distinto, no mejor ni peor, simplemente distinto.
Su primer error fue intentar envenenarse con pastillas calmantes, concretamente con nolotil, ingiriéndolo con mucha leche y mucha comida – nuestro protagonista no resultó demasiado inteligente -. La leche, instrumento casero contra el envenenamiento y la ingesta, más o menos accidentada, de exceso de medicamentos, fue un estupendo antídoto contra su propia actuación, provocando un vómito incontrolado que esparció convenientemente por toda su pequeña habitación.
Después intentó colgarse en la terraza, pero no preparó demasiado bien el ahorcamiento. Utilizó un cable bastante largo, demasiado largo, lo que le condujo a acabar teniendo contacto con la punta de sus pies en el suelo, haciendo imposible que pudiera morir, convirtiendo su actividad más deseada en otro tremendo fracaso.
Por último, intentó matarse con gas butano, pero la casa, que había hecho su padre, estaba demasiado bien diseñada, y fue imposible que la bombona no acabara fuera, a través de las diligentes rejillas instaladas.
Ante tanto fracaso continuó con su vida, sabiendo que no era capaz de seguir adelante hasta que no pudiera planear sus planteamientos.
Después las cosas parecieron mejorar algo; lo que no debe resultar extraño, porque no se podía estar peor de ninguna otra forma.
La Universidad, para él, fue, ante todo, una liberación absoluta, porque supuso un cambio estructural respecto a todo lo que había vivido durante esos años, pues el mundo universitario resultó algo excepcional y magnífico para alguien que siempre había tenido su habitación como todo mundo.
Fue el momento de la liberación, de la fiesta en los fines de semana, de los días llenos de amigos y de pasiones. Llegó a ser tan feliz que apenas podía pensar en acabar aquellos maravillosos años, esos años que, salvo los cortos momentos de los exámenes, eran tan llenos de vida que uno no se imaginaba que tanta felicidad pudiera existir.
Después de su periplo universitario, después de su camino por el paraíso, como no tenía posibilidad de conseguir un puesto de trabajo ante la enorme competencia que existía, tuvo que opositar, tal como hacen muchos otros en estos días en los que el trabajo fijo es algo que se valora de forma especial.
Como era bastante inteligente, consiguió aprobar relativamente pronto, a la primera, colocándose en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, ni siquiera yo quiero acordarme, tan lejano en el tiempo y tan terrible en la existencia era aquel sitio, apenas deseado, ni siquiera por sus propios habitantes.
Aquellos días fueron especialmente desagradables. El hombre no podía creer que una vida tan anodina fuera posible, no podía pensar, no podía imaginar que todo lo que llevaba vivido no fuera sino el interludio de ese infierno en la tierra, ese infierno donde personas aparentemente normales no eran capaces de controlar sus propios instintos de destrucción ajena.
Si bien el tiempo coloca a cada uno en su sitió, el recuerdo de Ciudad Real siempre estuvo muy presente en nuestro protagonista, agobiado por un sistema de vida que miraba siempre fuera de la ventana, que pretendía siempre conocer lo que las otras personas eran capaces de hacer o de pensar.
Tuvo, por desgracia, dos tiempos diferentes en aquel lugar, los dos especialmente malos, lo que pasa es que el dolor es algo que depende de cada ser humano, y él estaba especialmente preparado para sentir el dolor, para sumir el dolor, y para conseguir sobrevivir al dolor.
Aquellas gentes, acostumbradas a lo árido de su existencia, le dejaron claro desde el primer momento que sabían que se iba a ir, que iba a perder la oportunidad de conocer la vida que ellos consideraban magnífica. Pero eso era, justamente, lo que más temía, lo que más le hacía sentir un extraño en tierra extraña.
Allí, en Ciudad Real, supo que no era una persona valiente, que era un ser cobarde, que no sería capaz de asumir los retos que el mundo le planteaba, porque no podía soportar sentirse desplazado, sentir que las cosas no iban como él pensaba que debían ir. Era, en todo momento, alguien desadaptado, perdido para los demás igual que estaba perdido para sí mismo.
Viejos sueños recorrían sus pensamientos mientras veía la vida pasar, totalmente ajena a sus necesidades, a sus sentimientos. Los demás parecían tener la respuesta para lo que él sentía, pero no estaban dispuestos a contarle nada de lo que sabían, porque cada uno debía asumir su propio destino, cada uno era responsable de sí, y nadie tenía derecho a pedir ayuda.
Eran momentos en los que los sueños resultaban pesadillas, tanto si lo eran realmente como si sólo eran deseos inconscientes, porque su mente sabía que jamás sería capaz de asumir sus propias posibilidades y dirigirse con paso firme al éxito, un éxito que, de vez en cuando, asomaba a su puerta.
Pensar que en algún momento de su vida la posibilidad de conseguir el éxito había pasado por su cabeza era irrisoria. No podía creer que el mundo estuviera tan lleno de odio, tan lleno de desprecio hacia los sueños ajenos. Él se sentía despreciado por el universo mismo y por todos los habitantes de la tierra, que veían en él a alguien incapaz de conseguir lo que siempre había deseado.

Tenemos miedo a lo distinto.

Los seres humanos hemos creado un sistema de valores y de moral ajustado a nuestro miedo, a nuestras necesidades de tener una seguridad, y ese sistema ha sido destruido por personas sin escrúpulos que, valiéndose del dolor y de la miseria, han convertido un camino hacia lo divino en un camino de dolor hacia un infierno bastante deficiente.
El Apocalipsis, como concepto desvirtuado, es el primer instrumento de control que se está utilizando para destruir la mente. Siendo, como es, simplemente, una revelación, se ha convertido en un horror.
No pensemos en el Apocalipsis de Juan como el Apocalipsis, existen otros muchos, y ese es el principio de todo, comprender que la vida es múltiple y que existe una realidad más allá.

Estamos investigando.

Investigar, a veces, supone colocarte en la piel de otra persona, ser otra persona. Yo, que soy muy minucioso o, al menos, pretendo serlo, siguiendo a mi maestro, estoy cumpliendo a rajatabla dicho compromiso, y me dedico a ser diversas personas que alcanzan una situación anómala a través de ciertos hechos.

Por ahora no voy a desvelar lo que hago, porque no quiero romper la magia, pero tengo tres frentes abiertos bastante interesantes.

Explicación introductoria.

Dado que hay que empezar desde el principio, debo decir que el Necronomicón es un supuesto, una obra que se considera de ficción, aunque, en verdad, existe, y existen varios. No voy a entrar en su origen, sino que voy a señalar, simplemente, que varios autores han tomado conocimientos de muchos sitios creando unos textos que pretenden mostrarnos parte de lo que se supone verdadero.
Creamos o no creamos en el asunto, lo cierto es que está aquí, nos rodea. por eso voy a dar una nueva vuelta de tuerca.
Vamos a analizar los distintos textos y compararlos con los conocimientos herméticos o esotéricos que han evolucionado hata nuestro tiempo.

Los Paraisos Perdidos VI.

A veces nuestro héroe pensaba que existía un complot para mantener en el poder a ciertas personas y a los descendientes de esas personas, como si una sociedad secreta pudiera controlar todos los hilos del mundo conocido con el fin de mantener las cosas de una forma determinada, una forma que le convertían a él y a su vida en un infierno, pero acababa olvidando ese pensamiento, pues bastante tenía con lo que verdaderamente estaba a simple vista.
Al menos tenía el mar, el mismo mar un año tras otro, un verano tras otro. Sabía que su amantísimo mar nunca le fallaba. Cuando entraba en su regazo su cuerpo se transportaba a lugares de ensueño, a sitios donde los otros no podían entrar, donde aquellos que no le entendían acababan excluidos, como ellos hacían con él.
En el mar siempre acababa soñando con aventuras mágicas, aventuras que sacaba de los libros y que luego desarrollaba convenientemente, con esa imaginación que tienen los seres como él, una imaginación de tal calibre que podía crear miles de universos sin ningún problema, porque él era un creador.
Nada podía ser más maravilloso que vivir en esos lugares que los otros despreciaban, que ni siquiera conocían. Él era esos lugares, él tenía en su interior cada castillo, cada mansión, cada paisaje, cada personaje. Miles de mujeres le amaron en millones de otras vidas, de vidas más allá de su triste vida.
La ciencia ficción era su vida, sobre todo porque no tenía vida, porque era un ser despreciado por los demás, considerado anormal por todos, porque la normalidad era un concepto que se imponía desde otras miradas del mundo y de la vida, la normalidad era un corsé que obligaba a todos los que formaban parte de la cultura que imperaba a comportarse de una manera determinada, so pena de acabar siendo condenados al infierno del olvido y del odio.
Cuando miraba a los demás, cuando comprendía su actitud, descubría odio, un odio cerril y terrorífico, cargado de implicaciones y de rencor, un odio que nacía de su propia facilidad por ser diferente, por pensar por si mismo y hacer cosas que los demás no consideraban adecuadas para personas de su edad y condición.
Podía o no, intentar integrarse, pero en él no existía ese pensamiento unidimensional que nacía y crecía en todos los que contemplaba, como una plaga, una enfermedad de la mente que se extendía irremisiblemente hasta condenar a la humanidad al abismo de la ignorancia más profunda.
Su papel, por tanto, en esa sociedad que tanto le odiaba, se circunscribía a mirar a los demás y seguir su camino sin intervenir en otras vidas, en otras emociones, porque los otros ya habían decidido olvidar su condición de humano y considerarle un extraterrestre que apenas tenía derechos.
Era difícil pensar en esas circunstancias. Era muy complicado sentirse bien si eras considerado como un bulto sospechoso. Nuestro héroe no tenía nada más que una habitación donde encerrarse a pensar, a soñar en otras formas de vida menos agresivas, menos cargadas de rencor.
Paseaba, pues, por un mundo que no apto para gente sensible, un mundo donde los que sentían algo debían ser recluidos en hospitales psiquiátricos donde eran convenientemente adaptados a una realidad que todos parecían considerar única, una realidad donde el diferente era peligroso.