¿Y sí Dios está muerto? VIII.2.
26. Noviembre 2008 por admin.
Mientras la vida de Carlos se empezaba a parecer a lo que él buscaba, la vida de Marisa había dado un cambio espectacular, un buen cambio desde el punto de vista de su situación anterior, pero un cambio al que faltaba algo, algo que jamás podría tener.
El momento de su esperanza había pasado, aunque tenía a Carlos para ser su apoyo, su sustento. El mundo, en sí mismo considerado, ya no le importaba, aunque podía desear cosas, podía ser y podía tener unos instantes diferentes, minutos de una eternidad, pero minutos, al fin y al cabo, y eso era importante, si bien para ella no tenía ningún valor.
Después de su desintoxicación su vida se convirtió en una extraña sucesión de tomas y más tomas de pastillas, a todas horas, prácticamente sin un descanso, hasta por la noche tenía que poner el despertador para tragarse las dosis nocturnas.
Algo así podía enloquecer a cualquiera, sobre todo porque no se podía permitir el lujo de olvidar ninguna toma, al menos eso era lo que le exigían sus médicos, todo estaba preparado para mantenerla con vida, pero esa vida llevaba a una esclavitud, la esclavitud de la química, de la producción del hombre, una producción que era, a la vez, vida y muerte.
Si a todo esto le añadimos los efectos de tanto compuesto en el organismo de una persona debilitada, entonces nos encontramos con alguien que casi no puede levantarse algunos días de la cama, que no puede comer sin sentir ganas de vomitar, que no puede hacer la menor actividad pues eso significaría para ella un esfuerzo demoledor.
Los médicos consideraban que su evolución era normal, todo lo normal que podía ser para una enferma que en otro caso estaría muriendo, pero todo eso no son más que palabras de médicos, ella se sentía como si muriera cada noche, cada mañana, como si todo lo que entrara en su organismo estuviera matándola, aunque había detenido la enfermedad, el principal enemigo.
Con el tiempo le descubrieron cuatro enfermedades consecuencia directa e inmediata de los medicamentos que estaba tomando, pero no podían hacer otra cosa que variar las dosis y darle más productos químicos, ese era el juego de la enfermedad, una lucha desigual en la que sólo la insistencia llevaba a la salvación, aunque la insistencia era un pozo sin fondo donde morían las ilusiones de los que creían que todo sería belleza hasta ese momento.
Otra de las cosas que preocupaba a Marisa era el hecho de la deuda que suponía su tratamiento para Carlos, pues toda su medicación iba a través de la clínica privada. Eran unos gastos enormes, tan enormes que no sé como Carlos podía hacerse cargo de ellos, pero estaba claro que podía hacerlo, y no sólo podía hacerlo sino que tenía para ahorrar.
Aunque esto era un hecho, Marisa no podía dejar de pensar en todo lo que suponía su existencia para Carlos, en la pesadilla que tenía que vivir viéndola luchar contra una enfermedad incurable, una lucha en la que, por el momento, habían quedado en tablas. Mañana sí y mañana también deseaba acabar con todo, morir de una vez, sin pensar, sin seguir el camino que la habían impuesto, quería apagar el aparato y dejar de pensar, de sentir.
Ella nunca había tenido estudios, apenas sabía leer o escribir, apenas podía sentirse inteligente, aunque lo era de una forma enorme, por eso pensaba en el final, en el verdadero final, especulaba sobre el destino de su alma si ella se quitaba la vida, sobre lo que podría o no podría pasar cuando ella muriera. Se imaginaba una muerte reparadora, una muerte que vendría después de un sueño, un sueño que acabaría en el más eterno de los sueños, un sueño sin pesadillas, sin imágenes, sólo un fundido en negro y un olvido total, incluso de la existencia, incluso de todo lo bonito que hubiera tenido la vida, un final que ansiaba más que cualquier otra cosa.
El problema que se le planteaba era que no podía enfrentarse a un posible error en sus teorías, no podía dejar que el destino le convirtiera en una perdedora y que el final de todo, cruelmente, fuera tal como lo enseñaban los curas, que el alma se encabezonara en existir y en querer ir al lugar que le correspondiera, el que fuese.
Era el eterno problema del suicida, el miedo, el aterrador sentimiento de desamparo, no en vano tenía en su mente la muerte, aunque también tenía unos datos más o menos equivocados sobre la vida que no casaban en su deseo de morir. Todo está muy bien hecho, demasiado bien, construyen una estructura de culpa con la que cargar a los que sufren y la imponen como forma de vida, una forma de vida que nos obliga a vivir el infierno o el paraíso, nos obliga a ser lo que no queremos ser.
Comprendo perfectamente la crueldad de la vida, la crueldad de todo lo que nos rodea, el deseo de escapar, sobre todo cuando la muerte y la vida se diferencias sólo en pequeñas sensaciones agradables, demasiado pequeñas como para merecer la pena, sobre todo después de los vómitos de la mañana, o durante los vómitos de la tarde.
Luego estaba la angustia de no poder tener hijos, no podía correr el riesgo de infectarles y tampoco podía adoptar a ninguno, todavía era una ilegal, una de esas personas a las que el sistema expulsaba del mundo porque no tenía el papel correcto, con una crueldad tan enormemente impactante que nada ni nadie podía cambiar.
Por supuesto que el problema de papeles se solucionaría, ese era un trabajo que sabían hacer muy bien los “amigos” que habían estado ayudando tanto sin pedir nada a cambio. Ellos movieron todos los papeles para que ella se pudiera quedar y vivir con Carlos, aunque ambos tuvieron que hacer algo que estaban deseando sin saberlo, pero eso vendrá después.
El caso es que le habían negado, se había negado ella misma, la posibilidad de tener descendencia, era un pequeño ladrillo en el amplio muro de los sufrimientos que amargaban su existencia, pero ese ladrillo le dolía más que cualquier otra cosa, porque siempre había soñado formar una familia normal, con problemas normales, un mundo que pudiera considerar suyo, un mundo sin estridencias, lleno de tranquilidad y amor, y, en cambio, tenía un mundo donde la muerte comía todos los días en su propia mesa.
Ella estaba siendo vencida por el dolor, por el sublime dolor de la imposibilidad, pues nada existía fuera de la enfermedad, del absoluto dolor, era el triunfo del mal sobre el bien, un bien completamente débil, como todo lo que se intenta hacer por el camino recto.
Cuando entró en su carrera, en la carrera de prostituta, nunca se le permitió elegir, y ahora pasaba lo mismo, ahora no podía optar por la vida, nunca. Veía a las parejas en el parque, a las mujeres sacando a los niños a pasear, a tomar el aire relativamente puro de esos pequeños pulmones que se han construido en una ciudad demasiado grande como para poder ser real, quería acercarse, abrazarlos, sentir el calor de una nueva vida entre sus brazos, cerca de su corazón, pero no podía hacerlo, tenía miedo, miedo de lo que pudiera pasar, miedo de lo que nunca tendría.
Necesitaba algo, pero ese algo estaba muerto. Esas caras delicadas sonriendo, esas manos buscando calor, lo peor era que ella había muerto el día en que entró la enfermedad en su ser, porque no era persona, no se sentía persona, se sentía rota.
A veces el sueño le vencía, un sueño apenas reparador, un sueño que le obligaba a sentirse mejor, pero que le intranquilizaba, siempre era el mismo sueño, se veía en una casa corriente, una de esas casas adosadas a las que la televisión nos tiene tan acostumbrados. Allí pasaba el tiempo en el habitual y tétrico jardín trasero, ese típico jardín que no es tal, es un simple rectángulo de césped cuidado según la voluntad o el tiempo que dispone el dueño. En el jardín había dos niños, niños de corta edad, que gateaban y disfrutaban de la vida como ella nunca había hecho.
De pronto, como si todo fuera normal, se abría el sueño y se tragaba a los dos niños, a esos dos infantes que, suponía, eran hijos suyos, sus hijos no natos, destruidos por la insensatez humana, por el egoísmo de ciertas personas que no tiene derecho a ser llamadas “personas”, seres que habían antepuesto su deseo a la felicidad de una persona.
En esos sueños llegaba a sentir tanto odio que se despertaba apretando las sábanas, completamente sudada, asustando incluso a Carlos, si bien éste se tranquilizaba cuando ella le explicaba que era normal en su estado, con su enfermedad. Si Carlos le hubiera mirado a los ojos, si hubiera profundizado en el interior de ese alma destrozada por la rabia, entonces hubiera sabido la verdad, la verdad del odio que empezaba a crearse en el alma de una persona que nunca fue capaz de odiar.
En este punto es curioso comprobar como algo tan alejado de lo que ella buscaba con anterioridad, el hecho de tener hijos, por la imposibilidad, quizá relativa, quizá absoluta, de tenerlos se convierte en el centro del universo, un centro despiadadamente caluroso y desenfrenado, un lugar común donde todos los que pasamos en infierno de vivir nos sentimos muertos por la muerte, por la misma muerte de las ilusiones.
Finalmente, aunque con mucha importancia, también estaba el problema del sexo, nadie puede imaginarse lo que suponía para Marisa tener que hacer el amor con preservativo en esos momentos en los que Carlos era parte de su vida, era “su hombre”. Sentía como si le estuviera robando algo que era suyo, se sentía, otra vez, como si fuera una prostituta, una prostituta con un solo hombre al que satisfacer, pero no podía evitar pensar en lo malo que había sido todo y en que no podía sentir a Carlos nada más que a través de un plástico entristecido con lubricante.
Para ella era una frustración todo aquello, aunque mucha gente puede pensar que no es más que una tontería, un pensamiento infantil, ella lo sentía así, no podía ser de otra forma para ella, y tenemos que aprender a respetar los pensamientos y sentimientos de los demás si luego pretendemos que el resto de la gente tenga en cuenta nuestros propios sentimientos.
Si a esto le unimos el miedo, racional o irracional, en eso no me voy a meter, que sentía Marisa cada vez que hacía el amor con Carlos, miedo de contagiarle la enfermedad, de entregarle al mismo infierno que ella estaba padeciendo, miedos tan reales que yo mismo lo pensaba a veces, estúpidamente, pero era algo que estaba ahí, algo que no podía olvidarse, dejarse de lado, si juntamos todo vemos como la pareja no se entregaba demasiado al desenfreno del sexo. Marisa tenía miedo, incluso, de besarle en la boca, porque pensaba que podía pasar algo, aunque le aseguraban que no pasaría nada, que era muy difícil que sucediera.
Esta era la perspectiva contra la que luchaba cada mañana, cada instante, cada minuto de su vida, una perspectiva tristemente real, tristemente construida en un mundo demasiado ocupado para preocuparse por los demás, demasiado gris como para ser vivido con alegría.
Como ya he señalado, el odio y el desprecio a la vida, a su propia vida y a la de los demás, estaba anidando en su alma, un alma que no podía contener el deseo de vivir una vida normal, una vida sin preocupaciones, algo que había sido negado por el destino, por dios, o por el diablo, poco importaba el culpable supremo.
Veía la felicidad y no la podía soportar, estaba siendo conquistada por el lado oscuro del alma, de la muerte, estaba siendo alcanzada por el rayo del mal, el eterno poder que todo lo crea y todo lo destruye, ella había sido destruida por él y ahora tocaba devolver la afrenta, aunque ni ella misma sabía que eso iba a suceder, ni ella misma sabía como hacer las cosas, como devolver el dolor a los que crearon el dolor.
Uno tras otro sus días se transformaron en “otro día perfecto”, porque su vida era perfecta, porque su mundo era perfecto, porque todo lo que hacía o tenía estaba en el alma del dolor, porque deseaba morir y no podía hacerlo, no se lo permitía hacer la propia vida, esa egoísta que nos quita el amor y nos da vacío para luego exigirnos pagar por algo que no queremos.
Tantos errores compartidos, tantos errores solitarios, todo lo que había hecho de su vida era una verdadera porquería, no tenía ni la menor intención de continuar así, pero algo la empujaba a vengarse, la venganza era lo único que tenía, lo único que podía tener.
El árbol del sueño, del suplicio, estaba siendo podado, podado por el gesto final de la muerte, la muerte de toda desesperación, la muerte de toda esperanza, la muerte del enemigo que destruyó la ilusión. Era el momento de cosechar lo que se había sembrado, el intenso dolor, la intensa muerte, la verdad que todos estaban esperando.
Al final todo volvía a su origen, y ella había nacido de la nada, del sufrimiento, y hacia el sufrimiento iba de cabeza, con las manos pegadas al cuerpo para poder entrar mejor en el lugar que le correspondía, en ese ataúd de piel verde que la habían construido.