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29. Mayo 2009 por admin.
EL HOMBRE EN
3 de agosto de 2004.
Odio. Odio todo lo que me rodea. No puedo soportar la visión de todos esos idiotas que pretenden colocarse en una situación de felicidad por encima del resto, vulnerando cada espacio sagrado del otro. Estoy completamente convencido de que si estos seres acabaran muriendo ahogados en su propia sangre nadie echaría de menos tal cantidad de calamidades andantes. Mañana, tal vez, esté muerto. Tengo la sensación de que algo, algo verdaderamente malo, me está pasando. Siendo como si todo lo que rodeara mi vida no fuera sino una triste mentira, una asquerosa mentira que ni siquiera me resulta interesante a mí mismo. Quizá las cosas hubieran sido diferentes en otras circunstancias, pero yo no soy nada, nunca seré nada. Debería haber huido hace tiempo, debería haber escapado de lo que no es sino un lugar inhóspito en mi alma, pero ese lugar parece que es todo lo que tengo, todo lo que tendré. No soy demasiado exigente, pero lo que puedo ver a mi alrededor no es nada bueno. He tenido la obligación de ir a Valencia, a Puebla de Farnals, el mismo mar de todos los veranos, como parece que sucede en todo el mundo conocido. Este lugar me resulta absolutamente horrible, fuera de lugar, sin sentido. Estoy sintiendo tal animadversión por este sitio que mi mente comienza a romperse. En mi juventud disfruté enormemente de todo lo que ahora me repugna, pero los humanos tendemos a evolucionar, a ser más reales a lo largo de nuestro periplo hacia el perverso final que a todos nos toca. Me había escapado durante varios años, aprovechando mi enorme suerte y mi capacidad para mentir, pero este año, este fatídico año, ha supuesto el final de mis huidas, de mis intentos por perder mis peores lugares, esos sitios donde el terror nos paraliza y nos convierte en esclavos. El calor era tan horroroso que a penas dejaba dormir, pero un enorme grupo de personas se hacinaban en pisos pequeños esperando disfrutar de una vida que nadie podía tener, pues era una vida desahogada que solamente alcanzaban unos pocos privilegiados. Lo peor era que aquellas personas se dedicaban a alimentarse con toda clase de grasas, sintiendo que lo único que tenían era llenar su cuerpo de comidas malsanas. Veía a aquellas mujeres como samovares horrendos, sin ningún atractivo, necesitadas de algo que el alimento no proporcionaba. Incluso las chicas más jóvenes mostraban un preocupante sobrepeso, pero eso no le importaba a nadie, pues ese era el estándar de todos aquellos hombres, y esa era la forma de pensar de todos aquellos hombres y mujeres escapados del hambre al sobrepeso. Estoy tan harto de todo que apenas puedo contener la sensación de repugnancia que me genera todo este colectivo de inmundos seres que desperdician su vida en excéntricos pasatiempos que no conducen a ninguna parte. Cuando yo era un estúpido menor veía este mundo como un lugar maravilloso al que dirigirme cuando llegaba el verano, tan deslumbrante se vuelve al principio para todo ser que no es capaz de pensar, pero mi mente se ha escapado de todo esto hace mucho tiempo, demasiado tiempo, en estos momentos he comprendido que todo esto no es más que una enorme y miserable trampa mortal para convertir a todo un colectivo en borregos felices que trabajen alegres en trabajos patéticos. Hemos creado la trampa perfecta, cebamos y mantenemos en la ignorancia a todo un mundo, una gran parte del pueblo, gente que no vive, vegeta, y convertimos esa forma de vida en algo apetecible para otros menos favorecidos, incluso, para gente que apenas tiene nada. Lo peor de todo es que tengo que respetar a esta cabaña de ganado, a este grupo inconexo de becerros que no pueden definirse como humanos, y los tengo que tratar como iguales, aunque sean solo un cúmulo de mierda, un trozo de carne con ojos. Tal vez, con el tiempo, me convierta en lo que todos estos burros han llegado, me transforme en un bruto que sólo pueda leer la prensa deportiva, y, comúnmente, ni eso. Miro los ojos de estas “bellas personas” y espero no convertirme en ellos, pero el pensamiento único es demasiado fuerte.
4 de agosto de 2004. Me duele enormemente la espalda, los riñones. Siento tal dolor que apenas puedo pensar, solo sentir. El dolor de espalda es una sensación tan poderosa que no puedo creer que algo tan vívido pueda sobrevivir en mi pobre cuerpo. Si no fuera porque quiero acabar algunas cosas, hoy mismo me mataría, pero no es el momento, aún no es el momento, todavía debo seguir reptando por esta triste tierra hasta alcanzar alguno de mis objetivos. El mundo es un lugar oscuro y gris, lleno de dolor, cargado de desesperación. Todos los seres vivos que compartimos el espacio y el tiempo actual actuamos de forma que intentamos esquivar el dolor, pero nada de lo que hacemos parece que merezca la pena. El cansancio es un dolor en el corazón, un peso en el alma. Espero que el final sea algo mejor de lo que es en la actualidad. Pero el final está demasiado lejos, está tan lejano que apenas puedo esperar que alance mi realidad. Me hubiera gustado tener un amor especial, un sentimiento que hubiera embargado mi alma como lo ha hecho a otros muchos hombres y mujeres afortunados. El problema es que mi corazón no es como el del resto, es un corazón de esparto y acero, muerto por la propia muerte. Me he sometido a muchos cambios, me he convertido en una especie de Tetsuo, pero no he dejado de pensar en mi mismo como en un ser humano, un minúsculo ser que pensaba ser diferente sin ser nada más que otro esclavo de la verdad.
Hoy he mirado por la ventana. He pensado en tirarme desde el piso 17. No obstante, apenas he tenido valor para hacer lo debido. El mundo se me ha escapado, me siento engañado, traicionado por mi propio mundo. Me siento muy herido, sobre todo porque no he podido ser absolutamente sincero conmigo mismo. Creía que era capaz de abrir la puerta, pero la llave la he perdido hace mucho tiempo, la he dejado de lado. He olvidado que era una persona diferente, que podía ser diferente a todos estos que ahora me rodean con cara de besugo, sin tener la posibilidad de llegar a ser persona. Recuerdo como era todo cuando tenía la llave. Era una sensación de libertad, de poder. Podía ser un desgraciado, un patético pringado, pero podía escapar en cualquier momento, podía romper mi dolor con la llave. Actualmente, después de superar alguna que otra crisis, resulta que no soy capaz de abrir la puerta de nuevo, no soy capaz de acercarme a la realidad y volverme poderoso de nuevo, siempre feliz por alcanzar mi objetivo. Las manos temblorosas me demuestran que, al final, no soy mejor que todos los que me rodean, que todos estos tontos que pretenden ser más de lo que son, que consideran adecuado ser como son porque es lo único que han conocido a lo largo de su patética vida de ensueño.
5 de agosto de 2004. Ni en mis peores pesadillas he podido concebir una historia tan triste como la que estoy viviendo. Apenas he disfrutado de mi vida para acabar siendo un ladrillo más, un trozo más del engranaje que convierte la existencia de los simples en poco más que una basura. Hombres que controlan millones y dominan cada rincón, que usan de la gente como si fueran instrumentos, deciden sobre nuestra vida y nuestra muerte, controlando cada minuto de la existencia de todos y cada uno de nosotros. Estoy atrapado, sin salida. El dinero es importante, es tan importante que carezco absolutamente de solución ahora que necesito un poco de efectivo para enfrentarme a todos esos problemas que antes eran para mí un triste cuento, una extraña irrealidad en la que no me tenía que sumergir. Nunca pensé que el dinero fuera la clave de todo. Ciertamente sabía que la riqueza hacía a los hombres más libres, pero no puedo creer que todo se circunscriba a tener mucho más que los demás, a disponer de dinero suficiente como para olvidar las reglas en el momento oportuno. Tendría que haber sido más arriesgado, tendría que haberme lanzado cuando surgió la oportunidad. Lo peor es que no soy sino una mentira, una mentira de imagen distorsionada, una mentira en la que los demás ven lo que no existe. Al menos no se compadecen de mí, al menos piensan que soy un triunfador.
7 de agosto de 2004. Hoy me he dirigido a cumplir con mi obligación como consumidor a uno de esos macrocentros comerciales de gran calado, concretamente uno del Saler. Era un lugar curioso, digno de ser observado, cargado de ansias y esperanzas inútiles. Miles de productos apilados de forma ordenada esperaban que los pobres mortales escaparan de sus miserias a través del consumo. Nadie podía escapar a su propio destino, por eso todos los que vivimos en el primer mundo, cuando nacemos, se nos inscribe en la lista de los que deben consumir, y acabamos siendo lo que tenemos. Todos los allí presentes tenían el mismo pensamiento lineal, pues todos consideraban que la realidad era comprar y comprar, como pasaporte a una felicidad tan sorprendente como ficticia. De todas formas ellos no tienen la culpa de ser animales criados para alimentar la maquinaria de la sociedad de consumo. Poco a poco, desde que eres un bebe, te enseñan en la pantalla que invade nuestros hogares el lugar que corresponde a cada persona según su poder adquisitivo. No eres nada, no vales nada si no tienes un modelo concreto de coche, unas zapatillas deportivas de determinada marca, o un juguete concreto que, dicho sea de paso, tiene la utilidad real de una sartén sin fondo. El hombre está donde debe estar, por ambición, por odio, por envidia. Cada ser humano nace con un deseo incontenible de pisotear a quien se coloca delante de él. No podemos soportar que otros nos demuestren el desprecio que nosotros sentimos hacia los demás, porque, para nosotros, nuestra vida es el centro del universo. Yo, que siento repugnancia por todos ellos, me he convertido, casi sin quererlo, en el más fiel reflejo de lo que más odio, de una forma tan terriblemente cruel que ya no queda redención para mí, pues soy lo que no he querido nunca ser. Veo las caras de mis “supuestos” semejantes, compruebo en lo que se han convertido, y me vuelvo una especie de fiera, porque ellos son el espejo en el que bebe mi ignominia, son la luz al final de mi propio túnel. Ello, esos tristes seres, han formado el mundo, y lo han convertido a su antojo, concibiendo dolores y esperanzas por doquier, alcanzando el paroxismo del odio a través de la mentira misma de sus manos. Asco, siento absoluto asco, como siempre, como toda mi vida. Asco por lo que he hecho, por lo que he destruido de mi mismo, pues soy el mayor traidor de este infierno de mundo, un traidor asquerosamente oscuro y gris. Si, al menos, me hubiera convertido en algo diferente, si hubiera sido capaz de ser un triunfador de verdad.
11 de agosto de 2004. Hoy he paseado por la playa de forma tranquila. He sentido, por primera vez, el motivo de mi amor por el mar y por este lugar. Ahora, después de todo este tiempo, comprendo que, al final, este mar, el mismo mar, es el que me llena de energía y de paz. He sentido la simbiosis, por fin. Cada vez pasa más tiempo hasta que el mundo se coloca, hasta que todo parece estar en su sitio, aunque el descanso es enorme, una vez alcanzado el momento del final. En la playa, hoy, había muchas chicas haciendo top less, algo bastante curioso y atractivo. Este es un mundo extraño y magnífico, donde la hermosura se puede ver en lugares insospechados. Ellas saben que su belleza es observada, que son admiradas en silencio por muchos hombres que han perdido la edad para acercarse a jóvenes tan atractivas, por eso ponen esa mirada de desprecio e indiferencia, porque demuestran a todos los ansiosos allí presentes que no tienen ninguna posibilidad de obtener el fruto que tanto desean. Todo aquello no es más que un mercado. Ellas ofrecen la fruta que más les enorgullece, y los hombres que no sean capaces de cumplir las expectativas deben darse por muertos, pues jamás se acercarán a tan bellas huríes, cuerpos cuidados, bronceados y rodeados del halo de la juventud, una juventud que, aunque no lo crean sus poseedoras, se perderá en poco tiempo. Tal vez las cosas hubieran sido diferentes en otra sociedad, en otro mundo donde el deseo de poseerlo todo no fuera tan fuerte, pero aquí no, ahora no. Nosotros, hijos de la televisión y del consumo, hermanos de la envidia y de la frustración, padres de la depresión y del abandono, no hemos sido capaces de construir otra cosa que este triste vacío. Una medusa, impertinente y, a su manera, bella, interrumpe el silencio de todos los presentes. Es natural que, de vez en cuando, uno de esos seres marítimos se acerque al mundo terrestre, pero la realidad apenas puede tocarse en un mundo de ensueño como éste. Los espigones, mortales asesinos de las playas españolas, impidieron mi avance a otros lugares, a otros momentos, por lo que di la vuelta, apenas interesado en lo que me rodeaba, porque la verdadera fortuna era poder dejar de pensar, de sentir la tensión en el cerebro. Me cansa tanto sentimiento, me cansa tanta sensación de dolor. Necesitaría que alguien me arrancara el cerebro, que me arrancara cada pedazo de mi propio pensamiento y lo arrojara a esos leones imaginarios que llenan la tierra de la fantasía. Pero soy un patético ignorante, no puedo saber como acabar con todo. Una pareja juega a las palas despreocupados. Es algo magnífico poder dejar de lado el universo oscuro de nuestro trabajo triste y patético perdiendo el tiempo en un juego sin importancia. No importa que mañana todo acabe, hoy es un buen día para morir. Todos los allí presentes huyen de algo, pero la huida es imposible, porque, desde que nacemos, nos lastran con esperanzas vanas, con obligaciones sin sentido, hasta que lo que somos de verdad desaparece. Ese es nuestro destino, horrorosamente construido por un montón de sueños que no se pueden cumplir.
Creo que he estado muerto en otro momento, en otro lugar. No siento que esté demasiado cerca de la salvación, sólo soy otro pequeño número en el infinito mundo del control que hemos creado. Me encuentro tan cerca de mi verdad, pero tengo miedo de mirar alrededor de mi propia existencia. Ellos, todos, el resto, sabe que no soy nada más que un patético perdedor, pero me envuelvo del halo del éxito, como todos, para evitar que le mundo se vuelva demasiado oscuro. Miento, todos mentimos, simplemente mantengo mi posición perdida en el universo, pretendiendo que puedo hacer algo que no puedo hacer, que soy algo que nunca seré. Es apenas un triste remedo de lo que es la vida, pero soy lo que soy, como todos, un pobre hombre. En algún lugar podría estar mi sitio, pero no tengo fuerzas para seguir hacia delante, me siento como cuando tenía dieciséis años y rompí la baraja, pero la baraja tenía otra idea respecto a mi persona. Alguna vez he pensado en todo lo que ocurrió en aquella época, pero está demasiado lejana como para intentar entender al chico que mató su alma. Estoy demasiado cansado para recordar la verdad. No obstante, en algún momento, en un instante lejano, vislumbro el túnel de la muerte, y tengo miedo de estar perdiendo la cabeza, porque mi mundo no es diferente al infierno que describió Dante.
13 de agosto de 2004. Es un momento especialmente curioso. Se supone que es el inicio de un nuevo mundo, pero yo no puedo soportar contemplar aquello en lo que me he convertido, un patético cadáver andante, un odioso ser totalmente incapaz. En ningún momento he pensado cambiar de forma de vida, pero mi existencia no es nada agradable, sólo es un ardiente infierno en el que me mantengo fijo en un lugar poco común. En algún lugar de mi espíritu, perdida mi carta de navegación, he comprendido que no tengo ninguna forma de cambiar nada, pero mi deseo de eliminar mi mundo y crear otro mejor no significa nada a la hora de enfrentarse a la existencia. Una idea no deja de rondarme la cabeza. La muerte, tan cercana a mi pensamiento, ya me ha visitado, pero no recuerdo su presencia. Tal vez, en algún momento, cambié de dimensión, pero nunca sabré lo que significa todo eso. Es como si hubiera muerto, en algún momento, pero no resulta real, nada me resulta real. Apenas puedo creer cuando despierto de mis sueños, sueños en los que muere alguien a quien detesto, o que ni siquiera conozco, pera luego comprender que esa persona ha muerto de verdad, incomprensiblemente, tal como lo he soñado. Apenas hace unos días, tuve un extraño sueño. Una de esas mujeres a las que todos odiamos y todos aguantamos, se encontraba en su piso, en Puebla; yo, sin saber como ni por qué, estaba en ese mismo piso. Ella no dejaba de parlotear con ese sentir “cotorril” que todos esos seres parecen contener en su inmenso vacío. Yo estaba en la cocina, con un cuchillo en la mano. Luego, luego del cuerpo de la mujer manaba abundante sangre, una cantidad tan copiosa como si todas las reservas de ese elemento se hubieran contenido en el rechoncho cuerpo. La fuerza de la escena me hizo despertar. Mi frente, perlada y caliente, me decía que todo había sido un sueño, pero la angustia no desapareció hasta el amanecer. Cuando vi a la policía en la parte de atrás del edificio supe que ella estaba muerta. No pasó nada, ni siquiera preguntaron por mí, porque yo había estado todo el rato durmiendo, tan ricamente, en mi cama, pero yo lo había visto todo, había participado en la muerte de la bruja. No sé si he sido yo, o si he visto por los ojos del asesino, lo que se es que todo fue demasiado real; pero yo no puedo decir nada, no con mi estado de ánimo, no como me siento actualmente, pues no podría soportar enfrentarme a toda una historia de completa incomprensión y rechazo. Ahora vivo, como he vivido otros momentos, con el pensamiento de poder haber evitado una desgracia, pero sintiéndome absolutamente incapaz de saber que hacer con lo que percibo. Lo peor de todo es esa nebulosa sensación de pesadez que me embarga en algunos instantes, como si fuera desconectado y recompuesto. No creo que me pase nada, verdaderamente, pero la sensación es como si estuviera muerto de verdad. Si me coge cualquiera de esos médicos que tanto gusta estudiar la mente de los pobres pacientes, seguro que acabará descubriendo un problema mental, de hecho, estoy verdaderamente seguro de tener un trastorno mental grave, pero esa seguridad no me ayuda en absoluto. La solución a todos mis problemas pasaría por no tenerlos, por eliminarlos y convertirlos en tristes recuerdos, pero se agolpan machacones, esperando su oportunidad de demostrar en lo que me he convertido. Cada palabra que escucho del resto de la gente es una palabra de reproche. Pienso en el hombre con carrito que me miró con cara asesina porque le indiqué, con buena intención, que no tenía que utilizar las escaleras mecánicas, que había ascensores. Yo no tengo la culpa de que, esa misma tarde, acabara con el cuello roto, dejando huérfano a su hijo. El imbécil pensaba que la furia era suficiente protección contra la gravedad, pero la naturaleza coloca siempre a cada uno en el sitio que le corresponde, por eso nadie es capaz de volar sin tener un avión, porque las leyes de la física acaban imponiendo su enorme poder sobre todos nosotros. Si alguien supiera darme razón de lo que me sucede estaría todo mucho mejor.
14 de agosto de 2004. Madrid, mi ciudad. He pasado el día en este lugar, para irme al día siguiente de vuelta al mar de Puebla. La tranquilidad que se vive en esta ciudad abandonada contrasta con el sudor frío que nos recorre a todos sus habitantes en los momentos de normalidad, con todos los seres vivos posibles unidos en una aglomeración infinita. Si se puede describir Madrid, el Madrid habitual, es con el término aglomeración. Tanta gente, toda ella acumulada, haciendo lo mismo, no importa lo que pretendas hacer, incluso el anónimo coleccionista de sellos se ve compelido a la aglomeración, tantos otros siguen sus pasos. Todos los hombres posibles, todos los mundos posibles, acumulados para que nadie piense que es más que nadie. Madrid, de esta forma, se convierte en un infierno igualador, un infierno donde todos lo que intentan escapar se acaban viendo atrapados, indefectiblemente, por otra aglomeración, otro atasco más. En este sentido Madrid es una ciudad maldita, porque nunca consigues hacer las cosas de forma tranquila, pausada, siempre hay alguien que hace algo que te roba un poco de tu tiempo, unos minutos preciosos, minutos que, acumulados, supone una vida, una eternidad. Yo sé de lo que hablo, yo he vivido en una ciudad más pequeña y manejable, he disfrutado de momentos de sana tranquilidad haciendo todos los recados que me había propuesto en menos de dos horas, y sin ningún estrés, sin ninguna presión. En Madrid todo eso es imposible. El transporte es una cruz horrorosa, donde tiene que jugar con un tráfico completamente caótico e incontrolado y un transporte público que, o se ve afectado por el mismo tráfico que el particular, o te envía al proceloso piélago del metro, donde apreturas y oscuridad convierten el mundo en un pequeño y controlado infierno de luz fluorescente. Cuando llegas a cualquier parte estás deseando no ir a ninguna parte, tan terriblemente horrible es convivir con tu propia miseria en este angustioso Madrid de diario, que embrutece a los hombres y degrada a los que sueñan. Mi esperanza es acabar con todo este lugar, alzarme, salir de mis propias cenizas y convertirme en un verdadero ser feliz, en alguien que puede vivir desahogadamente sin someterme al eterno sufrimiento que supone estar sujeto a un horario, de ser esclavo del tiempo. Algo me dice que esa realidad nunca podré alcanzarla, sobre todo porque lo que supone mi propio sueño conlleva alejarme de muchas cosas que tengo clavadas en mi propia alma, pero los sueños son bonitos, enormemente bonitos, por ellos, creo, que seguimos vivos. Las horas, terribles hermanas de la muerte, nos condenan, nos empujan a vivir un universo lujuriosamente neutro, un lugar donde nuestro terruño es el peor sitio para estar, pero, también, un lugar que no podemos abandonar, pues estamos condenados a ser lo que somos, a pensar siempre como pensamos, en un triste e infinito camino hacia el infierno. Me han comentado muchas veces que mi vida no es demasiado mala, incluso hay gente que me ha confesado la sana, o, a veces, no tan sana, envidia que han sentido al verme “triunfar” en lo que ellos han fracasado. ¡Pobres ilusos! ¡Creen que ni vida es un éxito! Que lejos están de mi verdadera realidad, de nuestra verdadera esencia. Nosotros, los hombres, somos fracasados que caminamos hacia un mundo de triste inmadurez, hacia un lugar en el que podemos sentirnos absolutamente infelices, por eso el éxito nunca es posible. No obstante, hoy estoy en un Madrid desierto, un Madrid abandonado, y, por primera vez, este Madrid es mi Madrid. Ahora me siento cómodo, sabiendo que no hay nadie que pueda incomodarme, que pueda obligarme a ser cordial y amable. En estos momentos el hombre que odia, el hombre que desprecia, puede levantarse de su tumba de hipocresía y urbanidad y sonreír abiertamente. En estos momentos soy aquél que puede convertir el agua en vino, que se puede acercar al infinito con un solo gesto, pues toda la ciudad es mía, todo este mundo es de mi entera y exclusiva propiedad, pues sus innumerables moradores lo han abandonado para disfrutar de la aglomeración en otro lugar menos preparado aún. Además, en estos momentos, las Olimpiadas ponen un toque exótico y deportista a las tardes, pues puedes ver como seres muy preparados, o muy dopados, son capaces de correr más rápido, saltar más alto o lanzar más lejos que el resto de los patéticos mortales que les contemplamos, aunque a algunos no nos interese en absoluto realizar ese tipo de proezas.
Hoy he visto el documental Fahrenheit 9/11. Ha sido una experiencia de lo más interesante, aunque me ha parecido demasiado flojo, muy poco duro para lo que podría haber sido en realidad, tan obvia era la mentira de ese hombre que se considera dios. Ciertamente el dinero ha imperado en todas las decisiones de todos los gobiernos que han existido, dinero y poder, una mezcla tan explosiva que apenas se puede mantener el nivel de honradez del resto de los mortales, tan contagiosa es la corrupción, tanto que mi propia ropa está sucia cada vez que voy a trabajar. La película me ha recordado a ciertas personas que he conocido a lo largo de mi vida laboral, personas que han abusado de su posición para obtener dinero, para conseguir poder, pero no solo para ellos, también para el partido, para el amigo, para aquél que ya tiene demasiado dinero. Yo mismo me he visto obligado a colaborar con ciertos especímenes que pensaban que el mundo estaba allí colocado para que ellos pudieran corromper y destruir la justicia a través de su actuación.
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29. Mayo 2009 por admin.
Después de su noche de lujuria Fernando no podía dormir, por lo que comenzó a escribir, por primera vez, algo que tenía en mente desde hacía mucho tiempo, un conjunto de pensamientos que deseaba expresar y que le poseían todas las noches. Acabando por crear un pequeño relato que tituló, El hombre en la mentira, un nombre sospechosamente revelador de sus propios pensamientos.
Era un mundo extraño aquél en el que Fernando pensaba constantemente. Tenía en sus manos ciertos pensamientos de los más curiosos, pensamientos en los que el hombre no era hombre, era un extraño animal, un caimán. También soñaba con el fin del mundo, con un fin del mundo imparable.
Asustaba pensar que un ser humano pudiera tener en su mente todas aquellas imágenes de horror. Lo curioso es que él no se sentía intimidado por las mismas, antes al contrario, pensaba que eran lo único que valía la pena de su triste vida, porque eran lo que él habría querido ser.
En esos días estaba sintiendo un cambio profundo. Lo que él mismo había sido estaba quedando atrás; mudaba su piel como las serpientes y los prejuicios anteriores, los que le habían hecho sentir completamente infeliz, quedaban atrás, en un lugar indefinido entre el infierno y el purgatorio.
Tal vez fuera el dejar de pensar en los demás como en algo importante, tal vez fuera que no sentía, por primera vez, la importancia de las obligaciones que había asumido, pero había algo en su interior, y ese algo le hacía sentirse especialmente feliz, porque construía un nuevo yo.
Fernando, siempre apocado, siempre oscurecido por el resto de los mortales, comenzaba a brillar con luz propia, pero no sabía de donde estaba saliendo esa luz que tanto le asustaba y, a la vez, tanto deseaba tener.
Tal vez le hubiera gustado compartir su cambio con alguien; tal vez le hubiera gustado amar, pero el amor no estaba allí, nunca lo había estado, nunca había tenido la posibilidad de amar con la rotundidad de los demás.
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