Archivo para Octubre 2009

El Evangelio de Judas I.7

Un día mi maestro dijo:

            - Déjame soñar con una luz que no dañe a los ojos, porque esa luz es nuestro Señor. Él no quiere que los hombres sean esclavos de otros hombres, por eso creo la Verdad, pero ese Simón y los suyos han creado la mentira sobre la propia base de lo que era bueno y justo. Ahora todo está perdido.

            Al principio las cosas parecían poco importantes. En uno de los Evangelios de la Infancia, uno de esos que surgieron a raíz del Cónclave y consecuencia del mismo, que surgieron para alabar una mentira y agradar a los mentirosos, en uno de esos se llegó a mencionar al primer maestro como un simple poseso. Todavía recuerdo el relato:

            “Vivía allí mismo otra mujer cuyo hijo era atormentado por Satanás. Su nombre era Judas. Cuantas veces la pobre criatura era embestida por el demonio, se ponía a morder a todos cuantos se le acercaban. Y si no encontraba nadie a su alcance, se mordía sus propias manos y miembros. Al llegar, pues, la fama de la Virgen María y de su hijo Jesús a la madre del desgraciado, se levantó ésta y llevó a Judas ante la presencia de Nuestra Señora.

            Entre tanto, Santiago y José habían sacado al niño Jesús fuera de la casa para jugar con otros niños. Y, estando todos sentados, se acercó Judas el endemoniado, y se puso a la derecha de Jesús. Entonces fue atacado por Satanás, como de costumbre, y quiso morder a aquél; pero no pudo. Sin embargo, le hizo daño en el costado derecho y Jesús se puso a llorar. Mas de repente salió Satanás del endemoniado bajo la forma de un perro rabioso. Y este niño era Judas Iscariote, el que luego habría de entregarle a los judíos. Es de notar que el costado en que le lastimó Judas fue el mismo que traspasaron los judíos con su lanza”.

            Al principio los hermanos sonreían, pues era curioso que la mentira se construyera sobre la mentira, y que la gente acabara creyendo todo lo que aquellos locos pretendían poner en el camino de una supuesta realidad que no existía, una realidad que nadie había podido ver de verdad.

             Era tan tentador para el hombre, pensar que Dios se acercaba tanto a su creación que se transmutaba en humano y se convertía en uno de nosotros, en uno de los que pueblan esta tierra, luchando por las mismas cosas, sintiendo el mismo dolor, era tan bello para aquél que no tenía nada pensar que su Padre Celestial estaba tan cerca que había padecido el mismo dolor que él padecía que muchos creyeron la mentira por el simple hecho de su atractivo, sin plantear ninguna objeción.

El Evangelio de Judas I.6

Debo reconocer su capacidad y su instinto para controlar a los simples. Han sabido moverse con tanta inteligencia que han cambiado el curso mismo de la historia, y no solo la futura, también la pasada, pues han convertido lo que no era en verdad, y la verdad en una sucia mentira que lleva a la condenación eterna. Ellos son, de este modo, los verdaderos creadores de Dios. 

          Él se mueve y no se mueve, está lejos y aún así cerca, está dentro de todo y fuera de todo[1]. Ahora mi pensamiento está en mi Señor, pues Él es quien ilumina mi alma en estos momentos de oscuridad, en estos momentos en los que nuestros mejores aliados son perseguidos y asesinados.

            Maestros que han cumplido con la misión de dar al mundo la Salvación están siendo relegados a la herejía, están siendo abandonados a las fuerzas del verdadero mal, el mal que habita en esos hombres que creíamos santos, que creíamos capaces de convertir el agua en vino. 

            Todo se ha vuelto peligroso, todo se ha vuelto demasiado terrible, demasiado oscuro. Ahora no hay nada que podamos hacer para salvar el pensamiento de la Verdad, la idea que movió a miles hacia un lugar común. Ahora los que controlan el pensamiento de los pobres e incultos que persiguen la felicidad han decidido lo que está bien y lo que está mal, por encima de la propia vida.


[1] Isa Upanisads.

El Evangelio de Judas I.5

En este instante la mentira domina al hombre, lo construye, lo moldea a su imagen y semejanza, transformando la obra de dios en falsedad. La gente ni siquiera es consciente de estar siendo manipulada por otras personas con muchos menos escrúpulos que los del hombre común. Se ha creado un poder sobre la tierra que eclipsa a los poderes terrenales, que oscurece, incluso, al propio Señor Celestial.

            Tal vez en aquellos momentos deberíamos haber actuado de forma diferente. Al menos en esos instantes éramos muchos los que teníamos algo que decir, los que podíamos convertir la vida en verdad, pero tuvimos miedo, no supimos enfrentarnos a la realidad, por eso, ahora, muchos de los que querían ser felices en la verdad han muerto perseguidos, vilipendiados, expulsados de una realidad que era suya.

            El hombre es esclavo de sus acciones y de sus palabras, pero también de sus silencios, y nosotros callamos cuando hubiéramos debido hablar, cuando nuestra obligación hubiera sido gritar ante tanta ignominia y tanto error. Sé que no es el momento de arrepentirse de los hechos pasados, sobre todo porque dichos hechos fueron protagonizados por un gran hombre, pero la perspectiva del tiempo nos permite comprender la complejidad de la situación que se vivió en aquellos días, y también lo erróneo de la decisión tomada.

            Hoy ya no hay posibilidad de cambio, hemos perdido la fuerza que antes teníamos, aunque no lo llegamos a saber hasta que fue demasiado tarde, hasta que se impuso el dolor  sobre el amor, hasta que el hombre decidió controlar a sus hermanos con la excusa de llevarlo a un mundo mejor.

            Me han enseñado a no sentir rencor, pero lo siento, lo tengo tan metido en mis entrañas que a veces pienso que voy a explotar y a dejar toda la habitación teñida con la sangre de la ignominia. Mi maestro ya me advirtió sobre el problema de ser demasiado visceral, pero, en cambio, me eligió a mí entre otros muchos, todos mejor preparados, para dirigir este paraíso en el centro mismo del infierno.

            Siempre sucede lo mismo, en momentos de necesidad no se puede colocar cuidando el rebaño al pastor más bondadoso, sino al pastor más enérgico, el que es capaz de controlar todos los problemas, y ese pastor, en esos momentos, era yo, y aún lo sigo siendo, al menos por el poco tiempo que me queda de vida.

            Ellos, los que han creado esta situación, sienten que tienen la razón. Tal vez eso sea lo peor de todo, que se haya convencido a toda una sociedad de una mentira y que los que allí siguen son personas que creen plenamente lo que no es posible, lo que no existe, lo que no resulta aceptable.  

 

             Quizá es que estoy cansado de luchar, de seguir una lucha sin cuartel por obtener un poco más de tiempo, un poco más de espacio para mis hermanos y para mí. Ellos se están acercando, están dirigiendo sus miradas a los lugares donde antes no miraban, tan arriesgados y poderosos se han vuelto. Ellos son la sombra del dolor, el odio sin freno, sin posibilidad de control, pero son también  los que detentan la fuerza, los que controlan a millones que sólo hacen su voluntad.

El Evangelio de Judas I.4

Era tan bello pensar en lo que sentíamos todos unidos, pensando en lo mismo, sintiendo lo mismo, compartiendo luces y sombras, entrando en el seno de la comunidad que formaba el propio Señor con sus manos desnudas. Eramos tan felices que ni tan siquiera por un momento pudimos concebir un mundo diferente, un mundo donde la realidad fuera oscura y desesperante.

 

            Estabamos tan cerca de la felicidad absoluta que no pensábamos que existían otros hombres que no podían concebir la vida de una forma tranquila y amable, que existían hombres con la capacidad de odiar tan acusada que cualquiera que se interpusiera en su camino estaba condenado a una muerte horrible.

 

            La inconsciencia de la falta de malicia nos inundaba a todos. Incluso los maestros pensaban en la vida de una forma tranquila, pausada, como un sendero recto en un día soleado, cálido pero no caluroso, donde los pasos del peregrino se dirigían firmemente hacia una verdad indiscutible.

 

            Tal vez fue por eso que nuestro mundo no supo enfrentarse a la verdad tal como nos fue revelada por los hombres del otro lado del paraíso, por esos a los que creíamos nuestros hermanos, pero que pretendían convertirse en nuestros amos, en amos de todo el mundo visible.

 

            Recogidos en la ignorancia y en la paz, nuestro mundo existía fuera de la realidad, en un espacio alejado del tiempo de los que eran nuestros hermanos, los que eran como nosotros en cuerpo y, tal vez, en espíritu. La calma, la fuerza de la vida en la naturaleza, todo era un regocijo para nosotros, todo era una verdad inalterable. Craso error, nuestro mundo no era más que uno de los mundos posibles, un mundo no deseado por la mayoría de los que pensaban y querían, y desconocido para la mayoría de los que no querían pensar.

 

            Miles de generaciones acumulaban su experiencia en nuestros huesos, en nuestras palabras sagradas, conservadas de forma consciente y cuidadosa desde nuestros inicios en Qumran[1], cuando los primero hermanos de nuestro colectivo se alejaron de la mentira de una existencia sin alicientes para dirigirse a la verdad eterna, una verdad ahora olvidada por el hombre.

 

            Hoy existen muchas escrituras diferentes, muchos textos, algunos consagrados por los que detentan el poder, otros considerados apócrifos, otros tenidos por blasfemos, pero la verdad era muy diferente antes, cuando cada grupo tenía su propio pensamiento, pero se unificaba en un centro común, en una bella idea de felicidad a la que todos tendíamos.

             En estos momentos me parece muy difícil creer que lo que antes era uno ahora se ha convertido en muchos, lo que antes era unidad ahora se ha convertido en enfrentamiento, en odio, en persecución interminable. Aunque estoy construyendo la casa por el tejado, lo cierto es que necesito decir lo que siento ahora, en estos momentos, porque lo que ahora voy a relatar no es sino la historia de una traición al hombre, a las palabras de nuestros antepasados, a las palabras de los que predicaban la verdad.


[1] Plinio ya describía a los hermanos de forma curiosa en su Historia Natural:

“Un pueblo singular, sin mujeres, sin amor y sin dinero, con la única compañía de las palmeras. Se renueva con regularidad gracias a la nutrida afluencia de los que se sienten impelidos hacia ese lugar por el tedio de la vida y los reveses de la fortuna”. 

El Evangelio de Judas I.3.

Un día, mi maestro, me dijo:

 

            - Para el sabio, las cadenas más pesadas no están hecha de hierro, madera o cáñamo, sino del vehemente deseo por las joyas, ornamentos, hijos y esposas, pues constituyen el más grande apego[1].

 

            <<Cuando los ojos se deleitan en colores, el paladar anhela ricos sabores, los oídos se complacen en música, y todas las vías de los sentidos compiten entre sí, esto perjudica toda la naturaleza esencial, favoreciendo diariamente los deseos perversos, agotando la armonía natural: entonces, uno no puede gobernar siquiera el propio cuerpo[2]>>.

 

            La sabiduría de mi maestro era tan grande como el mar, ese mar que azota nuestras costas y nos hace recordar a cada instante lo lejos que estábamos de la perfección, de la posible comprensión de Dios, pues Dios era tantas cosas y tan concentradas que no se podía percibir.

 

            Ahora, con el tiempo cumplido, con el conocimiento sobre mis hombros y el dolor de todos los seres engañados gritando en mis oídos, ahora, tal vez, sólo tal vez, pienso que hubiera debido huir de lo que me ofrecían, pero cuando era niño el conocimiento era toda mi vida, el saber suponía mucho más que cualquier riqueza o cualquier alimento. Conocer, al fin y al cabo, nos lleva hacia la perfección.

 

            Tampoco debo engañarme, ni a mí ni a mi posible lector, ese lector que buscará, como yo,

la sabiduría. Mis años de formación fueron considerablemente felices, tan felices como cortos y fructíferos. Yo me sabía portador de un don, todos mis maestros me lo decían, pero también era afortunado por el amor que podía entregar a mis compañeros y amigos, y por el amor que ellos me regalaban a cada momento, pues era el amor lo que se respiraba en nuestro pequeño convento-escuela.

             Amanecíamos adorando a nuestro Señor, pero adorando al Señor con Amor, con ese Amor puro que muchas veces he visto en animales que son considerados bestias, y pocas veces en hombres de lejanos pensamientos que sólo deseaban el dolor ajeno. No obstante, esos hombres, como hermanos nuestros, son el espejo de lo que nosotros mismos acabaríamos siendo si nos alejáramos de Dios.


[1] Dhammapada, Tanhavagga  24.345. 

[2] Wen-Tzu, Lao Tse. 

El evangelio de Judas I.2.

            Mi nombre es Judas, como mi antecesor, como todos los antecesores de mi antecesor, como el primer maestro de nuestro camino[1]. Mi antiguo nombre, con el que me conocían mis padres, con el que identificaban los que están fuera de la verdad, ese nombre desapareció del mundo hace mucho tiempo, tanto que ni siquiera yo mismo logro acordarme.

 

            Tal vez resulte extremadamente pretencioso, pero siempre he pensado que era un error eliminar el nombre de la vida anterior para asumir una nueva personalidad. Siempre me explicaron que era necesario, que era una forma de entrar en comunión con los hermanos, pero aquellas ideas me parecían de poco peso ante el hecho de la pérdida de la individualidad que sufría el discípulo que asumía las funciones de maestro.

 

            Los hermanos que formábamos la congregación éramos hombres de bien, como la mayoría de los que moraban en aquella isla. Éramos, y los seguimos siendo. Nosotros, junto con los hombres y las mujeres que habían optado por la vida fuera del recogimiento que nosotros llevábamos, pero dentro de las enseñanzas que durante tanto tiempo se habían impartido en su escuela, todos juntos éramos, y lo seguimos siendo, un perfecto animal que sobrevivía de forma incomprensible en el proceloso piélago de la mentira ajena.

 

            Se trabajaba para vivir, se recogía lo que nuestro Señor quería entregarnos, inmensos regalos de bondad con forma de alimentos, y se vivía para orar, para contemplar la naturaleza, de la que todos éramos parte, con la esperanza de poder ver el camino de la Luz, pues en esa naturaleza se escondía el trayecto del hombre hacia la inmortalidad.

 

            Muy pronto dejé yo a mi familia, campesinos que dormían con tranquilidad las noches y vivían el mundo a cada instante, pues mis facultades fueron reconocidas por todos mis maestros, incluido el maestro Judas, uno de los que vinieron antes que yo a este lugar a impartir las enseñanzas que ahora me corresponde impartir a mí.

 

            Ellos, gente buena y simple, aceptaron mi destino con naturalidad, con tanta naturalidad como aceptaban una lluvia en otoñó o el sol en primavera. Me gustaba su forma de pensar, su forma de ser, porque suponía un centro de estabilidad en un mundo en crisis, una crisis de fe y de poder, una crisis que nos estaba conduciendo a unas guerras de destrucción absoluta del enemigo, un enemigo que no era sino el propio hermano, ese vecino que creía en cosas diferentes.

 

Abandoné la vida que mis padres habían decidido darme porque quería otra cosa, necesitaba otra cosa. El ansia por entender, el ansia por saber dominaban mi vida, todo lo que me rodeaba me resultaba de enorme interés. Yo quería llegar a conocer la naturaleza misma de las cosas, pero la naturaleza es algo tan simple que no puede verse a través de los ojos de los simples mortales.

 Yo, joven y apuesto, me sentía atraído por la carne igual que por la sabiduría, algo difícilmente conjugable para mis maestros y para mí mismo, pues era plenamente consciente de lo pobre que sería mi aportación a la comunidad si aceptaba mis deseos presentes y no mis anhelos por el conocimiento.


[1] Solía ser corriente identificar al maestro supremo de una escuela con el nombre de su principal valedor, por eso existen tantos Budas a lo largo de la historia.

 

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