El Evangelio de Judas I.7

Un día mi maestro dijo:

            - Déjame soñar con una luz que no dañe a los ojos, porque esa luz es nuestro Señor. Él no quiere que los hombres sean esclavos de otros hombres, por eso creo la Verdad, pero ese Simón y los suyos han creado la mentira sobre la propia base de lo que era bueno y justo. Ahora todo está perdido.

            Al principio las cosas parecían poco importantes. En uno de los Evangelios de la Infancia, uno de esos que surgieron a raíz del Cónclave y consecuencia del mismo, que surgieron para alabar una mentira y agradar a los mentirosos, en uno de esos se llegó a mencionar al primer maestro como un simple poseso. Todavía recuerdo el relato:

            “Vivía allí mismo otra mujer cuyo hijo era atormentado por Satanás. Su nombre era Judas. Cuantas veces la pobre criatura era embestida por el demonio, se ponía a morder a todos cuantos se le acercaban. Y si no encontraba nadie a su alcance, se mordía sus propias manos y miembros. Al llegar, pues, la fama de la Virgen María y de su hijo Jesús a la madre del desgraciado, se levantó ésta y llevó a Judas ante la presencia de Nuestra Señora.

            Entre tanto, Santiago y José habían sacado al niño Jesús fuera de la casa para jugar con otros niños. Y, estando todos sentados, se acercó Judas el endemoniado, y se puso a la derecha de Jesús. Entonces fue atacado por Satanás, como de costumbre, y quiso morder a aquél; pero no pudo. Sin embargo, le hizo daño en el costado derecho y Jesús se puso a llorar. Mas de repente salió Satanás del endemoniado bajo la forma de un perro rabioso. Y este niño era Judas Iscariote, el que luego habría de entregarle a los judíos. Es de notar que el costado en que le lastimó Judas fue el mismo que traspasaron los judíos con su lanza”.

            Al principio los hermanos sonreían, pues era curioso que la mentira se construyera sobre la mentira, y que la gente acabara creyendo todo lo que aquellos locos pretendían poner en el camino de una supuesta realidad que no existía, una realidad que nadie había podido ver de verdad.

             Era tan tentador para el hombre, pensar que Dios se acercaba tanto a su creación que se transmutaba en humano y se convertía en uno de nosotros, en uno de los que pueblan esta tierra, luchando por las mismas cosas, sintiendo el mismo dolor, era tan bello para aquél que no tenía nada pensar que su Padre Celestial estaba tan cerca que había padecido el mismo dolor que él padecía que muchos creyeron la mentira por el simple hecho de su atractivo, sin plantear ninguna objeción.

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