Fue un fracaso en toda regla de los que pensábamos que la verdad era más importante que cualquier otro planteamiento, fue el fracaso de aquellos que esperábamos regalar al hombre la esperanza con el corazón puro y el pensamiento limpio. Ellos fueron los que obtuvieron todos los réditos, ellos consiguieron que el pueblo tomara partido porque no podía hacer otra cosa.
En un momento, en un lugar, los hombres creyeron en la mentira. Después del supuesto retorno de Cristo al cielo los demonios de la falsedad y del poder crearon hombres que se dijeron dioses. Ellos determinaron el destino de los hombres, ellos decidieron lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Poco espacio se dejó, de esta forma, para la esperanza, para la fe, para la verdad. Todo lo que no se circunscribía en la idea de origen de aquellos hombres era destruido sin remisión, sin contemplaciones. El que pretendía seguir adelante con sus creencias no podía hacer otra cosa que romper su convicción y unirse a los que crearon la mentira o acabar destruido por tanto odio y tanta violencia.
Incluso los hermanos denunciaban a los hermanos, esperando así, inútilmente, escapar de la realidad, convertir la vida en algo más digno. Pero la dignidad estaba lejos de todos los hombres, la dignidad debía pasar por la defensa de las creencias, por el reconocimiento de la bondad y la comprensión por encima de los rencores. El odio es un instrumento de fácil aprendizaje y de enorme utilidad, y los hombres, tristemente creados en el desprecio a sus semejantes, ven en la violencia el instrumento ideal para cumplir sus deseos más inconfesables.
Se transformó la vida, que tampoco merecía ser reconocida, en una cloaca aún más inmunda. Todo ello de la mano de unos hombres que sabían perfectamente lo que hacían en todo momento, pues esa había sido su misión desde el primer día, convertir al hombre tumultuoso en hombre destructor.
Tal vez fuera mejor así. Hasta que ellos llegaron miles, millones perdían su vida sin sentido, sin camino. Ahora todos están unidos en un destino común, en un pensamiento de salvación, aunque sea construido a través de una historia falsa. Al menos la fe de los ignorantes es suficientemente grande como para vencer la traición y, de esta forma, abren todos los días el reino de los cielos.
No quiero pensar en lo que sucedería si la verdad saliera ahora a la luz y, para variar, la gente acabara creyéndola. Entonces el mundo podría acabar en ese mismo instante. Tristemente no será nunca así. Ellos han colocado todo muy bien, han destruido, mentido y engañado para que el destino del hombre no se vea perturbado por ningún nuevo profeta que predique algo diferente a sus enseñanzas.
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