El Evangelio de Judas I.9

Su propio Dios, si ahora viniera, no sería aceptado como tal, sería quemado, destruido, con el beneplácito de todos aquellos que, a través de engaños y mentiras, lo han subido a un pedestal ficticio, a un pedestal del que ni siquiera el más poderoso puede ahora bajar a un simple profeta loco.

 

            En estos momentos necesitaría tener a mi maestro a mi lado, necesitaría saber si estoy haciendo bien contando todo lo que me enseñaron, y no sólo la Verdad absoluta, como es nuestra obligación, pero la verdad del hombre debe ser conocida para que los que comprendan entiendan lo que ha sucedido.

 

            Siempre recuerdo su plegaria:

 

            “¡Oh Padre mío!

 

Tú gobiernas este vasto Universo.

 

            Otórgame paciencia y energía

 

para avanzar en mi Camino hacia Ti.

 

            Otórgame el don de la riqueza del conocimiento.

 

            Que pueda yo vencer el deseo, la ira y el egoísmo.

 

            Ilumina mi corazón”[1].

 

            Tal vez éste sea el tiempo de la verdad, el momento de mostrar lo terrible, lo que el hombre, por el poder, por el deseo, por la riqueza, entregó a los pobres que eran incapaces de conocer, a los pobres que se dejaron engañar buscando una salida que, realmente, estaba dentro de ellos mismos.

 

            Ellos, mis hermanos, apenas pueden comprender, ahora, hoy, lo que sucedió en los años anteriores. Ni siquiera son capaces de entender que el mundo no es la mentira que les han enseñado esos hombres que se atreven a cambiar la historia, que se atreven a variar los verdaderos escritos de los sabios.

 

            Pocas veces unos hombres que se llaman de Dios han construido una mentira de tal envergadura. Nuestros hermanos, a los que nos creíamos unidos con vínculos más fuertes que el propio acero, se han creído en el derecho de destruir la fe y convertir el mundo en algo mucho más cercano al infierno que el infierno mismo.

 

            Nadie, en los buenos tiempos, creía que el hombre pudiera ser capaz de destruir lo que había tardado tanto tiempo en arreglar, lo que había tardado tanto tiempo en volver limpio, pero la naturaleza humana es mucho más poderosa que la propia razón, y algunos hombres sienten la necesidad de acabar con aquello que no entienden, con aquello que les incomoda, o, simplemente, con aquello que supone un obstáculo a sus deseos de poder.

 

            Creíamos en la verdad, pensábamos que la verdad nos haría libres, pero la verdad no es su verdad, la verdad es un obstáculo para el poder de los otros, de esos que han convertido al hombre en un instrumento del poder de unos pocos, esos pocos creadores del engaño y de la mentira.

 

            Hermanos que hasta esos momentos habían sido tan cercanos como nuestra propia piel decidieron, por miedo o por verdadero convencimiento, romper toda relación, huir hacia delante, hacia ese lugar donde los sueños muestran su verdadera cara, dejando de lado el amor y la amistad, olvidando que todos éramos lo mismo, que todos somos lo mismo, y que todos tenemos derecho a pensar diferente.

 


[1] Plegaria del buscador de Dios.

 

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