Se llegó, pues, a la imposición de una verdad ficticia, de una sinrazón en sí misma considerada, porque esa era la fórmula para alcanzar el poder, hacer creer a los demás que le nombre de Dios se había encarnado y se había vuelto hombre, como si, en algún momento, hubiera dejado de ser hombre, formando parte de todos nosotros.
Tal vez estoy perdiendo el hilo de lo que intento contar, quizá porque tengo miedo de reflejar la realidad, tengo miedo de no medir adecuadamente mis palabras y mostrar demasiado a personas no preparadas para ello, personas que podrían iniciar una nueva guerra, la última y verdadera guerra.
No es mi intención, nunca lo será, lo que intento es salvar nuestra verdadera fe, intento que la gente acabe comprendiendo lo que sucedió, lo que efectivamente aconteció en una época perdida del pensamiento humano, una época en el que un grupo de personas decidieron el destino de una especie al cambiar la verdad por una historia irreal que se convirtió en veraz por el ejercicio de la fuerza.
Tal vez sea el momento de hacer un poco de historia, una historia real para un mundo irreal. Para ello debo utilizar el calendario de aquellos que rompieron la fe, pero es el único calendario que ahora entienden mis hermanos.
Debo partir de la historia del Antiguo Testamento, cuyo último periodo correspondería con la dinastía asmonea, que perdió su poder con la caída de Jerusalén en manos del general romano Pompeyo[1].
A su llegada a Palestina Pompeyo[2], se encuentra con el enfrentamiento encarnizado entre los hijos de Salomé Alejandra por el control de la monarquía, así los hermanos Aristóbulo[3] y Hircano II[4] buscan cada uno su lugar en el centro del poder y determinan el fraccionamiento de un país fraccionado de por sí. El general romano, recibió a diversos grupos representando las diversas opciones, incluso llegó a recibir a una embajada de sacerdotes que solicitaban la abolición de la monarquía y la restauración del gobierno sacerdotal. Finalmente acabó tomando Jerusalén.
[1] Año
[2] En el año
[3] Apoyado por la clase sacerdotal de los saduceos.
[4] Respaldado por las tropas nabateas del rey Aretas III. El apoyo nabateo lo había conseguido Antípater, un gobernador idumeo al servicio de la dinastía asmonea.
Los nabateos era un pueblo que fundó su reino en el antiguo territorio de Edom y Moab, instalándose en Transjordania en el siglo III A. C. Y extendiendo, más tarde, sus dominios hasta Négueb.
| Imprimir
Para poder enviar un comentario, ha de iniciar la sesión.