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El Evangelio de Judas I.11.
Enviado por admin el 20. Noviembre 2009 @ 14:04 En Novela | Ningún comentario
Después de muchas luchas, después de mucho dolor, Herodes, hijo de un oficial de Idumea, hombre conocedor del poder que desplegaban los romanos, consiguió que el Senado de Roma le concediera el título de rey de los judíos, dándole poder sobre Judea, Samaria, Galilea e Idumea. Con el título real, aquel hombre lleno de codicia, regresó a comienzos del año 39 antes de la supuesta venida del que todos creen el salvador, al principio del año.
Duras combates se desarrollaron en aquellos lugares, pues otros optaban a aquel reino. Pasado un año, en la siguiente primavera, Herodes consiguió vencer la resistencia de la ciudad de Jerusalén, ayudado por Sosio[1] [1]. Se avecinaba una matanza, debiendo Herodes pagar una enorme cantidad de dinero a sus propios soldados, soldados romanos, para evitar la destrucción total. Para el enemigo, nada, la muerte,
Con treinta y seis años Herodes había conseguido alcanzar su destino, era el rey de todos los judíos, y los romanos apoyaban su posición dándole una fuerza que oscurecía la ilegitimidad de sus deseos. Aquel era el ambiente ideal para que miles de hombres comenzaran a buscar la salvación fuera de los caminos normales, y fue el camino ideal para que hombres perdidos encontraran profetas ignorantes que, algunos de forma intencionada y otros de buena fe, condujeron a su pueblo a la destrucción.
El rey nombrado por los romanos no era la solución a ningún problema, más bien era el problema. El odio y el deseo de poder cundió en todos los lugares del reino. Llegó a tal punto en su rencor que, antes de morir, ordenó ajusticiar a su hijo Antípater[2] [2], dictando un testamento en el que distribuía el reino a su antojo.
No obstante, el poder de Roma era inmenso, tanto como su codicia, por lo que fue Augusto el que determinó la sucesión del rey, dividiendo el reino y debilitando el precario poder de los que reinaban bajo su superior dirección, aumentando, de paso, el poder de la ciudad de Roma sobre aquellos lugares tan alejados.
En ese ambiente, en ese momento, cuando no había nadie al que dirigirse, cuando el destino impedía tener esperanza, en ese momento miles de profetas predicaron el Apocalipsis, pues no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta el desarrollo del destino del llamado pueblo elegido. Uno de esos hombres, nacido en Nazaret, fue Jesús, hijo de José, del que decían que venía del linaje de David.
[3] [1] El gobernador de Siria.
[4] [2] Hijo tenido con su primera esposa.
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