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Soledad social

He recibido un libro interesante. Poesía sin poesía, verso de prosa, prosa versificada y versificante. Creo que todos merecemos ser escuchados, por eso salgo en defensa del que se arriesga a seguir.
Mira la “Soledad social”
Ver:
http://winstontamayo.blogspot.com/

Una mañana de libros.

Dejé de lado el miedo,
y, sin embargo, el miedo me guiaba.
Otra vez la muralla levantada,
de nuevo la esperanza se perdía,
pensé en ser yo mismo,
dejar el daño,
para poder alcanzar lo inalcanzado.
Mis sentimientos brotaron,
el libre nacimiento del cano libro
donde dejé mi oscuridad maltrecha.
Ella pudo leerlo, y lo leyó,
convenció a su miedo y a mi miedo,
dejó de lado el cerrado infierno interno,
y la oscura desesperanza que cantaba.
Fue, entonces, el momento,
el riesgo, de nuevo, entró en juego,
ella aceptó, otra vez,
siempre otra vez,
ella abrió el portón en la mañana,
para cantar juntos el encuentro.
Esperaré de nuevo, en la parada,
esperaré siempre que me llame,
porque ha venido a verme la esperanza,
me ha regalado el suelo florecido,
para recordar siempre lo que llevó,
una luz en los ojos y un recuerdo,
cuando el viaje al Magreb dejo mención,
de lo que nos llevará más allá de un beso.

Una conversación después.

El día después, en el triste lugar de pérdida,
ella no pudo seguir,
por la palabra,
aunque sabe mi amor,
y ella lo siente.
No hay mayor dolor que el mío,
pero siempre está a mi lado,
aunque huya de mí,
aunque sienta terror a lo siguiente.
El color de la noche no es suficiente
cuando su luz se apaga.
Sabedor de su alma y de la mía,
conocedor del posible universo restringido
caminé todo el día,
lloré la noche,
sabiendo el poder de la nostalgia.
Terrores de enormes huecos desatados,
la realidad siendo escenario
dejó unos instantes de serlo,
pues ella salió al día siguiente de mi vida
partiendo el esperado encuentro.

Días de si y no.

Ella aceptó con condiciones irrenunciables,
sus manos temblaban cuando recorríamos el espacio,
pero todo pareció estar bien.
Era una tarde fría, pero no tanto,
el metro lleno de gente, lleno de mundo
nos condujo al lugar donde el sueño empezaba.
Allí ella rompió su miedo al cambio,
ella quiso ser mi compañera,
la persona a la que amo,
un ser de confianza infinita y duradera.
No estábamos solos,
nunca fue necesario,
ella daba luz a mi esperanza,
convertía mi vida en un ensueño,
aunque los demás cubrieran el tiempo.
Fue el color en la noche infinita,
fue momentos en los que no hubo momentos,
toda la perfección llegó a mi vida.
Cercana la despedida, sin embargo,
la luz de la calle brillaba en el espejo,
sus manos no dejaban de escaparse,
porque el miedo no le era nada ajeno.
En la cama, ya solo, soñé su cuerpo,
pensé que ya era mía,
que sus manos eran manos de deseo,
pero no pudo ser,
no todavía,
porque faltaba el paso del tiempo.

Despedida

¿Qué presencia me queda
con tu ausencia?
el dolor era intenso,
el tiempo infinito,
pero mi esperanza estaba en la mañana
del día en el que el tiempo detenido
acabara tu presencia en mi morada.
Llamé a la luna, a las estrellas,
busqué llegar a donde nadie había llegado,
pero tu querías otro mundo,
otro lugar y otro universo interesado.
El que no llegaba a comprenderlo,
el que cegó tu vista con tu llanto,
dejó pasar el tiempo y el momento,
permitiendo que tu mano me tocara.
Deseé una noche y otra noche
esperé conseguir que me llegaras,
pero el tiempo jugaba con mi alma,
me obligaba a buscarte en la distancia.
No cejé, no obstante, en mi empeño,
porque tú eras lo que buscaba,
el lugar en el día y en la noche,
la flor donde anidar mis esperanzas.

El barco de la locura.

Allí donde el mar deja de serlo,
cuando tus manos buscaban el ocaso,
allí estaba yo, pleno de deseo,
sintiendo que el momento se acercaba.
Te pedí en matrimonio,
con el sol dibujado en la ventana,
el mar apenas sentido en el espejo,
y el barco rompiendo un destino alejadamente lejano.
Apenas me miraste, tu sentir, triste,
partido de un dolor grisáceo y duro,
podía más que la esperanza del querer,
aunque fuera sólo una esperanza.
No dijiste que no, nunca lo hiciste,
siempre aceptaste mi amor desaforado,
tampoco me dejaste la esperanza,
pero sólo bastaba tu recuerdo,
para saber que mundo me esperaba.
Es pues, en momentos como ese,
cuando tu condición de hada,
de ser alcanzado por un halo,
de mito desatado, me hizo querer
en un instante,
lo que antes deseaba ya a tu lado.
Era, pues, mi momento, y tu presencia,
era tener lo que siempre he deseado,
conseguir la luz en la botella,
y el sol decorado en mis entrañas.

Una noche en Casablanca

Pasamos tiempo y tiempo juntos.
Sentimos que la luz dispersa de la esperanza,
especialmente poderosa y mágica,
alcancé la lucidez de tu mirada
la fuerza de tu olvido despistado.
Eras una y, a la vez, eras muchas,
porque tu olor, intenso y magnético
envolvía lo que mis manos tocaban
ávidas de saber donde encontrarte.
Parte de mi vida quedó en la plaza,
parte en la sala, con vistas a la calma,
tu siempre estuviste, siempre me fuiste,
como el dolor al alma desbocada.
Ahora que te sé, que sé que existes,
que veo tu mirada en mi mirada,
que alcanzo el sentimiento del recuerdo,
puedo saberte y conocer tu alma.
Al menos en la noche desbordada,
cuando el manto del sueño nos convidaba,
alegre y armonioso,
a lucir la sonrisa con los otros,
tus manos dejaron mis recuerdos,
tus brazos mi luna y mi morada.
Finalmente, como en todo intento,
sólo quedó un instante,
apenas un movimiento de tu cuerpo,
de tus senos una presencia ensimismada,
pero yo te tuve,
al menos en sueños,
la noche que pasaste en mi almohada.

Una noche compartida.

Fuimos a la fiesta, miramos la noche.
Te vi bailar y sonreír, en el extraño país donde dormíamos,
pero tu pensabas otras cosas,
mirabas otros ojos, anhelabas otras bocas.
No obstante, mi propia mirada te buscaba,
porque ya sabía que tú eras la persona,
eras la llama que tanto necesitaba,
la mano amiga que pensaba no existía.
Salimos del lugar determinado,
del lugar donde la noche se eterniza,
pero el destino estaba de mi lado,
acabaste la noche respirando,
donde respiraba mi propio pensamiento.
Era la noche de las noches,
cuando tu cuerpo, vestido pero tierno,
durmió a mi lado, deseando a otro,
tal vez, soñando,
pero aceptando mi brazo sobre tu cuerpo.
La mañana llegó, traicionera,
porque yo amaba tu eterna presencia,
pero tu mundo era mi mundo,
desde el momento en que tus manos,
nerviosas y pequeñas, tomaron las mías
para darme un poco de tu aliento.

Una noche compartida.

            Fuimos a la fiesta, miramos la noche.

 

Te vi bailar y sonreír, en el extraño país donde dormíamos,

 

pero tu pensabas otras cosas,

 

mirabas otros ojos, anhelabas otras bocas.

 

            No obstante, mi propia mirada te buscaba,

 

porque ya sabía que tú eras la persona,

 

eras la llama que tanto necesitaba,

 

la mano amiga que pensaba no existía.

 

            Salimos del lugar determinado,

 

del lugar donde la noche se eterniza,

 

pero el destino estaba de mi lado,

 

acabaste la noche respirando,

 

donde respiraba mi propio pensamiento.

 

            Era la noche de las noches,

 

cuando tu cuerpo, vestido pero tierno,

 

durmió a mi lado, deseando a otro,

 

tal vez, soñando,

 

pero aceptando mi brazo sobre tu cuerpo.

 

            La mañana llegó, traicionera,

 

porque yo amaba tu eterna presencia,

 

pero tu mundo era mi mundo,

 

desde el momento en que tus manos,

 

nerviosas y pequeñas, tomaron las mías

 para darme un poco de tu aliento.

Viaje a Marruecos.

            El camino era largo y sedoso, lleno,

como la primavera próxima,

de luz y de encanto africano.           

          Ella dormía, de la mano del viento

y de la sombra, en el vehículo del pensamiento.

            La conocía de un lugar lejano, vertiginoso,

donde todos buscaban un rincón en el mundo,

pero ella, distinta, llena de sentimiento,

sólo espero el momento del viaje para, en un momento,

darme lo que negaba a los que no tenían

los ojos en el cielo.

            El barco de la vida nos llevo muy lejos,

hasta un nuevo país, un mundo nuevo,

ella, con el pelo suelto, la mano en la cintura,

podía conciliar los mil demonios

que salen de las manos y los sueños.

            Nunca pude pensar, en ningún momento,

que ella existiera tan lozana, alegre, divertida

plena y fuerte, alcanzando casi el cielo.

            Fue el momento mismo de todos los momentos,

cuando ella, creyendo la soledad en el instante,

levantó su cabeza, el pelo liberado,

dejando que mis ojos pudieran comprender

lo cerca que estaban de ver el cielo.

            Ahora recuerdo, el mundo desatado,

pero ella es todos los tiempos,

la luz, la oscuridad, la vida misma,

nace y muere de su mano y de sus senos.