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Los Paraisos Perdidos IX.

El deseo que sintió Fernando fue tan importante que no pudo hacer otra cosa que abandonar su cálido y cuidado hogar y dirigirse allí donde las mujeres se vendían en la calle por un poco de dinero.
Su cerebro había dejado escapar a la bestia, a aquel ser que todos pensamos que no tenemos en nuestro interior, pero que es parte de nosotros, tanto que ni siquiera somos capaces de aceptar nuestra condición y negamos, constante y reiteradamente, la misma. Somos como Pedro ante su condición de seguidor de Cristo, porque no aceptamos nuestra esencia sin poder comprender el motivo.
La excitación era tan fuerte que su mente soñaba con hermosas mujeres plenas de pecho, convertidas en amantes solícitas en virtud de un hermoso estipendio, un poco de dinero y mucha humillación.
El sentimiento de poder, la fuerza que supone el tener de suficiente dinero como para disponer de una mujer era una situación tan excitante como el mismo acto al que se veían sometidas esas mujeres. El dominio formaba parte del deseo, de la sensación de hacer algo diferente, casi prohibido.
Él no tenía pareja, por eso no existía ninguna persona a la que engañar, pero sentía que la relación que iba a tener era sucia, tan sucia como el mismo mundo, por ello notaba su pene lleno de sangre bajo su pantalón cuando pensaba en todo lo que suponía lo que estaba haciendo.
Pensaba en cuerpos desnudos, recordaba todo lo que había visto en la pantalla del ordenador, seres llenos de sensualidad, sexo en estado puro comprometiendo los esquemas de cualquier persona, porque nuestro héroe no había sido capaz de enfrentarse a relaciones sexuales como aquellas que había visto.
Llegó a una zona cercana a la playa del Arenal, donde mujeres de color ofrecían cuerpos semidesnudos esperando que el sucio dinero de los clientes que las poseían acaloradamente supusiera un alivio para su propia conciencia. Fernando, que no era una persona demasiado exigente, acabó llevando a su coche a una chica delgaducha y sonriente, que siempre había deseado estudiar, pero que no lo pudo hacer, porque el hambre podía sobre los sueños.
Era hermosa a su manera, a la manera de los que no tienen otra cosa que su propio cuerpo para comerciar con él. Fernando sentía una especial excitación al acariciar ese cuerpo tan pequeño y frío, tan frío como un témpano de hielo, un cuerpo que había perdido su humanidad a base de humillación y de dolor, un dolor que venía de su casa en un país lejano, demasiado lejano.
Durante unos instantes Fernando miró el cuerpo de la joven, un cuerpo que ni siquiera tenía la consideración de erótico, tan escaso de carne estaba. No necesitaba nada más que una serie de ranuras donde introducir el miembro del cliente, porque eso era lo único que se buscaba en una mujer en aquellos lugares donde se vendía la joven.
El sexo por el sexo necesitaba muy poco, demasiado poco. La cuestión era la actitud, la actitud y el estomago suficiente como para dejarse penetrar en cualquier parte, para tragarse el caliente esperma de los hombres, ese esperma que se convierte en la hiel de mujeres que no tienen más oportunidad que ceder.
Sin el mayor preámbulo ella se quitó las bragas, desabrochó los pantalones al su cliente y le sacó el pene, para, después de cuatro succiones contundentes y estudiadas, colocar el preservativo que impidiera cualquier contagio indeseado, pues nadie quería acabar muriendo por un simple polvo.
En ningún momento sintió Fernando excitación por realizar ese acto, ya que apenas podía concentrarse, pensando en lo bajo que había caído. Además, aquella mujer no le causaba sino una cierta lástima y un inusitado desdén, un sentimiento que bordeaba de forma peligrosa el desprecio más absoluto.
Dejó a la muchacha en su lugar de trabajo, agradeciéndole sus esfuerzos, y buscó otra compañía, algo más cara, pero, se suponía, de mayor calidad. Así las cosas decidió entrar en un club de esos que parecen tan interesantes para los hombres que intentan mantener la emoción de la vida.
Eso fue, precisamente, lo que sintió Fernando cuando entró en el local, una emoción incontenible, porque, por primera vez en su vida, estaba haciendo algo que la moral le establecía que era pecado, y que todos, con la boca más o menos pequeña, decían que no merecía la pena.
Nada más entrar y sentarse en un taburete pidió una bebida de alto contenido alcohólico, acompañada, claro está, con coca cola, algo que hacía un poco más dulce ese mejunje que resultó increíblemente caro. Inmediatamente después una chica joven, atractiva y con grandes y hermosos pechos que se insinuaban bajo un vestido transparente se sentó a su lado y comenzó a conversar con él.
Resulta curioso la capacidad de estas mujeres para entrar en conversación con personas que ni siquiera conocen, porque ellas son las que conducen al cliente al lugar que quieren, porque ellas son, de verdad, las que controlan la situación en todo momento, sobre todo con Fernando, agobiado por la culpa que tanto había asumido a lo largo de su turbadora y triste vida.
Aquella chica consiguió que nuestro protagonista acabara acompañándola a una de las habitaciones, el lugar donde podía dejar escapar sus instintos sexuales de una forma más cómoda que un triste coche. Allí si que pudo disfrutar Fernando del verdadero sexo, de un sexo que jamás había soñado que pudiera existir.
Las pobres experiencias del hombre habían sido escarceos ocasionales con compañeras de facultad y amigas de Valencia, sin que una verdadera profesional dedicara su tiempo a alguien como él. Pero aquella chica sabía lo que tenía que hacer y el modo de despertar el placer en el cuerpo de los hombres, algo de agradecer por una persona que, como él, no tenía demasiada experiencia.

Los paraisos perdidos VIII.

Su primer acercamiento a Internet fue, como no podía ser de otro modo, sexual, porque el sexo era lo que les interesa más a gentes como nuestro protagonista, personas que no pueden tener una relación seria con nadie porque no se atreven a acercarse a nadie.
Internet es un sistema integrado de millones de páginas sobre sexo acompañadas, ocasionalmente, por alguna página con interés más o menos interesante sobre asuntos que no importan a casi nadie, por eso ha tenido tanto éxito y se ha multiplicado en todos los lugares del mundo, porque un sistema de información en el que, al final, se debe pagar por lo que se consigue, sólo permite potenciar el sexo.
Escribió, en la barra de búsqueda de una página web, la hermosa palabra, “sexo”, y miles de páginas comenzaron a poblar la pantalla de su ordenador, creando un conjunto de expectativas que excitaron enormemente a Fernando, pues ese es el nombre de nuestro protagonista, un nombre que, por fin, puedo escribir sin sentir terror.
Siempre había deseado poder hacer lo que estaba haciendo, pero el sentimiento de culpa, tantas veces potenciado por su poderosa madre, una madre controladora y absorbente que no le había dejado crecer, le habían convertido en un ser tímido y apocado, que no podía asumir su propio deseo.
Ese deseo era tan inmenso que creó un documento Word para guardar las fotos que le parecieran interesantes, porque necesitaba cambiar de mundo, porque necesitaba sentirse fuera de esa terrible existencia que estaba viviendo.
La primera imagen que guardó fue la de dos hombres, uno blanco y uno negro, ya que Fernando sentía enorme atracción por el sexo con negros, eyaculando sobre el rostro y sobre el pecho de una joven hermosa que, sonriendo, recibía impertérrita la ducha de aquellos dos penes.
Aquella primera página, de eyaculaciones faciales, supuso un descubrimiento esencial para nuestro protagonista, porque su deseo despertó a borbotones, y sintió que, al menos por una vez, el sexo podía ser lo que él había soñado durante tanto tiempo, durante miles de horas a lo largo de miles de días.
Aquello suponía la confirmación de un mundo nuevo, un mundo que había estado reservado a otros y que ahora nacía para él. Mujeres llenas de un magnetismo desenfrenado convertían la pantalla en un hermoso escaparate de cuerpos, unos cuerpos que mostraban todo lo que poseían.
En esos instantes se dirigió a la cocina y cogió un papel, para luego sentarse, de nuevo, delante de su ordenador. Se sacó, despacio y tranquilamente su propio pene, todavía con una media erección, y mirando fijamente su pantalla comenzó a acariciarse recorriendo el mundo del sexo en la red.
Su siguiente imagen fue la de una neumática sudamericana con un cuerpo tan real que le excitó enormemente, pues su mirada, fija en la cámara, mostraba un sentimiento de vergüenza que no podía disimular, pero su sexo, majestuoso y excitante, componía un paisaje de simbología incierta.
Una morena llena de deseo en los ojos le hizo sentir que aquello era mucho más de lo que había soñado en la vida. Con unos senos perfectos y unas piernas completamente torneadas, mostrando un sexo que tentaba al mismo diablo, de tan hermoso que parecía en la fotografía.
Pronto consiguió llegar a una página de mujeres orientales, otro de sus sueños más profundos, y dedicó una hora a disfrutar de los cuerpos hermosos de aquellas chicas, a veces desinhibidas, a veces vergonzosas, que mostraban impunemente su cuerpo para que todos lo pudieran disfrutar.
Fernando, conscientemente, retenía su eyaculación cuando estaba a punto de acabar, pues el placer no estaba en eyacular, sino en recorrer ese mundo de sensaciones y sueños que supone acercarse a Internet y conocer lo más oscuro de sus recónditos escondrijos, los lugares que todos parecían despreciar, pero que eran los más visitados de todos los lugares de la red.
Extrañas sensaciones recorrieron al hombre que ahora ya no era un serio funcionario o un eficiente licenciado, sino un animal deseoso de conocer hasta el lugar donde podía o quería llegar. Aquellos lugares irreales supusieron para él un verdadero nacimiento, el nacimiento del hombre que iba a cambiar su forma de vida.

Los Paraisos Perdidos VII.

Nunca se había visto como un peligro para los demás, por eso no entendía que las cosas pudieran ser tan difíciles. Nadie le explicó, nunca, cómo se desarrollaba el juego, como debía comportarse y cómo debía esperar que se comportasen los que le rodeaban. El sistema no admite nunca a los que no saben comportarse, es una premisa esencial que todos aprendemos desde que nacemos.
Obviamente, sus familiares le consideraban un bicho raro por no relacionarse demasiado con los chicos de su edad de aquellos lugares, pero él tenía sus amigos, personas que compartían, aún sin comprender, sus momentos, personas que le aceptaban como era, porque él no podía cambiar.
Además, su mundo no estaba tan mal, porque le proporcionaba una enorme cantidad de ideas que desarrollar, de sueños que incumplir o de mentiras que digerir, convirtiéndole en alguien especial, sobre todo porque alcanzaba conocimientos que se escapaban a la mayoría de los que allí vivían.
La ciencia ficción era su lectura favorita. Dune, Forastero en tierra extraña, Dare, Más verde de lo que creéis, A cabeza descalza o Los jugadores de NO-A eran las obras que alimentaban al joven que intentaba saber más acerca de mundos que no fueran como el que le había tocado vivir, de mundos que se llenaban de aventuras y de ilusión, de amor y fantasías increíblemente reales para una mente como la suya.
Hubiera vendido su alma si ésta hubiera valido para comprar un pasaje a los lugares en los que soñaba todos los días. Lugares donde el hombre podía cambiar su condición y alcanzar, al menos durante unos pequeños instantes, la felicidad que tanto anhelaba y que tanto buscaba.
Lo peor era que ni tan siquiera comprendía que significaba la palabra felicidad, no veía en ninguna parte referencias claras que le permitieran saber que las cosas podían cambiar y que él acabaría siendo diferente a lo que era, que le permitieran sentirse esperanzado por el futuro.
De esta forma el miedo era en denominador común de toda su vida, un miedo que le obligaba a quedarse quieto y callado cuando pasaba algo que rompía el poco equilibrio que mantenía en su existencia. Era un ser fracasado nada más nacer, tocado por el amargo dolor del que se sabe vencido.
En el colegio había sido un chico inteligente, que demostraba constantemente su capacidad para el estudio. Lo malo es que en aquellos lugares los hermosos compañeros de nuestro protagonista no tenían intención de admitir su condición de persona inteligente, pues en el barrio donde él se educó todos debían ser enormemente burros para ser aceptados de forma corriente.
La especial sensibilidad de nuestro protagonista suponía que no era capaz de relacionarse de forma corriente con todos aquellos compañeros o vecinos. No obstante, no se sentía demasiado desgraciado, porque no había conocido otra cosa. Al final siempre es lo mismo, cuando uno no es capaz de reconocer lo peor de lo mejor, cuando uno no ha conocido otra cosa, el infierno puede ser hasta agradable.
Su adolescencia truncó su patético camino, porque unos compañeros poco recomendables se dedicaron a convertir su existencia en lo más parecido al averno. Todo parecía ir mal en esos momentos, cuando sus entrañables relaciones procuraban descubrir sus puntos débiles y mostrarlos al mundo aumentados y corregidos hasta un infinito que pocas personas podrían soportar.
Las burlas constantes eran algo que apenas podía sobrellevar, pero no fue sino en el momento de escapar cuando, verdaderamente, abrió la puerta del dolor.
Justo cuando dejó de estar en el colegio que tanto le había hecho sentir mal, para dirigirse a un Instituto Público, justo cuando parecía que su liberación estaba cerca, en esos momentos decidió suicidarse. No obstante, la muerte, esquiva e impertérrita, no quiso llevarse con ella a su amante, pues el destino de nuestro protagonista era otro bien distinto, no mejor ni peor, simplemente distinto.
Su primer error fue intentar envenenarse con pastillas calmantes, concretamente con nolotil, ingiriéndolo con mucha leche y mucha comida – nuestro protagonista no resultó demasiado inteligente -. La leche, instrumento casero contra el envenenamiento y la ingesta, más o menos accidentada, de exceso de medicamentos, fue un estupendo antídoto contra su propia actuación, provocando un vómito incontrolado que esparció convenientemente por toda su pequeña habitación.
Después intentó colgarse en la terraza, pero no preparó demasiado bien el ahorcamiento. Utilizó un cable bastante largo, demasiado largo, lo que le condujo a acabar teniendo contacto con la punta de sus pies en el suelo, haciendo imposible que pudiera morir, convirtiendo su actividad más deseada en otro tremendo fracaso.
Por último, intentó matarse con gas butano, pero la casa, que había hecho su padre, estaba demasiado bien diseñada, y fue imposible que la bombona no acabara fuera, a través de las diligentes rejillas instaladas.
Ante tanto fracaso continuó con su vida, sabiendo que no era capaz de seguir adelante hasta que no pudiera planear sus planteamientos.
Después las cosas parecieron mejorar algo; lo que no debe resultar extraño, porque no se podía estar peor de ninguna otra forma.
La Universidad, para él, fue, ante todo, una liberación absoluta, porque supuso un cambio estructural respecto a todo lo que había vivido durante esos años, pues el mundo universitario resultó algo excepcional y magnífico para alguien que siempre había tenido su habitación como todo mundo.
Fue el momento de la liberación, de la fiesta en los fines de semana, de los días llenos de amigos y de pasiones. Llegó a ser tan feliz que apenas podía pensar en acabar aquellos maravillosos años, esos años que, salvo los cortos momentos de los exámenes, eran tan llenos de vida que uno no se imaginaba que tanta felicidad pudiera existir.
Después de su periplo universitario, después de su camino por el paraíso, como no tenía posibilidad de conseguir un puesto de trabajo ante la enorme competencia que existía, tuvo que opositar, tal como hacen muchos otros en estos días en los que el trabajo fijo es algo que se valora de forma especial.
Como era bastante inteligente, consiguió aprobar relativamente pronto, a la primera, colocándose en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, ni siquiera yo quiero acordarme, tan lejano en el tiempo y tan terrible en la existencia era aquel sitio, apenas deseado, ni siquiera por sus propios habitantes.
Aquellos días fueron especialmente desagradables. El hombre no podía creer que una vida tan anodina fuera posible, no podía pensar, no podía imaginar que todo lo que llevaba vivido no fuera sino el interludio de ese infierno en la tierra, ese infierno donde personas aparentemente normales no eran capaces de controlar sus propios instintos de destrucción ajena.
Si bien el tiempo coloca a cada uno en su sitió, el recuerdo de Ciudad Real siempre estuvo muy presente en nuestro protagonista, agobiado por un sistema de vida que miraba siempre fuera de la ventana, que pretendía siempre conocer lo que las otras personas eran capaces de hacer o de pensar.
Tuvo, por desgracia, dos tiempos diferentes en aquel lugar, los dos especialmente malos, lo que pasa es que el dolor es algo que depende de cada ser humano, y él estaba especialmente preparado para sentir el dolor, para sumir el dolor, y para conseguir sobrevivir al dolor.
Aquellas gentes, acostumbradas a lo árido de su existencia, le dejaron claro desde el primer momento que sabían que se iba a ir, que iba a perder la oportunidad de conocer la vida que ellos consideraban magnífica. Pero eso era, justamente, lo que más temía, lo que más le hacía sentir un extraño en tierra extraña.
Allí, en Ciudad Real, supo que no era una persona valiente, que era un ser cobarde, que no sería capaz de asumir los retos que el mundo le planteaba, porque no podía soportar sentirse desplazado, sentir que las cosas no iban como él pensaba que debían ir. Era, en todo momento, alguien desadaptado, perdido para los demás igual que estaba perdido para sí mismo.
Viejos sueños recorrían sus pensamientos mientras veía la vida pasar, totalmente ajena a sus necesidades, a sus sentimientos. Los demás parecían tener la respuesta para lo que él sentía, pero no estaban dispuestos a contarle nada de lo que sabían, porque cada uno debía asumir su propio destino, cada uno era responsable de sí, y nadie tenía derecho a pedir ayuda.
Eran momentos en los que los sueños resultaban pesadillas, tanto si lo eran realmente como si sólo eran deseos inconscientes, porque su mente sabía que jamás sería capaz de asumir sus propias posibilidades y dirigirse con paso firme al éxito, un éxito que, de vez en cuando, asomaba a su puerta.
Pensar que en algún momento de su vida la posibilidad de conseguir el éxito había pasado por su cabeza era irrisoria. No podía creer que el mundo estuviera tan lleno de odio, tan lleno de desprecio hacia los sueños ajenos. Él se sentía despreciado por el universo mismo y por todos los habitantes de la tierra, que veían en él a alguien incapaz de conseguir lo que siempre había deseado.

Los Paraisos Perdidos VI.

A veces nuestro héroe pensaba que existía un complot para mantener en el poder a ciertas personas y a los descendientes de esas personas, como si una sociedad secreta pudiera controlar todos los hilos del mundo conocido con el fin de mantener las cosas de una forma determinada, una forma que le convertían a él y a su vida en un infierno, pero acababa olvidando ese pensamiento, pues bastante tenía con lo que verdaderamente estaba a simple vista.
Al menos tenía el mar, el mismo mar un año tras otro, un verano tras otro. Sabía que su amantísimo mar nunca le fallaba. Cuando entraba en su regazo su cuerpo se transportaba a lugares de ensueño, a sitios donde los otros no podían entrar, donde aquellos que no le entendían acababan excluidos, como ellos hacían con él.
En el mar siempre acababa soñando con aventuras mágicas, aventuras que sacaba de los libros y que luego desarrollaba convenientemente, con esa imaginación que tienen los seres como él, una imaginación de tal calibre que podía crear miles de universos sin ningún problema, porque él era un creador.
Nada podía ser más maravilloso que vivir en esos lugares que los otros despreciaban, que ni siquiera conocían. Él era esos lugares, él tenía en su interior cada castillo, cada mansión, cada paisaje, cada personaje. Miles de mujeres le amaron en millones de otras vidas, de vidas más allá de su triste vida.
La ciencia ficción era su vida, sobre todo porque no tenía vida, porque era un ser despreciado por los demás, considerado anormal por todos, porque la normalidad era un concepto que se imponía desde otras miradas del mundo y de la vida, la normalidad era un corsé que obligaba a todos los que formaban parte de la cultura que imperaba a comportarse de una manera determinada, so pena de acabar siendo condenados al infierno del olvido y del odio.
Cuando miraba a los demás, cuando comprendía su actitud, descubría odio, un odio cerril y terrorífico, cargado de implicaciones y de rencor, un odio que nacía de su propia facilidad por ser diferente, por pensar por si mismo y hacer cosas que los demás no consideraban adecuadas para personas de su edad y condición.
Podía o no, intentar integrarse, pero en él no existía ese pensamiento unidimensional que nacía y crecía en todos los que contemplaba, como una plaga, una enfermedad de la mente que se extendía irremisiblemente hasta condenar a la humanidad al abismo de la ignorancia más profunda.
Su papel, por tanto, en esa sociedad que tanto le odiaba, se circunscribía a mirar a los demás y seguir su camino sin intervenir en otras vidas, en otras emociones, porque los otros ya habían decidido olvidar su condición de humano y considerarle un extraterrestre que apenas tenía derechos.
Era difícil pensar en esas circunstancias. Era muy complicado sentirse bien si eras considerado como un bulto sospechoso. Nuestro héroe no tenía nada más que una habitación donde encerrarse a pensar, a soñar en otras formas de vida menos agresivas, menos cargadas de rencor.
Paseaba, pues, por un mundo que no apto para gente sensible, un mundo donde los que sentían algo debían ser recluidos en hospitales psiquiátricos donde eran convenientemente adaptados a una realidad que todos parecían considerar única, una realidad donde el diferente era peligroso.

Los Paraisos Perdidos V.

El hombre en el que se centra nuestra historia, que podía ser uno de nosotros, había soñado mucho, hasta esos días en los que las pesadillas entraron por la ventana y le desalojaron del lugar donde tan plácidamente dormitaba. Fue algo tan cruel e inhumano que no pudo reaccionar, un día era un chaval disfrutando de una oposición recién aprobada y de una vida nueva, y al día siguiente se convirtió en un simple funcionario que no podía soportar el trabajo que desarrollaba.
Nuestro protagonista era un hombre que se había forjado a sí mismo, como todos. Su infancia se había desarrollado de forma anodina, del colegio a casa, de casa al colegio, pasando con algunos meses de vacaciones en Puebla de Farnals, un lugar que, en algún momento de su vida, fue suficientemente interesante, pero que, en la actualidad, era un lastre para su propio pensamiento.
Aquel lugar añorado, siempre añorado, le había dado tardes de lecturas inolvidables, mañanas de sol y playa, y noches de fantasía en un cine de verano que regalaba historia de dos en dos a todos los solitarios que buscaban un momento de paz en tan ajetreado mundo de diversión.
Vivir vidas de otros era lo más cómodo, por eso él se dedicaba a vivir vidas a pares, a disfrutar de existencias que no eran suyas porque la suya no era capaz de asumirla, porque la suya sólo era una mancha más en un lugar donde las manchas abundaban más que las propias cucarachas.
Para él era un mundo perfecto, tan perfecto como solitario, como interior. Sentía que con esa forma de vivir y de pensar nadie podría hacerle daño nunca, porque si nadie era capaz de alcanzar su yo más íntimo nadie podría romper lo que llevaba en su interior, aquello que siempre guardaba.
Su mundo era completamente rutinario. Un día, un verano cualquiera, se acercó a un grupo de conocidos para jugar con ellos, siendo todavía un niño. Jugaron a verdad o prenda, y él fue ignorado convenientemente por todos, no siendo preguntado en ningún momento por su vida, tan poco importante era para aquellas personillas, seres que sólo veían en él un ser incomprensible.
Aquello no le importó demasiado, no en vano se había acostumbrado a ser invisible para todos, porque esa era la única forma de mantener su vida en un equilibrio que apenas podía existir durante los largos veranos de la niñez y de la adolescencia, donde todos los días se alargaban más de 24 horas.

Los Paraisos Perdidos IV.

Volviendo a nuestro relato, nuestro héroe, o, tal vez, antihéroe, de orígenes madrileños, ya no podía volver a su casa, porque había optado por un camino y era imposible echarse atrás. Quizá esa era la diferencia fundamental con su juventud, cuando era joven siempre tenía la posibilidad de cambiar, de tomar otro camino, de enmendar sus errores, pero ahora, en esos momentos, no era sino un pobre hombre perdido en un mar de dudas.
Nadie puede pensar con claridad cuando su vida se ha transformado en un absurdo rompecabezas sin sentido que sabe que no va a poder reconstruir nunca, aunque le va la vida en ello, aunque su alma, atrapada en un limbo ambivalente, grita constantemente para ser liberada.
Buscando estar mejor, siempre mejor, acabamos por entrar en un mundo de desesperación que no es el que pensábamos para nosotros. No queremos dormir constantemente solos, no queremos vivir así, aislados de los demás, desesperados ante tanto dolor.
Lo peor de todo es que no podía quejarse, él había llegado a un éxito relativo dentro de su vida laboral, era reconocido y estimado, y podía permitirse ciertos lujos que, muchos otros, no podían ni soñar. Pero eso no valía verdaderamente la pena, no para él, no en esos momentos de desesperación.
El éxito es una cosa curiosa, en un primer momento parece que puede ser importante, de hecho lo es, de hecho es lo más importante que puede conseguir una persona, pero cuando lo logras, cuando obtienes tus objetivos reales, entonces nada de lo que has conseguido sirve, nada tiene utilidad.
Esto me recuerda algo que leí una vez en una web: “llegado un punto de nuestras vidas, muchos de nosotros descubrimos que, por inercia, hemos caído en situaciones y rutinas sumamente insatisfactorias. De pronto comprendemos que no vivimos conforme a nuestros deseos y, aún peor, que ni siquiera sabemos cuales son esos deseos. Esta es la clave del problema: DESCONOCEMOS CUALES SON NUESTROS DESEOS más profundos y verdaderos. Un muro invisible cimentado en la pasividad, nos separa de nuestros sueños, pero abrir una brecha en ese muro no es tan difícil como pudiera pensarse. Basta un poco de convicción y empuje”[1].

Los Paraisos Perdidos III.

Ajados en lo esencial, pero con el pensamiento totalmente implicado en la juventud, personas como nuestro protagonista recorren el mundo esperando un milagro que jamás llega, porque no estamos en el mundo de los milagros, no en esta sociedad tridimensional en la que todo es posible menos la verdad.
Renunciamos, pues, a ser lo que realmente somos, porque lo que se quiere es que seamos otra cosa, lo que se nos obliga es a comportarnos de una forma diferente, siempre diferente, siempre alejados de lo que efectivamente podríamos llegar a ser si aceptáramos que nuestras limitaciones forman parte de nosotros mismos, que somos las limitaciones que llevamos arrastrando, tanto como las ilusiones que nos obligan a continuar un viaje sin retorno a lugares que no nos corresponden.
Nuestro protagonista era una rara avis dentro de un mundo lleno de rarezas[1], una persona que se había dedicado toda la vida a estudiar y no había vivido nada de lo que pasó a su alrededor y, en estos momentos, demasiado tarde, siempre demasiado tarde, comprendía que todo lo que había hecho no había servido para nada, porque su mundo no era lo que él hubiera querido.
Cuando personas como él, como nosotros, recorremos el universo del dolor pensando que seremos capaces de sobrevivir en el intento de alcanzar la felicidad, que nada puede hacernos perder la humanidad, no nos damos cuenta que a cada paso dejamos un poco de nuestra impronta, un poco de lo que siempre hemos sido, de lo que nunca volveremos a ser, porque estamos muriendo a cada instante.
Es un poco triste el saber que nada ni nadie puede acabar indemne al transcurso de la existencia. Siempre hay alguna mancha, algún dolor que nos aqueja de forma terrible y oscura. Somos lo que nunca quisimos ser, somos lo que nunca podemos dejar de ser, lo que más tememos, somos nuestros propios padres envueltos en la edad y en la desesperación por haber conseguido otro fracaso más.
Quizá ese sea el concepto más importante, el fracaso como forma de vida, el fracaso como aire que respiramos en todo momento sin ser consciente de nuestra propia desesperación. Mucho hemos temido estos momentos, mucho nos hemos sentido desesperados por seguir existiendo fuera de nuestra propia existencia, por seguir viendo que no acabamos lo que deberíamos acabar.
Estamos en manos de dioses insensatos, de dioses que disfrutan con nuestras desgracias, con la tristeza como espejo de la propia vida, con la tristeza asumiendo su papel preponderante de centro de un universo teñido de un intenso dolor, teñido del color de la muerte.
[1] Somos un colectivo de personas que no nos sentimos capaces de asumir el mundo tal como nos obligan a asumir, que no aceptamos que la vida siempre sea de color de rosa, que la vida se convierta en una especie de película de ficción en la que todos sonríen amablemente, sin considerar que, al final, estamos solos.

Los paraisos perdidos II.

PRIMERO.
Todo comenzó un 31 de enero de 2001. Nuestro protagonista era un pobre funcionario que residía, no a su pesar, en un piso de alquiler bastante bien conservado en el centro de Palma de Mallorca. Era relativamente joven, como lo son ahora todos los hombres de mediana edad después de la llegada de la modernidad, donde el idioma se perdía en circunloquios políticamente correctos.
Resulta enormemente curioso que la juventud se haya ido alargando de forma reiterada, en el transcurso del siglo XX, hasta alcanzar en el siglo XXI a una edad que en el Medievo resultaba cercana a la senectud. Pero las cosas ya no son lo que antes podían ser, sobre todo porque la esperanza de vida y la posibilidad de independencia de los hombres genera que la infancia se alargue hasta edades más que sobrecogedoras.
Por ello el protagonista de esta historia, escritor sin novelas, pensador sin ideas, había mantenido el motor de la juventud en marcha durante mucho tiempo, porque eso era lo que le pedía el cuerpo. El pensar que mañana se podía comenzar a ser adulto era un pensamiento recurrente, tanto en nuestro protagonista como en el de muchos jóvenes que se ven a sí mismos bañados con un halo de juventud eterna.
Por desgracia para ellos la juventud nunca llega a ser eterna, antes al contrario, acaba huyendo desesperada de los cuerpos ajados de sus anteriores anfitriones, dejando a éstos, sin que puedan remediarlo, privados de cualquier idea de lozanía o de mocedad. El joven, por desgracia, pasa de moderno con chispa a patético abuelo que no es capaz de asumir su edad real; lo que sucede no con poca frecuencia y supone una verdadera carga para una sociedad que no sabe que hacer con ese grupo de adultos aniñados, devoradores de series de dibujos animados tipo Supernenas, pero imbuidos de un halo de edad que les convierte es verdaderos estúpidos.
Creo que, salvo honrosas excepciones, esta realidad envuelve a los jóvenes convirtiéndoles en un caldo de cultivo ideal para los publicistas que venden la juventud en productos de consumo más o menos logrados, como si los instrumentos que utilizamos pudieran rejuvenecer nuestros cuerpos.
Así, el producto hace al joven, y uno es joven porque tiene un producto determinado, porque hace unas cosas determinadas, porque ve unos programas y unas películas determinadas, sin que el escenario pueda cambiar por el inexorable y triste paso de un tiempo que nunca se detiene.
Es, pues, el sistema actual un sistema donde la juventud se coloca por encima de cualquier otra condición, empujando a los que comienzan a dejar de ser jóvenes en una situación de desesperación de tal calibre que acaban perdiendo la posibilidad de ser felices por el hecho de cumplir unos pocos años.
Así, todos, tarde o temprano, acabamos siendo un poco viejos dentro de cuerpos que son viejos, aunque no queremos serlo, aunque desearíamos parar el mundo, bajar nuestra edad y mantener siempre esos años en los que la juventud nos permitía hacer cosas que nuestra edad actual no nos permite realizar.

Los paraisos perdidos.

YO soy Alfa y Omega, el principio y el fin, a aquél que este sediento, yo le daré en abundancia agua de la fuente de la vida.
El universo entero era infinito, yermo.
El se mueve y no se mueve, está lejos y aún cerca, está dentro de todo y fuera de todo.
El que no tiene nombre es el principio, y el principio del principio, que es infinito. Él no tiene base, ni interior ni exterior; es la sustancia primigenia que no tiene fin ni intelecto que la capte, ni la comprenda, ni la escrute ni la describa.
El incluye todo; es resplandeciente, incorpóreo, libre de defectos, sin órganos, puro y libre del mal, pensador, omnipresente, omniscente, autoexistente. Ha dispuesto todas las cosas conforme a la verdad por la totalidad del tiempo que ha de venir.
Él estaba sobre lo que había, con lo que había y bajo lo que había. La sustancia creadora, la luz esplendente que no conoce la penumbra, la luz que habita en el fulgor que no pueden captar las miradas.
Él es el principio de la creación, pues Él es el creador de lo creado, cuya gloria procede de Él y está en Él pues Él mismo es el creador.
El primer espíritu, el espíritu simple de la creación hizo un gesto imperceptible, y con dicho gesto surgieron de la nada, como los gusanos del queso, Yavé y Lucifer, hermanos de sangre, hermanos de poder.
La luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la derecha y la izquierda, son hermanos entre sí. No es posible separar los unos de los otros. A causa de esto, ni es bueno lo bueno, ni es malo lo mamo, ni es vida la vida, ni es muerte la muerte. Así, cada individuo será disuelto hasta su propio origen desde el principio.
Dos seres en la nada, en el vacío de su propio Padre, buscaron encontrar algo con lo que sentirse vivos, algo con lo que poder ser el acto de su potencia, la realidad de su futuro.

Un cuento para sentir algo.

Hoy me siento especialmente preparado para desarrollar lo que considero mi trabajo, pero que, en el fondo, no es sino un hobby del que disfruto por encima de cualquier otra cosa.
Hace poco tiempo que he descubierto el infierno, por eso me gusta llevarlo conmigo a todas partes, porque es una forma de alegrar mi existencia y compartir algo nuevo con todos los que viven en este mundo anodino y gris.
Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que soy un asesino, una persona que dedica todos sus esfuerzos a matar a otras personas, y lo hago por el puro placer de matar, porque siento que es mi obligación.
Todo empezó con unos vecinos molestos. Incendié su casa, matando a toda la familia, y aquello supuso la liberación para mí, pues a partir de ese día las cosas dejaron de ser oscuras para iluminarse como si de una puesta de sol sin nubes se tratara.
Ahora dedico todas mis energías a acabar con aquellos que han intentado, aunque sea de forma descuidada, hacerme la puñeta, eso sí, yo siempre busco culpa en el agresor, sobre todo culpa consciente, pues de esa forma entiendo que mi actuación se enmarca en los parámetros de la justicia.
En el mundo somos necesarios los limpiadores, los que cogemos un cúmulo de asquerosidades hecho hombre, o mujer, porque no discriminamos nuca, y luego lo rompemos para que en la existencia de los que verdaderamente importan haya algo más que tristeza.
Reconozco que puede dar miedo plantearse la vida de una forma tan drástica, pero lo drástico es lo único que merece la pena cuando uno quiere acabar con su existencia. Sólo espero que me descubran lo antes posible, porque no puedo esperar mucho más.

Mi primera víctima, en serio, después de mis vecinos, fue un jefe indolente que no supo apreciar mi capacidad de trabajo y me relegó a un archivo sin vida.
Se llamaba Alfonso, y, como había conseguido ser licenciado en Derecho, por una extraña casualidad del destino, pensaba que ya era una persona importante, sin necesidad, claro está, de reciclar, de vez en cuando, sus escasos conocimientos.
En un enfrentamiento sin precedentes obligó a los informáticos a ponerme una clave en mi ordenador, consiguiendo que no pudiera desarrollar mi trabajo porque no podía utilizar el siniestro aparato que, increíblemente, dejaron en mi cubículo, tal vez para que me desesperara.
Todo comenzó cuando me negué a admitir un aval que no se había presentado en su momento, lo que excluía a un amigo del inefable Alfonso de un jugoso contrato con la Administración. Eso no me lo perdonó.
Después de un tiempo, soportando innumerables vejaciones, acabé saliendo de aquel horrible lugar, huyendo del desmedido rencor de aquel ser inútil y rastrero. Pero yo no podía dejar las cosas así.
Un día cualquiera, en una tarde cualquiera, seguí al anormal hasta su casa. Como era verano la familia del pringado estaba vacando en una insulsa playa de Alicante, en Guardamar del Segura.
Esperé a que subiera y recogí un gran paquete que llevaba en el coche. Subí sonriendo, cubriendo mi cara con el paquetón. Cuando llamé, el muy estúpido, abrió la puerta en mangas de camisa, con esa cara bobalicona y esa barba de chivo desagradable.
A partir de ese momento no tuvo ninguna oportunidad, le dí el paquete, convirtiéndole en un blanco fácil, y le di una descarga eléctrica paralizante con un extraño aparato que había encontrado en el bolso de una chica que fue atropellada y abandonada una noche de invierno en Madrid.
Cerré la puerta, cogí ese cuerpo fofo y lo llevas habitación. Esa habitación era tal como uno podía imaginar, cutre, insufrible, con colores chillones y decoración barata. Até sus pies y sus manos a las esquinas de la cama, después le tapé la boca con sus calcetines sudados y cinta adhesiva; después le desperté.
Fue una situación curiosa, le destrocé el culo con una botella, marqué todo su cuerpo con un cuter, dolorosamente cortante, para acabar tajando su cuello llevándole a la muerte con espasmos curiosos.
Lo curioso es que nadie se preocupó del muerto hasta siete días después, ni siquiera su mujer, lo que me demostró que no era sino un trozo de carne mal pensado.
Después de tal éxito no tuve por menos que seguir pagando deudas que tenía con seres despreciables que, a lo largo de mi vida, habían tratado de transformas mi existencia en un pequeño infierno de escasos placeres y muchos obstáculos, demasiados obstáculos.

Mis manos, manchadas de sangre de forma definitiva, no pueden seguir, por mucho tiempo, ignorando que mi lugar es la muerte, que mi destino es acabar con todos aquellos tristes y estúpidos seres que recorren el infinito infierno de la vida, que sobreviven a base de ignorar que están encerrados en una existencia lamentable.
Creo que mi función, al final, es liberar a todos esos pringados de la vida que les obligan a vivir, levantar la mano y llevarlos al ligar que pertenecen, al sitio donde deben estar, que es el lugar donde nació la muerte misma, en su propia muerte, con sus entrañas destrozadas.

Una señora de la limpieza se ha cruzado en mi camino. Es triste pensar que una vida tan miserable pueda estar ocupando un sitio tan amplio en nuestro mundo. Apenas debería ser sino una pequeña cucaracha a la que pisotear cuando molesta demasiado, cuando aparece en nuestro salón sin ser llamada.
Todos parecen creer que tienen derecho a subsistir, pero no hay espacio para todos. El problema es que, hasta ahora, la gente se quedaba en su lugar, se comportaba como debía comportarse, pero ahora, en estos momentos, el mundo se ha vuelto loco, los tarados e irresponsables intentan ser algo importante, intentan colocarse en una posición de privilegio respecto a los verdaderamente preparados.
Yo no deseaba, en el fondo, hacer nada contra aquella estúpida, pero ella, con su molesta presencia, con su actitud de absoluto desprecio hacia mí, se convirtió, sin quererlo, en el blanco de mi ira, porque mi fuerza está en la ira misma, en el deseo de matar, irrefrenable, perfecto, lleno de una luz mágica, una luz distinta, que inunda cada poro de mi cuerpo.

Hoy he sido especialmente malo. Fui, con unos amigos, a un complejo de animales llamado Faunia. Esperando en la cola para comprar las entradas un maleducado, uno de esos que creen que la gente tiene capacidad para leer el pensamiento y que ellos tienen derecho a todo, se coló a mis amigos. Éstos, educados, simplemente comentaron lo vergonzoso de su actuación, de una forma correcta, demasiado correcta, a mi modo de ver.
El impresentable se puso como un energúmeno, diciendo que llevaba mucho tiempo esperando, que le faltaba no se que cosa y que cuando se lo habían traído lo entregaba, y que no se que y que no se cuantos. La verdad es que mi amigo, con su educación, le contestó muy bien, pues le dijo que él no tenía que saber su historia, y que si él hubiera estado en su lugar hubiera hecho lo mismo.
El imbécil, porque sólo un imbécil actúa así, no debió molestar a mis amigos. Creo que la educación es esencial. Sólo con comentar a mis queridos amigos lo que le pasaba hubiera servido para solventar el problema, pero no, él tenía derecho a hacer lo que deseaba sin contar con los demás.
Cuando entramos me fijé donde iba el inútil, esa escoria que quería ser más que nadie, que ni siquiera sentía reparo en saltarse una cola sin pedir permiso al que le correspondía por derecho, que se pensaba con todo el “derecho”, valga la redundancia, a ser mejor que los demás.
No aguanto demasiado, nunca lo hacen. Su cara se crispó cuando sintió mi afilado cuchillo en sus asquerosos riñones. La muerte le sobrevino dolorosamente lenta, pero no pudo ni tan siquiera gritar, porque le corté la lengua de un certero tajo. Mi buena acción al menos ha servido para quitar de la circulación a un maleducado.

Todavía recuerdo el relato que tanto me ha marcado, el relato de mi propia muerte leído en un sueño. No obstante, cuando intento transcribirlo, en esos instantes, soy incapaz de crear lo que he oído, lo que he llegado a ver.
Al principio tenía miedo, pero el miedo es un compañero temible, una fuerza que puede acabar con uno. El miedo es la pequeña muerte que convierte al hombre en un cadáver. La situación es sencilla, es matar o morir, es acabar con los demás o ser exterminado, anulado.
Toda mi vida he sabido que las cosas debían ser diferentes, que todo lo que podía hacer para evitar acabar siendo un pequeño esclavo, para los que, de verdad, son capaces de acceder a su posición de privilegio.
Ahora soy lo que siempre he querido ser, lo que en mi potencial estaba esperando.

Soy.